7 de marzo de 2021
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Las justas proporciones

24 de abril de 2020
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
24 de abril de 2020

En estos momentos, cuando la emergencia por la pandemia de coronavirus amenaza la salud, seguridad y tranquilidad del mundo entero, se afirma con cierta razón, que se pone en evidencia que los seres humanos dejan ver lo más valioso y rescatable de sus entrañas y en ocasiones también los abismos de egoísmo y mala sangre impuestos por las necesidades y el temor ante enemigos tan agresivos y sutiles como el mortal virus asiático.

Surgen entonces contradicciones tan dramáticas como la manifestación de generosidad de quienes han salido a repartir alegre y voluntariamente aportes económicos de sus propios bolsillos a habitantes de la calle, a vendedores ambulantes, sobrevivientes del día a día y a personas con necesidades extremas, en gestos que provocan lágrimas de reconocimiento y sorpresa de los favorecidos con tan oportunas y solidarias expresiones de ayuda hacia los más necesitados, tendencia que ojalá se consolide y perdure en el mejor sentido, una vez superada la atapa crítica de la amenaza que hoy agobia al mundo y en particular a los colombianos.

Esta generosidad estacional ha sido demostrada por muchos industriales, empresarios y capitalistas reconocidos, quienes en buena hora se han solidarizado con los esfuerzos del gobierno nacional para paliar las necesidades más urgentes de la emergencia y se han hecho presentes con donaciones importantes en especie y en metálico, destinadas a la población más vulnerable, actitud que todos los colombianos debemos reconocer y agradecer, como se reconoce y agradece a los bogotanos que aceptaron la reciente invitación de las autoridades distritales en la “donaton”, evento que logró reunir una importante proporción de recursos para atender, al menos por el momento, las urgencias de sostenimiento básico y supervivencia de una significativa proporción de familias, profundamente afectadas debido a las limitaciones impuestas por el indispensable confinamiento sanitario obligatorio.

Esa es la parte escondida y valiosa del espíritu colombiano que debemos rescatar, destacar y estimular, con la misma fuerza con la que se debe rechazar la actitud de comerciantes, servidores públicos, intermediarios y gestores de servicios que en forma despreciable y mezquina han aprovechado la emergencia para lucrarse desvergonzadamente de la crisis, sacar tajada inmerecida y apropiarse de recursos, que deben ser sagrados e intocables, por estar destinados a mitigar necesidades inaplazables de nuestros compatriotas más humildes y necesitados.

BUEN TIPO, BUEN TIPO

Este chocante contraste entre loable generosidad y mezquindad absurda trae a mi memoria la singular conducta comercial de un modesto carnicero que administraba su propia “fama” en el marco de la plaza de mercado de Manizales, quien si mal no recuerdo debería llamarse algo así como Agapito Rosilllo, quien, envuelto en una especie de “tapapinche” o delantal de lona blanca, algo ensangrentado y amplificador de corneta de hojalata en mano, él mismo, a todo pulmón coreaba y promocionaba sus especialidades cárnicas y su portafolio de servicios, con un original estribillo en tercera persona, que personalmente le escuché hace un montón de años, con estos oídos que se ha de tragar la tierra:

“Agapito Rosillo, buen tipo, buen tipo,
A todo el mundo le tiende la mano,
Le fía la carne y le presta pa’l grano…”

Según me enteré más tarde, nadie entre su empobrecida pero honrada clientela dejó de cumplir cabalmente sus compromisos y redimir, tarde o temprano y sin intereses, las sistemáticas deudas semanales contraídas con su confiado y ejemplar proveedor de costillas, murillo, chatas, pata de res, menudo, chunchullo y bofe, además de una librita más de hueso poroso para disimular la desolación y palidez del caldo. Seguramente que si el buen matarife continuara hoy con su negocio en funcionamiento, de ser necesario, gustoso estaría donando las ganancias de su modesta carnicería a quien lo necesitara y hubiera condonado las deudas de su leal y numerosa clientela.

Qué actitud tan diferente a la de ciertos mercachifles de la actualidad, capaces de cotizar, con significativos sobreprecios, mercados destinados a mitigar el hambre de los colombianos más vaciados, y lo que es peor, que a alguien le parezca exagerado escandalizarse por un “exiguo” sobrecosto de diez mil pesos por cada latica de atún en agua, aceite o salsa de tomate, a lo mejor de esas de 160 gramos que en cualquier supermercado valen a lo sumo $6.500 la unidad. Como decía un ilustre político y recordado ex presidente colombiano, la corrupción debe reducirse a sus “justas proporciones”, lo que en buen romance debiera significar que semejante lacra debe desaparecer para siempre de nuestro castigado país.