El poder de la cacerola
El estridente tamborileo de ollas y cacerolas escuchado durante las noches pasadas trajo fatalmente a mi memoria experiencias similares vividas en Caracas, la capital venezolana, en los primeros días de febrero de 1989 en los inicios del segundo período de gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez, del partido Acción Democrática, apodado “El Gocho”, como se les conoce a los venezolanos originarios de la región de los Andes, fronteriza con Colombia, elegido en los comicios de diciembre de 1988, con el estribillo: “El Gocho pa’l 88…”, momento en el que mis deberes como Agregado de Policía en la Embajada de Colombia en Venezuela estaban llegando a su culminación. Pocos días después del regreso a Bogotá por término de mi comisión diplomática, se desató en Caracas y en muchas ciudades del país una ola de violentas manifestaciones de protesta que desembocaron en el fenómeno conocido como “El Caracazo”, acontecimiento caracterizado por desórdenes, motines, incendios, saqueos y la destrucción y ocupación por la fuerza de locales, comercios y hasta complejos habitacionales tal como sucedió con los 44 pisos del enorme edificio de apartamentos ocupado por las residencias Anauco Hilton, situado en el Parque Central, establecimiento adquirido y administrado por el Hotel Caracas Hilton, situado dentro del mismo complejo urbano.
Precisamente, por razones de seguridad y para mi propia tranquilidad, me vi obligado a permanecer alojado con mi familia en un apartamento del piso 27 de dichas residencias de la cadena Hilton durante toda mi permanencia en esa ciudad, luego de ser testigo, recién llegado a Caracas, de las incómodas experiencias sufridas por mis colegas los coroneles Carlos Prieto del Ejército Nacional, Alonso Franco, de la Infantería de Marina y Héctor Fabio Velasco de la Fuerza Aérea Colombiana, agregados militar, naval y aéreo respectivamente, quienes llegaron antes que yo a desempeñar sus cargos en la embajada, a cuyos domicilios personales, rentados en diferentes zonas residenciales de la ciudad les fueron suspendidos en forma arbitraria y desconsiderada los servicios públicos de agua, gas, electricidad y telefonía, como curiosa y poco diplomática represalia con motivo del llamado “Incidente de la Corbeta Caldas”, ocurrido en agosto de 1987, gesto extensivo a todos los servicios públicos de las oficinas de la embajada y a los domicilios privados de todo el personal de nuestra representación diplomática y consular, incluida la residencia privada del Embajador Pedro Gómez Barrero.
Esta insólita actividad de asedio se presentó cuando el Gobierno de Venezuela, liderado por el presidente Lusinchi, manifestó su inconformidad por la presencia de ese navío de la Armada de Colombia navegando en aguas próximas al Golfo de Venezuela, también conocido como Golfo de Coquivacoa, área marina que se encontraba y aun se encuentra en etapa litigiosa inconclusa e indeterminada. Desconozco si fue en esa Venezuela y año y medio más tarde, con motivo de las medidas anunciadas por el presidente Carlos Andrés Pérez en febrero de 1989, que se utilizó por primera vez el sonoro y repelente sistema de protesta con golpes de cacerola, pero lo cierto es que, al menos en mi caso, fue la primera ocasión en la que escuché el acompasado tintineo de ese sonsonete como medio de rechazo y protesta contra una gestión de gobierno. En aquel entonces el motivo del cacerolazo era el anunciado plan de medidas de choque llamado “El Gran Viraje”, propuesto por el nuevo gobierno de Carlos Andrés Pérez para superar la recesión económica que afectó a Venezuela como consecuencia del endeudamiento externo en el que había incurrido después del “boom” petrolero de la década del 70 y luego de la caída de los precios del petróleo de los años ochenta, lo que trajo como obligada consecuencia la brusca devaluación del bolívar, moneda reputada hasta entonces como la más sólida y estable de la región, decadencia progresiva que no pudo ser controlada por los posteriores gobiernos de los presidentes Herrera Campins ni de Lusinchi.
Fue precisamente durante el mandato de Herrera Campins que se presentó el ingratamente recordado “Viernes Negro” del 18 de febrero de 1983, cuando en horas de la noche el mismo Jefe de Estado anunció a los desprevenidos ciudadanos la sorpresiva devaluación del bolívar, moneda que hasta entonces había sostenido durante muchos años la tasa de cambio de 4.30 bolívares por dólar. Aquello fue el despelote y un anticipo del entierro definitivo del famoso estribillo “Ta’ barato, deme dos…”, que por años identificó al comprador y turista “patriota” en el mundo entero, y de paso, empezó a replantear la clasificación del venezolano en la escala mundial como uno de los mayores consumidores de whisky escocés per cápita del mundo y uno de los países con más promedio de compradores y usuarios de los relojes suizos de pulso de la exclusiva y prestigiosa marca “Rolex”.
Desde ese aciago día en adelante y luego de algunos cuantos suicidios, el roncito, de cualquier marca “perrata”, pero destilado en casa, empezó a cobrar protagonismo, acompañado con simple “jugo de tubo” o a lo sumo con agüitas embotelladas en el país, en vez de las linajudas aguas importadas de Perrier, Vittel, San Pellegrino, Evian, Volvic, Acqua Panna o Icelandic Glacial que cualquier patán de overol, pico y pala solía exigir para bajar los tragos de maltas añejas de pesada y antigua prosapia escocesa, ahora inalcanzables para un bolívar que iniciaba su imparable desplome hacia el abismo del envilecimiento.
Esta tremenda sacudida fue la tarjeta de invitación a un Chávez con su revolución del siglo XXI y el abrebocas para la sobreviniente historia de una tragedia insospechada de violencia, corrupción, destrucción absoluta del aparato productivo y sus consecuencias inmediatas de inseguridad, filas interminables para comprar un pollo y media docena de huevos, cupones de racionamiento y donación condicionada de cajitas CLAP a los que aplaudan y se porten bien, mendicidad, hambre, ruina, pestes, abandono, infalibles y milagrosos planes fallidos y huida final. El resto es historia.
A propósito, la deprimente actitud de muchos “caceroleros” criollos parece evidenciar que envidian y quieren disfrutar del mismo batido para nuestro país y nuestras familias. Dios nos libre y nos agarre confesados.
¡Qué curioso..!, resulta que en esa oportunidad, los detractores del mandatario “adeco” Carlos Andrés Pérez criticaron, ridiculizaron, rechazaron y también “cacerolearon” el proyectado e indispensable plan de medidas económicas de emergencia del “Gran Viraje” al que peyorativamente calificaron como “El Paquetazo”. ¿Les suena familiar el calificativo…?