24 de julio de 2026

Coláos los unos y los otros

10 de junio de 2018
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
10 de junio de 2018

Coronel  RA  Héctor Álvarez Mendoza

El tema de los “colados” a toda cosa que implique un pago o un ordenamiento de cualquier actividad parece ser un rasgo propio de la mentalidad de muchos colombianos, más inclinados a aceptar como positivos y admirables los distorsionados modelos de inteligencia criolla, viveza, trampa y ventajismo, con los cuales se está levantando nuestra juventud. El reciente caso de un conocido colegio de Barranquilla, donde se descubrió un vergonzoso caso de tráfico de cuestionarios de una prueba de evaluación relacionada con las mediciones del ICFES, producen asco y asombro, especialmente después de resultar evidente que muchos padres y tutores de los estudiantes comprometidos protestaron ruidosamente contra la tibia medida tomada por la rectoría, consistente en excluirlos de la clásica y solemne ceremonia de graduación y en cambio, graduarlos “por ventanilla”.

Es decir, la conducta evidentemente delictiva de sus retoños, es considerada entre esa comunidad de padres desorientados, como lícita y moralmente impecable. Este tipo de padres son los mismos que protestan con vehemencia ante las autoridades de los colegios de sus hijos, porque no fueron aprobados en alguna de sus asignaturas al ser sorprendidos haciendo trampa en los exámenes o por alguna conducta socialmente reprochable. Naturalmente, ese tipo de padres alcahuetas y sobreprotectores, son quienes siembran la semilla de los profesionales mediocres e incompetentes del mañana, cuyos proyectos, conceptos y asesorías colapsan y desembocan en estruendosos fracasos en todas las disciplinas de la actividad profesional. De esas mismas semillas germinaran los futuros comerciantes y vendedores de tamales y pechugas de pollo de $40.000 la unidad, los carteles de la hemofilia, del bastón y toda esa variedad de “Porcus Bipedus” y vándalos que enriquecerán los prontuarios delictivos del mañana.

Ese es el mismo tipo de semilla que parece impresa en el ADN de muchos de nuestros compatriotas, vándalos profesioales que se exhiben sin pudor alguno, desfachatez y frescura cuando tranquilamente burlan puertas, controles de acceso y medidas de orden, especialmente en las entradas al sistema de abordaje a los vehículos del sistema de transporte urbano Transmilenio en la capital. Ser testigo de la forma en que la multitud accede al sistema en una estación terminal de Transmilenio en cualquier hora pico, arruga el alma de impotencia, vergüenza ajena y tristeza propia. Aquello parece una competencia olímpica de carreras de obstáculos, tal el espectáculo de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que mostrando capacidades atléticas y flexibilidad envidiables, saltan sobre los torniquetes o escurren el bulto por debajo o por los lados del mismo sin pagar la entrada, ante la mirada complaciente de todos los presentes. No hay nada que se pueda hacer. Reforzar las puertas para que los “colados” no arriesguen sus vidas cruzando por las vías de los articulados para abrir por la fuerza las frágiles puertas corredizas y treparse al punto de abordaje eludiendo el pago por la entrada regular, parece un ejercicio estéril, banal e intrascendente. Ese tipo de comportamiento vandálico es considerado como una viveza, digna de imitar y de aplaudir. ¡Bravo muchachos!, sigan así, ustedes son nuestra esperanza, los representantes de la Colombia del mañana.

Pero si de colados se trata, y como triste consuelo, bien vale recordar el caso del ciudadano británico Michael Fagan, decorador de interiores desempleado, quien en la mañana del 9 de julio de 1982, burló las medidas de seguridad del Palacio de Buckingham, trepó por una tubería y pasó por la parte superior del cerramiento metálico de 4,3 metros de altura que permanece durante las 24 horas del día cargo de la severa vigilancia de la guardia real y penetró furtivamente hasta el interior del palacio, en cuya cocina permaneció tranquilamente comiendo queso cheddar con galletas, luego pasó al despacho del trono, mueble en el que tomó asiento y descansó un rato. Luego, en otra habitación que en esos momentos utilizaba la princesa Diana para esconder los regalos de uno de sus hijos, encontró, destapó y bebió media botella de vino blanco, luego de lo cual siguió hacia el propio dormitorio de la reina Isabel II, al borde de cuya cama se sentó y sostuvo una larga conversación con la sorprendida soberana, hasta el momento en que algunos de los ayudas de cámara oyó el inusual ruido en la alcoba real y acudió, tan sorprendido como su patrona, a ver qué necesidades tenía la señora, quien previamente había llamado varias veces a la seguridad de palacio mediante un sistema de alarma personal, sin obtener respuesta alguna de los encargados del centro de control.

Al pobre visitante lo condujo la policía a la comisaría aunque no le fueron formulados cargos pues en esos momentos tal tipo de intrusión no era considerada como delito, sino simplemente como una infracción menor, por lo cual el señor Fagan fue absuelto de toda culpa, excepto un cargo menor por “robo” a causa de la media botella de vino blanco que se aplicó para pasar el sabor del queso cheddar y suavizar la aspereza que dejan en la garganta las boronas de las galletas crackers que se tragó sin permiso. Más tarde le fueron diagnosticados algunos problemas psiquiátricos, por lo cual terminó internado en una institución de salud mental. Por su parte, los sistemas y los funcionarios de los cuerpos de seguridad del palacio de Buckingham fueron severamente criticados por su ineptitud, negligencia y permeabilidad.

No obstante, años después, el 13 de septiembre de 2004, el ciudadano Jason Hatch, de 33 años, activista de la organización “Fathers for Justice”, vestido con un disfraz de Batman, utilizando una escalera, trepó el enrejado del mismo palacio de Buckingham y luego logró encaramarse a una saliente junto al balcón que utiliza la familia real para dirigirse a sus súbditos en ocasiones especiales. Para vergüenza de los servicios de seguridad del palacio real, Batman inclusive logró desplegar una pancarta alusiva a la organización, con un texto de protesta contra medidas del gobierno que limitaban el derecho de los padres divorciados a visitar a sus hijos. El intruso permaneció en el lugar durante cinco horas durante las cuales logró captar la atención de la prensa del mundo entero y de numeroso público presente en el lugar, hasta que, ya visiblemente agotado, voluntariamente accedió a bajar de la cornisa con la ayuda de los bomberos y la utilización de una grúa.

Y como si lo anterior fuera poco, es bueno recordar otro publicitado incidente ocurrido el 24 de noviembre de 2009 en la Casa Blanca en Washington, cuando la pareja de esposos, Michaele y Tareq Salahi y el individuo Carlos Allen, en momentos diferentes, lograron burlar los estrictos controles de acceso a la Casa Blanca en Washington y entrar sin invitación alguna hasta el Salón Azul, donde el presidente Obama ofrecía una Cena de Estado en honor de Manmohan Singh, Primer Ministro de la India. Una vez dentro, lograron tener contacto directo con el presidente Obama, el vicepresidente Joe Biden y con el mismo homenajeado, el primer ministro Singh. El caso se hizo evidente cuando la intrusa Michaele Salahi, para presumir ante sus amigas, publicó en sus páginas de Facebook fotografías de ella y su esposo departiendo animadamente con el presidente de los Estados Unidos, durante un acto protocolario estrictamente de carácter oficial al que la pareja se había colado, dejando en ridículo al estricto sistema de seguridad controlado por el Servicio Secreto, uno de los más profesionales y eficientes del mundo.

Al conocerse la novedad, se armó un escándalo terrible que causó severos dolores de cabeza a los responsables de la protección y seguridad de la Casa Blanca, sus inquilinos y los invitados ocasionales. En la India se criticó con vehemencia al Servicio Secreto y las graves fallas que pusieron en riesgo la seguridad de su representante. Y pensar que aquí nos quejamos cuando algún intruso vendedor de baratijas o cualquier honesto apartamentero logra penetrar los sistemas de seguridad de las porterías de nuestros edificios, usualmente protegidas por abnegados y modestos celadores de salario mínimo. ¡Qué injusticia..!

LAS CICLOVIAS BOGOTANAS

Muy elogiadas por propios y extraños son las extensas redes de ciclovías bogotanas, especialmente las que se improvisan los domingos y festivos por las principales avenidas y calles de la ciudad. Todas muy bien organizadas y usadas a plenitud por los bogotanos e infortunadamente también por algunas pandillas de asaltantes y ladrones de bicicletas. Pero lo que si considero un recurso horroroso, impráctico, incómodo, injustificado e inconveniente es el de utilizar durante toda una mañana como ciclovía, uno de los dos precarios carriles en cada sentido con que cuenta la avenida 26 o avenida del aeropuerto de El Dorado, situación que causa congestiones insoportables, demoras angustiosas, trancones de órdago, pérdidas de vuelos y toda suerte de calamidades en la ya pobre e insuficiente vía de acceso a la cada vez más estrecha y pequeña puerta de entrada a la capital de la República.

Adivino que muchos de los decesos por infartos del miocardio ocurridos en la ciudad, lo son durante cualquier domingo o festivo antes de las dos de la tarde, mientras la víctima se trasladaba a tomar un vuelo urgente, por la única vía de acceso al dichoso aeropuerto, que por cierto, cada día recibe a más y más visitantes procedentes de todas partes del mundo, que seguramente quedan impresionados por la amplitud de la hospitalidad y los corazones colombianos que los reciben en contraste con la estrechez y mezquindad en el diseño de las pobrísimas avenidas de entrada y salida del aeropuerto de nuestra ciudad.