Luz, más luz
En su columna habitual que escribe para Eje 21, del lunes de la presente semana, el exministro de Minas y Energía Amylkar Acosta nos recuerda que el 14 de febrero se conmemora el Día mundial de la energía. Y a renglón seguido nos enuncia realidades cotidianas que tienen que ver con su existencia y con la necesidad de su uso racional y eficiente y de la preservación y conservación de sus fuentes primarias, frases que cito de manera casi textual.
Se preguntarán ustedes, caros lectores, a que viene mi interés en el tema, cuando soy y me declaro lego a toda prueba de los asuntos que tienen que ver con la rama de la Física que estudia la energía, sus transformaciones y las leyes que la rigen. La termodinámica.
Lo que sucede, es que siempre creí que la energía, es lo mismo que la electricidad. Pues no. La energía es lo genérico. La electricidad es una forma de encausar la energía. y es el meollo de la cuestión que me interesa. Con toda la razón, mi profesor de física en el Colegio de Nuestra Señora de Manizales, Don Hernando Barco, me reprobó cuando no fuí capaz de explicarle como y por qué se prendían los bombillos y los «focos» de mi casa y las lámparas del alumbrado público. Ignorancia en la que persisto y que yo mismo la declaro como invencible.
Siempre asocié la energía con la luz. La luz electrica. Que para mí, ha sido tan mecesaria, como el aire, como el agua. Yo no sé ni me imagino, que hubiera sido de mí, sin los bombillos, las lámparas, los avisos luminosos, las explosiones de luces eléctricas de las pequeñas y grandes ciudades. Un poeta de mi tierra, Anserma Caldas, Mario Vásquez Posada, escribió hace muchos años una serie de composiciones que editó bajo el título de «A las seis a.m empieza la noche». Yo la habría llamado, si hubiera sido su autor, «A las seis p.m. comienza el día». Me declaro noctámbulo, pero sin las sombras de la noche. Me encanta su luminosidad. Odio las luces mortecinas, entre otras razones porque me recuerdan las de mi pueblo, que le daban aspecto fantasmal y frío, trste y abandonado.
La irrupción del invento de la electricidad, digna de consagrarse en la historia al lado del invento de la rueda y de la penicilina, marca el hito de la modernidad. La luz, su más clara expresión, la luz nocturna, es la derrota de lo tenebroso, de lo melancólico y la instauración de la alegría, del interminable jolgorio, de esa bella experiencia de permitirnos permanecer despiertos hasta confundirnos con la aurora, como me lo hacía notar alguna vez, quien fue mi admirado amigo, Alberto Upegui Acevedo.
En mi modesta vida pública, ninguna satisfacción más grande he sentido, que cuando ejecuté, en asocio con el Comité de Cafeteros, la iniciativa de llevar la electrificación a las zonas rurales de Anserma. Llegaron los bombillos, pero también, las licuadoras, los ventiladores, las neveras, y la posibilidad de extender el día para la diversión de la televisión, la radio, la música y el placer de leer una página antes de darle off al interruptor.
Exitoso como el que más, éste programa electrificador. Hasta tal punto, que un diputado a la Asamblea Departamental de la época, en un florido discurso, alcanzó a expresar que se sentía muy orgulloso de ser oriundo de Caldas, una de las regiones más «electrocutadas» del país. De pronto, hasta la razón lo acompañaba…