7 de mayo de 2021
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Las amenazas del covid19  y las armas nucleares

31 de mayo de 2020
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
31 de mayo de 2020

En esta oportunidad no intentamos aventurar presagios ni anticipar remedios milagrosos a la crisis causada por la veloz agresividad del enemigo biológico invisible que nos preocupa y agobia, así que solo daremos una vez más una mirada superficial al aspecto logístico del incierto y caótico manejo mundial de la atención hospitalaria frente al azote de dos peligros concretos y formidables, que hoy desnudan la fragilidad humana y la probada incapacidad para enfrentar y superar catástrofes de tal naturaleza y envergadura. Da la impresión que el mundo estuviera siendo sometido a una especie muy severa de “prueba ácida” para medir su capacidad de superar emergencias tan críticas y responder en forma razonable a sus insoportables inquilinos.

Me refiero a las consecuencias que el mundo está padeciendo por el Covid19, comparándolas con las previsibles secuelas de una guerra nuclear, tema sobre el cual hemos tratado en varias ocasiones anteriores en este medio, un riesgo vigente y real, tan concreto y probable como cierta y concreta es la existencia de los arsenales nucleares actualmente a disposición de los líderes de los países poseedores de tales armas de destrucción masiva, como Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, Francia, China, India y Pakistán, sin dejar de lado a los aspirantes a integrar la hermética cofradía de “armagedonistas”, como Israel, Irán y Corea del Norte, enigmático país apoyado por los regímenes de Rusia y China, hoy gobernado por Kim Jong Un, el díscolo e impredecible “amado líder”, heredero de una cerrada dinastía familiar, amo absoluto del sistema político más aislado y controversial del mundo, cuya población ha padecido hambrunas memorables con centenares de miles de muertos, pero con el dominio absoluto y personal sobre el cuarto ejército más poderoso del mundo, uno de cuyos hobbies es mostrar ante propios y extraños, frecuentes pruebas de misiles balísticos de alcance intercontinental, capaces de portar ojivas nucleares.

Si en naciones del primer mundo como Francia, Italia, Alemania, España, Gran Bretaña, China, Corea del Sur y los Estados Unidos la atención a pacientes del Covid 19 ha sobrepasado con largueza la capacidad médica y hospitalaria regular y de cuidados intensivos y además que la disponibilidad de cementerios, morgues y crematorios se ha mostrado incapaz en el manejo y disposición sanitariamente aceptable de los despojos mortales de tales víctimas, qué esperar de países en vías de desarrollo, con capacidades limitadas para lidiar con una carga que, sin duda alguna, agarró a pobres y ricos, a los del norte y a los del sur, con los calzones en el piso. Aterra ver escenas de camiones refrigerados, usados para el transporte de alimentos perecederos, varados en las calles de Nueva York, llenos de cadáveres, ante la incapacidad de almacenamiento regular en morgues y tanatorios o abandonados en plena vía publica en Guayaquil y luego cremados en la misma calle y “a la brava” por los alarmados vecinos, temerosos de los riesgos de contagio e infecciones.

Estas escenas, inimaginables unos meses atrás, se convirtieron en penosa realidad ante la incapacidad de las autoridades para lidiar con una catástrofe, que algunos dirigentes insensatos, del norte y del sur insisten en ignorar o en calificar como una “simple gripita”, problema menor tratable con simples calmantes, remedios caseros y algunos buches de agua con sal y que algún iluminado propone tratar con recursos terapéuticos tan singulares como el uso inyectable de desinfectantes clorados, semejantes a los que se utilizan para la limpieza de pisos, muebles sanitarios, baños y cocinas.

Según estadísticas de fuentes diversas como la OCDE, el portal El Orden Mundial y el DANE, los países que adelante se indican, enfrentaron el inicio de la pandemia con el siguiente número de camas hospitalarias y de cuidados intensivos por cada 100.000 habitantes, a pesar de lo cual las necesidades de la emergencia superaron a quienes desestimaron la magnitud de la amenaza, razón por la cual la creciente sumatoria de sus victimas resulta tan preocupante:

Alemania                     830              33

Corea del Sur          1.150              10

China                          420                4

Italia                            340                8

España                       300                9

Estados Unidos        290              30

Gran Bretaña             280                7

Brasil                           220              17

Colombia                    170              10

Perú                            160                 1

México                        150                 3

El cuestionable manejo sanitario en países con mayor desarrollo ha permitido, por ejemplo, que el 27 de mayo de 2020, tres meses después del día en que se reportó el primer caso de contagio en su territorio, Estados Unidos alcanzara 1.750.000 contagiados y 100.000 muertos; Brasil, 391.222 contagiados y 25.000 muertos; Gran Bretaña, 268.616 contagiados y 37.000 muertos; Italia, 33.000 muertos, Francia, 28.000 muertos y España, 27.000 decesos.

Qué esperar entonces en el caso de una confrontación nuclear, ante la explosión sobre una gran ciudad de una bomba de hidrógeno relativamente pequeña, de solamente un megatón, con capacidad destructiva y de muerte instantánea causadas por un arma hoy en poder de los países antes relacionados?. Recordemos que la potencia explosiva de las bombas atómicas o de “fisión” que destruyeron Hiroshima y Nagasaki y causaron al instante cerca de 250.000 muertos y gran cantidad de heridos graves que morirían más adelante, fue de “modestos” 13 y 20 kilotones respectivamente, o sea el equivalente a 13.000 y 20.000 toneladas de TNT, el explosivo convencional más poderoso, utilizado para calcular, por comparación, el poder de armas nucleares y termonucleares. La bomba “H” funciona a partir de la fusión de núclidos ligeros del hidrógeno como litio, tritio y deuterio a temperaturas cercanas a los 100 millones de grados Celsius, lo que explica el calificativo de “termonuclear” y su potencia se mide en millones de toneladas de TNT o megatones. La bomba más potente de Estados Unidos tiene 9 megatones y 50 megatones la de Rusia, llamada “Bomba del Zar”, por lo que es difícil imaginar las consecuencias de un choque intencional o accidental entre estas potencias.

El 25 de septiembre de 1983, en plena “guerra fría”, mientras la OTAN adelantaba el plan de ejercicios militares llamado “Able Archer 83”, visto por la KGB como preparativos de un ataque nuclear, el coronel ruso Stanislav Petrov, encargado del puesto de alerta temprana y defensa aeroespacial rusa, detectó la trayectoria de 5 misiles balísticos intercontinentales ICBM de USA, que 20 minutos más tarde presuntamente impactarían suelo ruso. En medio de inmensa tensión, Petrov se abstuvo de informar y activar el ”botón rojo”. La investigación posterior mostró una falla causada por una rara conjunción astronómica entre el sol, la tierra y el sistema de vigilancia satelital OKO. Su valiente decisión libró al mundo de una guerra nuclear y salvó entre 3 y 4 mil millones de vidas humanas. Hoy sobrevive pobremente en Moscú, solo y anónimo con una pensión equivalente a 200 dólares al mes. En 1998 su jefe Yury Votintsev reveló detalles de su hazaña en el libro “Incidente del Equinoccio de Otoño” lo que hizo que la Organización Internacional de Paz “Asociación de Ciudadanos del Mundo” le otorgara el “Premio Ciudadanos del Mundo”.

De la que nos salvamos ese día, porque simulaciones y cálculos muy precisos de los laboratorios más prestigiosos del mundo, permiten anticipar los efectos inmediatos de una explosión termonuclear sobre centros urbanos como Nueva York, Chicago, Washington, Moscú, Berlín, Londres o Los Ángeles. Tales efectos se conocen como, “Onda de Choque”, “Radiación Térmica”, “Radiación Nuclear Directa”, “Radiación Nuclear Residual” y “Pulso Electromagnético (PEM)”. En beneficio de la preciada brevedad, exploremos muy someramente, solo un par de las  consecuencias inmediatas más visibles.

Onda de Choque: resulta del desplazamiento radial desde el “punto cero” de una masa de aire a más de 725 km/h arrasando a su paso edificios, árboles, vehículos y personas que se encuentren a su paso, con sobrepresiones de 1.4 kg/cmt. cuadrado que aplastan como latas vacías cualquier estructura. Dentro del primer anillo a 1.5 kmts. del epicentro de una bomba de 1 megatón, todas las edificaciones, aún las de hormigón armado, serán arrasadas y el índice de mortalidad será del 98.4%. En el segundo anillo de 4.8 kmts. de radio el viento alcanzará 464 km/h, capaz de derribar edificios de concreto y grandes estructuras de ladrillo. Morirá el 74% de habitantes, 20% gravemente heridos y 6% de ilesos. En el tercer anillo de 7 km. de radio, el viento llegará a 256 km/h arrasando viviendas comunes y causando graves daños a los edificios más sólidos. El 50% de personas mueren, 40% sufren heridas graves y solo 10% resultan ilesas. A los 19 km del epicentro el viento quiebra ventanales y lanza vidrios como armas cortantes a gran velocidad. Morirá el 2.5%, heridos el 35% y 62.5% de ilesos. Adicionalmente, la onda de choque propagará los incendios provocados por la radiación térmica. En la escala Saffir-Simpson de medición de huracanes naturales, 5 es la máxima categoría conocida, con vientos hasta de 249 km/h y consecuencias calificadas como “catastróficas”.

Radiación térmica: Se origina en la enorme bola de fuego con temperaturas promedio de 300.000 grados Celsius. En Hiroshima, el 99% de la radiación térmica causó efectos 1/100 de segundo después de la detonación, lo que derritió el asfalto de las calles y a los 5 kmts. quemó los polines de madera de la carrilera del tren. Los rayos UV provocaron incendios, quemaduras y ceguera por destello hasta los 3.5 km del epicentro. La explosión de una bomba de 1 megatón causará ceguera por quemadura de retina hasta 21 km. en un día soleado y 85 km. en una noche clara. Provocará quemaduras de tercer grado, con destrucción de tejidos hasta los 8 km; de segundo grado, con ampollas que pueden infectarse si no se tratan a los 10 km. y de primer grado, como quemaduras severas de sol, a los 11 km del punto cero. Los incendios provocados serán “tormentas de fuego” con fuertes vientos convergentes que causan temperaturas muy altas pero no se propagan y “conflagraciones”, en las que el fuego se propaga a lo largo de un frente. A nivel de las calles, las temperaturas alcanzarán los 800 grados C en un radio de 5 km, por lo cual cualquier refugio atómico, por profundo y protegido que se encuentre se convertiría en horno crematorio por la combustión instantánea del oxígeno.

Con tales riesgos sobre la mesa y conocida la precaria capacidad actual de atención a enfermos y difuntos en infraestructuras con visibles carencias pero en pie y funcionales, será posible imaginar cómo enfrentar una catástrofe termonuclear, sabiendo que fábricas, mercados, hospitales, laboratorios, instalaciones industriales de producción de todas las necesidades humanas han desaparecido y sus operarios, los miembros del gobierno y los representantes de la autoridad pueden estar entre los millones de víctimas resultantes? Es célebre la reacción de Albert Einstein cuando le preguntaron sobre el tipo de armas con las que se combatiría en la tercera guerra mundial, ante lo cual el científico respondió:

“Lo ignoro, pero de lo que sí estoy seguro es que la cuarta guerra mundial se peleará ¡Con palos y con piedras..!”