18 de agosto de 2022
Directores
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Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez

¡Estamos mamados, traigan a Robocop..!

13 de septiembre de 2020
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
13 de septiembre de 2020

Muy tristes y lamentables los sucesos de los últimos días que se suman al cúmulo de padecimientos que hemos tenido que soportar los colombianos durante esta inédita pandemia y sus incómodas pero necesarias dosis de aislamiento y restricciones a nuestra libertad individual. Tales exigencias han sometido a prueba hasta a los espíritus más maduros y equilibrados y, justo es reconocerlo, la gran mayoría de conciudadanos han superado exitosamente y con admirable disciplina la ominosa situación. La reciente muerte de un ciudadano por un procedimiento exagerado o erróneo por parte de miembros de la policía y las trágicas secuelas de destrucción y vandalismo resultantes, obligan a un juicioso análisis, alejado de emociones y animo recalentado y revanchista que no beneficia a nadie. Que estuvo mal manejado el asunto del señor Ordoñez? Hasta ahora, nadie lo pone en duda. Como todos los colombianos de bien, ante la muerte de cualquier colombiano, lo lamentamos y expresamos nuestra preocupación y solidaridad con sus parientes, amigos, vecinos y allegados y confiamos en que las autoridades competentes esclarezcan las circunstancias del hecho y logren ofrecer pronta y cumplida justicia en este caso. Como la que se ha esperado cuando las víctimas son los soldados y policías colombianos que durante mucho tiempo han dejado jirones de piel, ojos, piernas y brazos y aun sus propias vidas al servicio del bienestar y la seguridad de sus compatriotas.

Pero tratemos de interpretar la verdadera motivación y el contexto de los escenarios y la situación que propiciaron y seguirán estimulando tales desafueros. Es preciso reconocer que los policías y soldados de Colombia vienen cumpliendo sus difíciles funciones en ambientes cada vez más tensos, hostiles y peligrosos. Ya es paisaje ver en redes sociales, noticieros y otros medios de comunicación a soldados agredidos por indígenas enfurecidos, en territorios a donde acude el ejercito a proteger los derechos de las mismas comunidades, de donde son expulsados por la fuerza a bastonazos, empujones, insultos, golpes, “planazos” y hasta con culatazos de las propias armas de dotación oficial, arrebatadas de sus manos, que los agredidos servidores, en una demostración de profesionalismo y fortaleza ejemplares, se han abstenido de levantar contra sus agresores. Y en ciudades, pueblos y aldeas, es un chiste y una sabrosa entretención, compartir alegremente en las mismas redes, videos de la recurrente escena de uno o dos policías que en múltiples ocasiones y sitios del país, cumpliendo con sus deberes, acuden a atender un simple caso de policía y son recibidos a golpes, insultos, agresiones e irrespeto por turbas de malandrines, vagos y borrachos para quienes tan abusiva y peligrosa conducta, que, como en cualquier “corraleja” de la costa, se convirtió en un simpático acto de entretenimiento, infaltable y propio de sus habituales programas “culturales”.

Y ni hablar del trato recibido, cuando se trata de controlar desmanes de los encapuchados de siempre en cualquier marcha de protesta, celebración o luto. Los ladrillazos, las “papas bomba” y los “cocteles molotov” vuelan como palomas asustadas sobre la humanidad de los servidores públicos, que dejan sus propias familias desamparadas por acudir a proteger la tranquilidad, la vida y los bienes de quienes, ni los aprecian, ni los respetan, ni les muestran una pizca de gratitud. Sin embargo, a esos mismos policías de carne y hueso les exigimos diariamente tino y templanza en su actuar, aun en medio de las peores condiciones de tensión y riesgo. Hasta el menudo y cotidiano cumplimiento de sus obligaciones en el rescate y preservación del espacio público, le aporta al policía callejero momentos de frustración y pena. Los mismos que rabiosamente alegan que en las calles de la ciudad ya no hay aceras por dónde caminar, critican con dureza cualquier intento del policía para la recuperación del espacio urbano, necesario para transitar con seguridad. Aun así, señor policía, si lo agreden, aguante y ponga la otra mejilla. ¡Cuidadito con meter la pata..!

Da la impresión que algunos policías, afectados por las flaquezas propias de los seres humanos, que también lo son, a pesar del profesionalismo y sentido del sacrificio que los distingue, están alcanzando el tope de sus niveles de tolerancia ante situaciones tan estresantes y complejas. Parecen cansados de ser siempre los mansos y sufridos receptores de ataques, golpes, pedradas, papas bomba, emboscadas, insultos, histéricas desautorizaciones y regaños en público, a grito herido y a los cuatro vientos, criticas desconsideradas, disparos y hasta “baculazos” de subversivos, encapuchados, sindicalistas, estudiantes expertos en pedreas, asonadas y explosivos, narcos, vagos e infiltrados de allende la frontera, paramilitares, milicianos, delincuentes, revoltosos, políticos oportunistas, algunos periodistas, colectivos de abogados, arzobispos, concejales, ex presidentes, ex alcaldes, alcaldes, alcaldesas, “alcaldotes” y “alcalditos” de todo el país y hasta del vecindario y de cuanta ONG y corte foránea y “mamertoide” que decida pronunciarse y meter las narices en nuestros asuntos.

Se habla entonces de reformar la policía por la ocurrencia de algunos trágicos y  humanos errores de procedimiento. Me pregunto, no será que hay tareas pendientes y más antiguas y necesarias de reformas urgentes como la de la justicia con su politización, sus “puertas giratorias”, su paquidermia y sus “carteles” de togas y testigos dudosos, el congreso, algunos de sus congresistas, (afortunadamente, no todos) y su corrupción, el mercado de votos y los micos de siempre, las “investigaciones exhaustivas” de las “ias”, el sistema penitenciario, con más fugas, fallas y sindicatos que servidores, la cancillería y sus inexcusables errores en la elección de sus vías de correspondencia y el manejo de algunos protocolos diplomáticos; los elefantes blancos, las obras publicas eternas, con sobrecostos y mal terminadas, los puentes derrumbados, mal diseñados, algunos sin conexión a camino alguno y hasta sin ríos, carreteras colapsadas, ruinosa importación de carros de basura oxidados e inservibles, el trasiego de bolsas de billetes por debajo de la mesa, el oscuro caso Odebrecht, los hackers y los tiovivos de la contratación, además de un sistema educativo contaminado con odio de clases, ideas y modelos obsoletos, extremistas y fracasados en el mundo entero, casos de acoso sexual y extorsivo de docentes a sus alumnos y alumnas y ralentizado además por pesadas anclas sindicales, que, en defensa de sus privilegios, sistemáticamente paralizan el país y obstaculizan hasta la adopción de mejores y modernos métodos de autoevaluación y progreso.

No nos quepa duda, al paso que vamos, y con la activa campaña de ingratitud, maltrato y desprestigio a la que está siendo sometida la Policía Nacional de los colombianos, se corre el riesgo que en el futuro, ningún joven quiera ingresar y servir en una profesión con tantos riesgos, tan incomprendida, maltratada e injustamente vilipendiada. Para procurar la indispensable protección y amparo de la creciente delincuencia que nos agobia, a lo mejor va a ser necesario contratar a “Robocop”.