El emperador anda desnudo
En 1837, el célebre poeta, escritor y cuentista danés Hans Christian Andersen, publicó uno de sus cuentos más recordados y citados por la literatura universal titulado “El nuevo traje del emperador”, que describe las andanzas y caprichosas veleidades de un soberano, famoso entre los súbditos de su reino y los de los países confinantes por la esplendidez de sus ropajes, la finura y elegancia de todas las prendas de su ajuar de uso cotidiano, incluidos su lujoso calzado, elaborado con las telas, brocados y pieles de los animales más exóticos que pudiera procurarle la cinegética de su imperio.
Infortunadamente en ese entonces aún no había llegado al mundo don Salvatore Ferragamo, famoso zapatero italiano nacido en Bonito, Campania, en 1898 y muerto en 1960, fundador de la prestigiosa dinastía de zapateros y fabricantes de prendas y accesorios de lujo, tan apreciados en la actualidad por las estrellas de Hollywood, los elegantes y los cachetudos de este mundo. La admiración que despertaba y los aplausos y alabanzas que estallaban cuando el emperador se pavoneaba desde los balcones de su palacio y se desplazaba por las calles de su pueblo luciendo ante su corte y sus súbditos sus siempre relucientes y espléndidos ropajes, era parte fundamental de su completa felicidad y su egoísmo.
La sabrosa historia de Andersen relata que un par de vivarachos y estafadores extranjeros, conocedores de las aficiones y debilidad del emperador por el lujo y el derroche, se presentaron en la corte como tejedores especiales, expertos en secretas técnicas de tejido y confección, tan sofisticadas y exclusivas que lograban obtener las telas más livianas y lujosas que era posible imaginar, por lo que ofrecieron al petulante monarca elaborarle un traje tan soberbio y lujoso, al lado del cual su ampuloso guardarropa anterior parecería el de un vulgar pordiosero. Algo digno de su grandeza e impecable buen gusto, su serena majestad. Ante tan halagadora promesa, y siguiendo los deseos e instrucciones del par de supuestos magos de la aguja, el dedal y la tijera y previo el anticipo de generosos recursos para costear los materiales necesarios para la magnífica empresa, el emperador dispuso la instalación de un telar en un lugar muy reservado de su palacio, donde trabajarían en absoluto aislamiento y no podrían ser interrumpidos, apurados ni molestados.
Luego de varias semanas de misteriosas actividades, el impaciente gobernante fue informado por los sastres que la tela obtenida era de tal calidad y tersura, que solo era visible para seres humanos inteligentes y capaces de cumplir complejas y sabias responsabilidades de gobierno e invisible para toda suerte de estúpidos, necios, imbéciles malos asesores e incapaces. El monarca, por si las dudas, decidió mandar a su primer ministro a supervisar el avance de los trabajos y por más que el severo funcionario miró y remiró el telar y los movimientos simulados de los tejedores, no pudo ver nada de nada. Pero los sinvergüenzas le decían, mire señor ministro que maravilla de telas, qué hermosura de tejido y qué riqueza en el dibujo, ante lo cual, el pobre ministro, para no sentirse como un imbécil, tuvo que aceptar y manifestar su admiración por la magnificencia del invisible e inexistente bordado, resultado sobre el cual informó así a su soberano.
(No sé por qué perversa asociación de ideas, esta historia me hace pensar en alguna ministerial visión sobre “Cercos humanitarios…”).
La conclusión de la historia es que los sastres mágicos mostraron las invisibles telas al soberano quien tampoco logró ver nada, lo que lo hizo dudar de sus propias facultades, aunque, para no quedar como un cuero ante los majaderos de su corte, demostró estar encantado con los materiales con los cuales se empezó a elaborar el delicado trabajo de su novedosa vestimenta. Concluida la confección de la supuesta obra de arte, se citó al populacho, incluidos los súbditos de la “primera línea” de ese entonces a un gran desfile en el que el emperador, protegido por un lujoso palio, luciría su nuevo ajuar. Aquello fue apoteósico. Todos los súbditos aplaudieron y vitorearon a rabiar al inflado gobernante y a viva voz alabaron el magnífico aunque inexistente traje de su majestad. Ninguno de los asistentes aceptaba la verdad, pues todos mutuamente temían que sus vecinos, vecinas, conocidas y conocidos, niños, niñas y adolescentes los catalogaran como imbéciles e incompetentes. Hasta que un niño que estaba entre la multitud, al paso del gobernante, inocentemente asombrado, exclamó:
“El emperador anda desnudo…”,
La voz corrió como pólvora encendida por entre los asistentes al desfile, lo que provocó una espontánea tempestad de carcajadas y burlas a la pobre victima principal de semejante infundio.
Y ahí se le derrumbó el tinglado al vanidoso monarca, quien al parecer tuvo que rendirse ante la evidencia de su propia y genuina vanidad y tontería. A partir de ese día, no hubo ministro, presidente del congreso, líder de partido político de oposición, consejero ni vasallo que lograra levantarle el ánimo al deprimido y desprestigiado gobernante. O al menos Hans Christian Andersen no dijo una palabra sobre el oscuro destino y la futura gobernabilidad de su elegante majestad.
¿Y los sastres? Pues dicen que con las ganancias intactas en sus bolsas, lograron escapar a un reino vecino donde ofrecieron servicios parecidos y en condiciones semejantes a un emperador tan fatuo y atronado como el de nuestra historia. Nadie sabe qué pasó al final con esos pillos.