Turismo en el laberinto
¿Recuerdan la serie de televisión coreana “El Juego del Calamar” presentada por Netflix a finales de 2021, durante la pandemia? La trama de la serie se desarrolla alrededor de un concurso misterioso que promete un premio de 35 millones de dólares al ganador, con 456 concursantes escogidos al azar, todos ellos con apremiantes necesidades económicas. En cada etapa del juego, progresivamente se va eliminando a los perdedores, que mueren a balazos o al caer en las trampas mortales de cada nuevo desafío. Al final del juego queda un solo sobreviviente, ganador absoluto del millonario premio, mientras que los otros 455 infortunados concursantes terminan en los hornos crematorios de los excéntricos magnates, patrocinadores del concurso. El siniestro argumento de “El Juego del Calamar” me hace pensar en los peligros que supone hacer turismo por carretera en Colombia, conduciendo un vehículo particular. El primer riesgo es el de equivocarse y caer en un caso de infracción y multas por “Pico y Placa” al pasar por alguna de las localidades que desee visitar, muchas de las cuales han impuesto sus propios días, horarios y condiciones diferentes para la aplicación de la medida restrictiva.
Si un desprevenido turista sale de la capital en su vehículo particular con rumbo a la frontera con Ecuador, por ejemplo, probablemente tenga que sacarle el quite y evitar hacer pausa alguna y conocer los atractivos turísticos de Soacha, Mesitas del Colegio, La Mesa, Fusagasugá, Anapoima, Melgar, Girardot, El Espinal, Ibagué, Cajamarca, el Eje Cafetero, Calarcá, Armenia, Pereira, Manizales, Buga, Palmira, Cali, Popayán, Pasto e Ipiales, tal la variedad y modalidades de la absurda disposición, especialmente contradictoria cuando desde el propio gobierno se enfatiza y pregona a los cuatro vientos la importancia de promover el turismo, llamado con razón la “Industria sin chimeneas”, como alternativa para propiciar el crecimiento de la economía colombiana. Lo ideal sería que el gobierno central unificara a nivel nacional la medida del “Pico y Placa”, para facilitar a los viajeros la planeación adecuada de sus rutas de desplazamiento y así poder disfrutar plenamente de una movilidad tranquila por todo el país, esperando, desde luego contar con suficiente suerte para superar el copioso surtido de riesgos adicionales que afectan el paisaje turístico colombiano, entre los cuales vale la pena recordar los que adelante se mencionan:
Si se dirige a la costa norte, la suerte lo sigue acompañando y sortea con éxito el rosario de huecos e imperfecciones de la “Ruta del sol” y empieza a oler el mar y a sentir el ruido de las olas rompiendo en las orillas, felicidades y a disfrutar el sol y las playas de nuestra hermosa costa caribe. Pero, ¡Ojo avizor..! Ni se le ocurra pedir de una vez y sin pensarlo, ese modesto platico de mojarra frita con patacones y un par de cervezas en el primer tenderete que encuentre frente a la playa. Antes de caer en la tentación, defina claramente con el “marchante” el precio esperado, incluyendo el IVA, el impuesto al consumo y los demás recargos del servicio, para evitar que al final, sufra un infarto cuando le presenten una factura como la de cualquier restaurante merecedor de estrellas Michelin como el “Maxim’s” de Paris o el “Salt Bae” de Londres, Tokio o Nueva York.
Si en algún momento de su paseo, está usted disfrutando la recomendada práctica de vivir sabroso, dormitando al sol en una silla de playa en Cartagena y una sonriente vendedora lo despierta y sorprende aplicándole espontáneamente una prueba gratuita de un masaje con un milagroso menjurje a base de raspado de aleta de tiburón, baba de caracol y crema de coco, defina previamente, el costo de esa demostración, para que el inesperado manoseo no termine en una desagradable experiencia que le arruine el paseo, como le ha sucedido a tantos confiados parroquianos, nacionales y extranjeros que al regresar a sus hogares luego de sus vacaciones en la “Ciudad Heroica”, juran de rodillas, no regresar jamás a ese “paraíso tropical”, tan rico en patrimonio cultural y con tantos atractivos para lucir y ofrecer, pero afectado por una minoría de mercachifles torpes y autodestructivos, empeñados en desterrar para siempre a la clientela de la que derivan el sustento, pretendiendo esquilmar al visitante con cobros exorbitantes por cualquier servicio ordinario, muchas veces de calidad discutible.
Se asegura, sospecho que con cierta razón, que Don Blas de Lezo, no ha podido salir corriendo de allí, debido a sus visibles impedimentos físicos. A lo mejor la pata y las otras partes del cuerpo que le faltan al pobre hombre, no las perdió en batalla alguna sino como consecuencia de haber tolerado la prueba gratuita de alguna de esas masajistas y haberse negado a pagar el cobro final del servicio “gratuito” ofrecido. Vaya usted a saber; a lo mejor es cierto y eso fue lo que en realidad le pasó al ilustre marino guipuzcoano, defensor victorioso de la ciudad amurallada, durante el asedio y sitio de la armada británica del almirante Vernon en 1741.
En los desplazamientos por las vías de la costa para disfrutar los ricos recursos turísticos de Cartagena de Indias, Barranquilla, Santa Marta, Riohacha, Maicao y la alta Guajira, conviene encomendarse a todos los santos para superar, sano y salvo, el riesgo de detenerse o accidentarse en las vecindades de Tasajera, corregimiento del municipio de Pueblo Viejo, Magdalena, situado sobre la vía entre Ciénaga y Santa Marta, cuyos vecinos han convertido la emboscada con asalto a mano armada y el consiguiente saqueo de camiones de carga, vehículos de pasajeros y automóviles particulares por igual, en una rutina normal de supervivencia. Fue en esa vecindad donde el 6 de julio de 2020, los vecinos del lugar, usando bidones plásticos, canecas y hasta los trastos de la cocina, se dedicaron a tratar de romper a golpes las válvulas de seguridad para robar la gasolina de un camión cisterna accidentado frente a esa localidad, que por tales maniobras violentas explotó en llamas y quemó gravemente a la gran mayoría de los depredadores, 45 de los cuales murieron a causa de las quemaduras y 27 más resultaron con graves lesiones y secuelas permanentes por la misma causa. Infortunadamente tales trampas criminales continúan funcionando, a pesar de las dolorosas consecuencias resultantes de la tragedia provocada por los mismos afectados, situación facilitada por ausencia de medidas de control de las autoridades de esa jurisdicción.
Pero si logra pasar indemne por frente a Tasajera, siga rezando para no encontrar en el camino a grupos de alguna comunidad que, con sus niños por delante, deciden bloquear la carretera y montar un retén ilegal y machete, piedras y garrote en mano, pasar de carro en carro exigiendo el obligatorio “pago de peaje” como condición para permitir el paso franco, no romper el vehículo a pedradas ni afectar a sus ocupantes. Si hasta ahora ninguna de estas calamidades lo ha afectado, siga dándole vueltas a la camándula para no encontrarse con alguna de las pandillas de “pincha llantas” que han montado su infame negocio en cualquier sitio a lo largo de nuestro calamitoso sistema vial. Si acaso sufre de algún pinchazo inesperado, es muy probable que de inmediato lo aborde un ciclista que ofrece ayudarlo y conducirlo a un monta llantas, “casualmente” muy cercano, donde es recibido con amabilidad, halagos y sonrisas.
Si parpadea mientras los operarios manipulan gatos, crucetas y herramientas, corre el riesgo de que discretamente le agreguen perforaciones adicionales a sus neumáticos y usted descubrirá al final, que no era un simple pinchazo en uno de ellos, sino que son múltiples los huecos en una o más de las ruedas de su vehículo, por lo cual la cuenta por la reparación, que se debe cancelar en efectivo y al contado, crece como espuma. Si algo parecido le ha ocurrido en el pasado, ha sido usted una víctima más de una pandilla de delincuentes que viene explotando esta clase de trampas en las carreteras colombianas y en algunas zonas de Bogotá y de otras ciudades del país. Si le ocurre algo parecido, oríllese en un sitio seguro, active las luces de estacionamiento, ignore al ciclista que pasa por su lado, le advierte que está “pinchado” y ofrece ayudarlo y conducirlo a un taller cercano. Permanezca tranquilo dentro de su vehículo con vidrios arriba y puertas aseguradas, llame a su aseguradora, reporte el caso y solicite el servicio de asistencia incluido en su póliza de seguro de automóviles. Posiblemente demore más, pero es más seguro.
Si es usted uno de esos suertudos que a estas alturas del paseo aún está en condiciones de sonreír por lo bien que le ha ido, prepárese para la expedición de regreso a casa. Si viene desde el norte o desde el sur, del este o el oeste, conserve el Credo en la boca, tenga presente el laberinto del “Pico y Placa” y ruegue a algún santo de su devoción para que no se le atraviese en la carretera un derrumbe que obstruya la vía, un túnel que se tapone, un viaducto o puente que colapse a su paso, o lo que es mucho peor, se tope con la guardia indígena de una “minga” que acude en caravana a ocupar nuevamente sus campamentos en el arruinado Parque Nacional y a cumplir alguna cita pactada en la Plaza de Bolívar de Bogotá.
¡Qué descanso y qué alivio..! Por fin está llegando a casa, pero, si su regreso ocurre al finalizar un puente o algún festivo, no olvide el pico y placa regional, que impone turnos y multas para el reingreso a la capital. Con tantos riesgos y sobresaltos que convierten el turismo por carretera por los hermosos paisajes de la geografía colombiana en una aventura a través de un laberinto, parece preferible permanecer en casa y limitarse a explorar las fortalezas turísticas de nuestra propia ciudad capital. ¿Qué tal acometer la saludable experiencia de subir caminando a visitar al Señor Caído en Monserrate o a recorrer los bellos senderos ecológicos e inigualables paisajes de nuestros cerros orientales? ¡Excelente alternativa, pero..!
COLETILLA. Se acaban de conocer algunos detalles de la liberación “humanitaria” de Luis Manuel Diaz, padre de la estrella de la selección Colombia, luego de 12 días de permanecer secuestrado por el ELN. El justificado entusiasmo nos hace recordar fatalmente los 12 años (4.380 días) que, en condiciones inhumanas, atados con cadenas y candados al cuello, padecieron en la selva policías y militares colombianos a manos de los más crueles violadores de los derechos humanos que el mundo ha conocido. Y, ¿Qué me dicen del nuevo caso de “cerco humanitario” a una unidad militar en El Plateado, Cauca? Comparar motivos, tiempos, condiciones, reacciones, consecuencias y conclusiones de tan repudiable conducta criminal, resulta inevitable.