24 de julio de 2026

Sobre héroes y rumbas

24 de agosto de 2020
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
24 de agosto de 2020

Definitivamente, la pandemia que estamos padeciendo y el encierro al que ha obligado a gran parte de los habitantes de este mundo, dejará imborrables huellas en el alma y el comportamiento de la raza humana y muy valiosas enseñanzas a quienes hemos soportado con disciplina y paciencia el riguroso aislamiento. Y además, severísimas lecciones a quienes no han visto ni enfrentado la emergencia con la seriedad y el rigor que merece y no han tenido inconvenientes en ignorar los riesgos con tal de disfrutar peligrosos divertimentos en paseos, pachangas y toda suerte de rumbas clandestinas.

Recién el domingo 23 de agosto, desayunamos con la noticia de una trágica parranda escondida en un bar de Lima, Perú, a donde acudió la policía local, llamada por los vecinos del festejo clandestino, ante cuya presencia los 120 enfiestados asistentes huyeron atropelladamente por una escalera hacia la salida del primer piso, cuya puerta metálica abría hacia adentro, lo que produjo un fatal atasco que provocó 13 muertos y 6 heridos, entre ellos 3 de los policías que, sin dilación, atendieron el llamado de sus deberes y acudieron a controlar la infracción colectiva. Veintitrés de los parranderos contraventores fueron arrestados en el sitio y tendrán que soportar en forzado confinamiento carcelario el insufrible guayabo post-piscal y el consiguiente y lamentable luto por los compañeros de farra que perecieron aplastados en la mortal trampa de una puerta de salida, inadecuadamente prevista para una evacuación de emergencia.

En nuestro medio, durante el obligado y necesario encierro, también hemos tenido numerosos casos que han castigado nuestra cautiva atención con la contundencia de un piano de cola cayendo sobre la cabeza. Numerosas fiestas en varios vecindarios, especialmente de Cali, la costa y otras localidades del país, han sido interrumpidas por la inesperada atención de los sacrificados guardianes de la ley que, a veces recibidos a golpes, madrazos, botellazos y los aguardentosos escupitajos de borrachos de todos los estratos, se han visto a gatas para hacer cumplir a los necios e incrédulos “gozones” de aquí y de allá, las prohibiciones y preventivos preceptos de las autoridades. Cómo olvidar los injustificados ataques a médicos, enfermeras y hasta conductores de ambulancias por parte de energúmenos e ignorantes que achacan a los abnegados y heroicos servidores de la salud las mortales consecuencias de un asesino silencioso, cuyas víctimas son precisamente quienes desconocen los riesgos y neciamente desacatan las necesarias medidas de autoprotección.

Y qué decir del pequeño motín, sazonado a base de ofensivos insultos y agresivos intentos de ataque, que le armaron a los miembros de la patrulla policial que, cumpliendo son sus deberes oficiales, acudieron el sábado 15 de abril a amonestar a un grupo de golfistas que alegre y desprevenidamente, como si nada ocurriera a su alrededor, departían en los campos de golf de un exclusivo club de Girardot, que los alegres deportistas, probablemente luego de varias pausas obligadas en el “Hoyo 19”, consideraron al margen de las normas restrictivas sobre el uso de tales instalaciones deportivas durante la presente emergencia sanitaria.

Hasta el festivo y entusiasta alcalde de Briceño, Antioquia, señor Wilmar Moreno Monsalve, se permitió la licencia de autorizar, por decreto, la apertura de los bares de la zona caliente de su municipio, el expendio de bebidas embriagantes y la consiguiente práctica de algunas actividades sociales que requieren demasiada cercanía, contraviniendo, un poquitico nada más, las medidas preventivas de confinamiento general y aislamiento social dispuestas por el gobierno nacional y aconsejadas por las autoridades médicas más respetadas, como medio de controlar el amenazante progreso del peligroso coronavirus, bichito que solamente mete miedo, cuando empieza a golpear por los confines de nuestros  vecindarios. Y aquí fue donde el celoso comandante de la Estación de Policía local, decidió cumplir a raja tabla las órdenes del gobierno central y cerró los bares que, según su interpretación legal, estaban contraviniendo las normas nacionales. Ahí fue que la puerca torció el rabo, pues el señor alcalde se delicó por la inconsulta medida policial y, rodeado de su gabinete en pleno, se sintió “guapo y apoyao”, y, con las espuelas por delante, llegó al comando de la estación a recriminar con dureza al Comandante, el Intendente Jefe John Jairo Martínez Villada a quien en plena vía pública y frente a la instalación policial, reclamó en tono subido, por la osadía de haber ordenado cerrar tales establecimientos de diversión y “sano” esparcimiento.

En el calor del encuentro y en una auténtica “alcaldada”, ordenó a un obrero cualquiera, traer una escalera y alicates en mano, cortar de inmediato el servicio de electricidad a la sede policial. Para calmar los ánimos y especialmente para lograr que los policías no quedaran a oscuras y a lo mejor sin servicio de acueducto y alcantarillado en el inmediato futuro, debieron intervenir autoridades de alto nivel departamental para amansar al furibundo burgomaestre y devolver la paz y el funcionamiento regular de los bares al municipio, para lo cual fue preferible trasladar al “zanahorio” y estricto comandante de policía a otra jurisdicción. Definitivamente, en este drama, los actores principales son los heroicos médicos, las valientes enfermeras y todos los servidores de la salud y los esforzados policías colombianos que, exponiendo su integridad y la salud de sus propias familias, acuden presurosos a “desfacer entuertos” y, de paso, desbaratar tal cual parranda clandestina, a lo mejor muy amena, pero peligrosa. Por último, mis rendidas excusas al admirado  y extinto maestro argentino Ernesto Sábato por mi atrevimiento.