24 de julio de 2026

Gobierno de pandillas

21 de octubre de 2022
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
21 de octubre de 2022

De Haití hay que hablar con el afecto por su primogenitura republicana en Latinoamérica, por la mano que tendió a Bolívar cuando armaba la contraofensiva a la reconquista española, por ser estación de paso a la migración del Oriente Próximo a Colombia. Y también con vergüenza, mercenarios nuestros asesinaron a Moïse, su presidente.

Haití es tragedia medida en la escala establecida para Estados fallidos, un top ten, del que sale un año para regresar en el otro. No cumple con estándares mínimos, tener control sobre el territorio, de las armas, del medio ambiente, o prestar servicios públicos esenciales.

Contra Haití conspira su incapacidad de crear instituciones sólidas, una naturaleza que le castiga por haberla violentado, y una ayuda exterior que no se compadece de su miseria.

En sus doscientos veinte años de República son contados los días que ha vivido bajo gobiernos democráticos. Los elegidos se instituyen como dictadores, o son derrocados a poco de instalarse como autoridad.

El poder real hoy lo tienen las pandillas. Hay que hablar con Barbecue, Jimmy Crerizier, para que el terminal marítimo opere, o fluya la gasolina o el agua embotellada, o se movilice el transporte. El es un ex policía prófugo de la justicia, acusado de la masacre de La Saline. Su poder lo deriva de su banda Delmas 6, y de la alianza con otras nueve para formar La Familia. Mañana, otro puede ser el jefe, alguno  de las 76 pandillas, que controlan con terror cada una su bidonvil, los  habitantes viven con pavor  de ser asesinados,  secuestrados, libres sí, para pagar extorsión.

Los gobiernos sobreviven si se amangualan con las pandillas. Jovenel Moïse se sostenía por  ellas, y el actual primer ministro, Ariel Henry, bajo sospecha  de participar en el magnicidio de Moïse,  les teme.

Diamond Jared esclareció en Colapso, con experiencias contemporáneas, la desaparición misteriosa de culturas pérdidas en el tiempo, la de la Isla de Pascua. Y, lo sabido de ella es un espejo en la que se ve la suerte de Haití. La toba volcánica que los rapanaui utilizaron para tallar los moais, mil  monumentos gigantes, debió ser trasladada varios kilómetros desde la cantera hasta la playa, en rodillos de madera. Madera sí, de los árboles. Con la deforestación vino la seguidilla de males: la desaparición de las aves, las proteínas de sus huevos, la erosión del terreno, la pérdida de cultivos, y la hipótesis del final caníbal: se hallaron huesos humanos cocinados. La deforestación en Haití es casi total, falta por arrasar un 2% y por motivos más pedestres, leña para cocinar.

La degradación de Haití es dolorosa. Fue la colonia francesa más rica, de ella  provenía la cuarta parte de la riqueza de la Monarquía en tiempo de Luis XV. Y fueron los franceses quienes, en retaliación por la declaración de independencia, la envilecieron con embargos a su azúcar y café que solo levantarían con la promesa de astronómica indemnización, cuyo pago les empeñó casi un siglo. Su mitad de la isla La Española, era la fértil; y hoy, la sostenible es la de la República Dominicana, y por obra de la codicia de Leónidas Trujillo, que puso al ejército a cuidar los bosques, negocio en el que había puesto los ojos.

El deterioro ha hecho más vulnerable a Haití a los huracanes que cíclicamente deja su estela de destrozos. Y, como si fuera poco, la naturaleza lo azota con terremotos. Uno, hace diez años, causó más de trescientas mil muertes. Y para sumar desgracias, la contaminación propicia epidemias. La del cólera que se consideraba superada, vuelve por más víctimas.

La naturaleza fuente de desgracias crea una cultura que justifica la desidia para remediarlas. En Etiopía, los funcionarios de Haille Selassie, según narra Kapušciński, argüían: el hambre existía en nuestro imperio desde hacía cientos de años, una cosa cotidiana y natural, y a nadie se le había ocurrido nunca quejarse de ello. Venía la sequía y la tierra se acababa, el ganado caía muerto, los campesinos se morían de hambre, algo corriente, acorde con las leyes de la naturaleza y el eterno orden de las cosas.

 Y sí oportunidad para enriquecer al rey, cobrando peaje a los organismos internacionales que ofrecían auxilio: ¿Quieren ustedes ayudar? Para agregar: Háganlo, por favor tienen que pagar.

Esta es la encrucijada: Haití no  produce la mitad de la comida que consume, ni bienes para conseguir divisas y con ellas, gasolina. Ha dependido de la ayuda externa, y esta ha sido un fracaso. Foote, ex enviado especial de EE.UU. es de la opinión de que los extranjeros hemos hecho de Haití un estropicio cada vez que hemos intervenido.

 La ayuda exterior de todo país donante es interesada, para crear compromisos, comprar influencias, comprometer votos en organismos internacionales, asegurar un retorno económico. Las ayudas para superar desastres naturales son de excepcional generosidad.

La USAID  ofrece:  tender la mano para ayudar a aquellos pueblos extranjeros que se esfuerzan por tener una vida mejor, o por recuperarse de un desastre, o lucha por vivir en un país libre y democrático; o no importa, lo primero es para promover los intereses norteamericanos  en política exterior. Poco cuenta si se apuntala una dictadura, o que se tenga que pagar el precio Selassie, haciéndose los de la vista gorda con la corrupción

Jean-Bertrand Aristide, ex sacerdote salesiano,  fue presidente electo y derrocado en el mismo año, y pudo regresar tres años después (1994),  gracias al apoyo de EE.UU.  Embargó bienes y bloqueó ayudas al gobierno usurpador, y todo a cambio de que Haití privatizara y entregara las telecomunicaciones a los americanos.  Cuando el mismo Aristide, ganó de nuevo la  presidencia (2001 – 2004), giró a la izquierda, y EE.UU. promovió activamente, aún con instrucción militar a las bandas de la oposición, su derrocamiento.

La salida parece ser la del imaginario artículo 15 de la Constitución al que apelan los congoleños para darle sentido a su Carta Política:  Debrouillez – vous, lo que en criollo significa: arréglenselas como puedan.