No era un perro cualquiera
Durante el lluvioso otoño de septiembre, octubre y noviembre de 1976, tuve la oportunidad de participar en Tokio, en representación de la Policía Nacional, en un seminario sobre métodos de control de tráfico de estupefacientes, evento organizado por la Policía Nacional del Japón en coordinación con la Japan International Cooperation Agency, entidad japonesa de cooperación internacional, más conocida con el acrónimo JICA, para el cual preparé y presenté una ponencia sobre el uso de perros entrenados en labores de detección de drogas, asunto novedoso en ese entonces, sobre el que había venido trabajando desde 1966, en mi condición de Director, durante muchos años, del Centro de Adiestramiento de Perros de la Policía Nacional, donde mi rutina diaria incluía soportar el bullicio propio de una jauría de 150 perros pastores alemanes, ladradores y escandalosos ante cualquier ruido o movimiento, pero de incuestionable pedigree, procedentes de los más encopetados criaderos de esa raza en Alemania.
Durante el desarrollo del evento académico, tuve alguna cercanía con uno de los funcionarios japoneses de la JICA que simultáneamente tomaba clases de español, por lo que permanentemente trataba de ensayar sus progresos en nuestro idioma practicando conmigo, a cambio de lo cual, él intentaba, con mucho menos éxito, enseñarme los rudimentos del idioma del país del sol naciente. En tales conversaciones y conociendo mi relación profesional con los perros, me contó la conmovedora historia del perro “Hachiko” del profesor Hidesaburo Ueno, catedrático del Departamento de Agricultura de la Universidad de Tokio y me aconsejó visitar la enorme estación de trenes de Shibuya, en la cual confluyen líneas del sistema de metro de la ciudad, diversas líneas de trenes de nivel nacional y visitar la plaza que se encuentra frente a la salida 8, escenario de la historia y donde encontraría una estatua de bronce del célebre animal, paradigma de fidelidad y devoción por su amo.
La historia del mentado perro se remonta a mediados de 1924 cuando en el hogar del profesor Ueno se recibió una caja de madera que traía un pequeño cachorro de la raza japonesa Akita, destinado originalmente a su hija, que llegó en un tren de carga procedente de Odate, pequeña localidad de la Prefectura de Akita y que debido a las rudas condiciones en que fue encajonado y transportado, daba la apariencia de haber llegado muerto. El profesor Ueno arrimó entonces una taza de leche tibia al hocico del exánime animal que de inmediato se reanimó, dio muestras de estar vivo pero hambriento y se incorporó de lleno en la familia donde recibió el nombre de “Hachiko”. A partir de ese día, el akita se convirtió en compañero inseparable del profesor a quien diariamente acompañaba a la cercana estación de Shibuya donde tomaba el tren de la mañana con rumbo a la Universidad a atender su cátedra, mientras el perro regresaba solo a su casa. Por las tardes el perro acudía, también solo y a la hora exacta, a esperar el regreso del profesor en el mismo sitio frente a la puerta de salida de la estación donde había despedido a su amo en la mañana.
La rutina del perro captó la atención de los transeúntes regulares y de los habitantes y comerciantes situados alrededor de la estación por lo cual era mirado siempre con simpatía y afecto, hasta que el 21 de mayo de 1925, el profesor Ueno sufrió un derrame cerebral en su aula de clases y se desplomó muerto, frente a sus alumnos. No obstante, “Hachiko” acudió cumplidamente, como de costumbre, a esperar a su querido amigo y allí permaneció durante los siguientes diez años, esperando sin moverse del mismo sitio, soportando lluvia, nieve o calor, hasta el día que amaneció muerto el 8 de marzo de 1935 a la edad de 11 años. Durante todo este tiempo el noble animal fue permanentemente cuidado y alimentado por los simpatizantes y vecinos del lugar que conocieron desde el principio la cercanía del profesor ausente con su perro.
Esta curiosa hazaña de fidelidad perruna llamó en su momento la atención de la prensa japonesa por lo que el comportamiento del animal se divulgó y convirtió en leyenda que conmovió la opinión de quienes se enteraron de la enternecedora historia, razón por la cual se decidió erigir una escultura de bronce del perro en actitud atenta, situada en el mismo sitio donde permaneció esperando al amo, la cual fue inaugurada en abril de 1934 con la presencia del propio animal, que murió un año más tarde, sin moverse del sitio de espera. El cadáver de “Hachiko” fue recogido y velado en el salón de equipajes de la estación Shibuya en sencilla ceremonia que contó con la presencia de nutrida y conmovida asistencia entre policías, operarios de la estación, vecinos y conocedores de la historia, entre ellos Yaeko, la viuda del profesor Ueno. Posteriormente se adelantaron los trabajos de preparación del cuerpo para propósitos de taxidermia, evento en el cual le fueron encontrados en su estómago cuatro varitas de “yakitori”, especie de brocheta de pollo que según se dictaminó, no fueron los causantes de la muerte. Solamente hasta marzo de 2011 (¡76 años más tarde..!) se determinó que la muerte prematura de “Hachiko” fue causada por un tipo de cáncer terminal y una ”filariosis” cardiaca. El cadáver del perro fue disecado y trasladado al Museo de Ciencias Naturales del Distrito de Ueno donde ha sido exhibido desde entonces.
En 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, la estatua de bronce fue fundida para la fabricación de armas. En 1947, pasada la guerra, fue reemplazada la escultura y situada en el mismo lugar, frente a la salida 8 de la estación de Shibuya, sitio de referencia y encuentro, uno de los hitos más visitados de la ciudad. En la Universidad de Tokio, sede del trabajo y lugar de la muerte del profesor Ueno existe también una escultura del profesor y su perro, homenaje que se repite en la tumba del catedrático y en la estación de tren de Odate, lugar de nacimiento de “Hichiko” donde existe otra escultura de bronce, lo que pone en evidencia la dimensión de la admiración y simpatía hacia el noble animal y su inolvidable hazaña. Atendí el consejo de mi amigo de la JICA y fui hasta la estación de Shibuya a visitar el sitio y conocer la escultura de “Hachiko”. Confieso que también me conmoví y por ello tuve que disimular un par de lágrimas que escaparon de mis ojos.