Nuestra campaña libertadora (5)
Por gentil deferencia del historiador araucano Eduardo Mantilla Trejos, que agradezco muy sinceramente, por conducto de un común amigo, oportunamente llegó a mis manos el libro “De la brasa al hielo”, obra escrita al alimón con el poeta e historiador araucano Luis Caropresse Quintero, documento rico en información certera y novedosa sobre detalles curiosos de la campaña libertadora, en el cual se incluye el poema “Las Juanas de la Independencia”, justo homenaje de Caropresse a la gesta de estas ignoradas aunque inigualables mártires y heroínas, pieza de la cual me tomo la libertad de transcribir un breve fragmento.
LAS JUANAS DE LA INDEPENDENCIA
Ya unidos los ejércitos prosiguen
Su periplo inmortal por Casanare:
San Salvador, La Yegüera, Cordero, Chire,
Moreno y Pore, capital esta del gobierno provisorio
Que el hombre de las leyes,
Para preservar la hegemonía de la unión federativa,
En 1818 decretara.
De allí luego hasta el páramo de Pisba,
Con el fuego del coraje por abrigo
Y cerrando la marcha,
¡Van las Juanas!
En la fragosa escalada hacia la cumbre,
Entre la niebla, la llovizna y entre el fango,
Bordeando los abismos, ateridas y presas del soroche
Algunas de ellas, por el vértigo, al cantil se despeñaron.
Pero las más salvaron todo obstáculo
Ya en los campos boyacenses fueron hábiles
Enfermeras, cocineras y “modistas”,
Cosiendo ropas a sus “descamisados”
E ir al frente intentaron, más entonces,
Al sexo débil combatir le era vedado.
Más pese a todo, de varón vestidas,
A la vanguardia algunas se colaron,
Como el jinete que, cruzado el pecho,
Por un balazo cayó y al auxiliarlo,
El enfermero gritó, con desconcierto,
¡No es este un hombre, es una mujer la que han matado!
¿Quién podría ser capaz de tal arrojo?
Muy fácil deducirlo:
¡Era una Juana!
La “Juana” muerta en acción en el Pantano de Vargas se llamaba Simona Amaya, jovencita campesina que, contraviniendo órdenes de Bolívar, que prohibían que las mujeres se involucraran en combate, se disfrazó de soldado y hasta el momento de ser atendida por un enfermero en el mismo campo de batalla tras recibir un balazo en el pecho, se descubrió su condición de mujer.
El tratadista francés Marius André en su obra “BOLÍVAR Y LA DEMOCRACIA”, quien por lo que dice deja ver que desconfiaba de la objetividad de los cronistas y narradores de este lado del mundo, al referirse a la marcha hacia el Virreinato de la Nueva Granada y especialmente a los detalles de las dificultades padecidas por Bolívar y sus tropas en el cruce de los Andes, se refiere a la descripción que de la aventura hace el irlandés O’Leary y asegura:
“Si conociéramos este paso de los Andes por el relato de un escritor tropical, desconfiaríamos de él, diríamos que exageraba por sobra de imaginación o por patriotismo, pero tenemos el relato de O’Leary, irlandés sobrio, frío, escrupuloso, que cuenta lo que ha visto sin buscar efectos de estilo ni de galería”.
Antes del paso de Bolívar por los Andes en tan precarias condiciones, el prócer argentino, José de San Martin había realizado el cruce de las mismas alturas desde la Argentina hacia Chile donde a la postre, se logró la emancipación de los chilenos del yugo español. Pero la hazaña tuvo lugar a través de rutas conocidas, en mejores condiciones de equipamiento y con suficientes provisiones. El ecuatoriano Alfonso Rumazo González, en su libro “Bolívar”, hace un breve paralelo entre las dos expediciones a través de los Andes.
“Va a efectuarse el paso de los Andes. Dos años atrás lo había efectuado el General San Martín, de la Argentina hacia Chile, pero por caminos conocidos y con suficiente aprovisionamiento de víveres y toda clase de defensas para la tropas; Bolívar va a hacerlo con todo en contra, la naturaleza, la desnudez, el hambre, las enfermedades y hasta la indisciplina de muchos reclutas. ¿Cuántos sobrevivirán a la prueba o fracasarán en la loca aventura? Está para cumplirse el juramento: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y la dominaremos”.
Luego de superar a tan elevado costo en vidas y recursos las hostiles cumbres de más de 3.700 metros del Páramo de Pisba, donde, para aliviar las cargas, quedaron abandonados algunos heridos, armas, vituallas y demás recursos, además de caballos y mulas muertos atravesados en los estrechos senderos, los expedicionarios iniciaron el descenso, esta vez tan peligroso y traumático como la misma subida, pues las lluvias torrenciales continuaron afectando a los cada vez más debilitados y hambrientos marchantes y el estado del camino seguía tan intransitable y difícil como siempre. Así, a trancas y a mochas, el 6 de julio Bolívar y Anzoátegui con el grueso del ejército llegaron a Socha donde, desde el 2 de julio ya estaba Santander con la vanguardia. Posteriormente el día 16 de julio arribó la retaguardia de Soublette seguido de la Legión Británica.
En Socha los esperaba una amable recepción ya que toda la población se volcó en atenciones para con la hambreada y harapienta soldadesca y en cada casa y esquina se repartieron en abundancia víveres, pan, golosinas, aguardiente “palito”, chicha y tabaco. El párroco Olegario Albarracín, en amable contubernio con el alcalde Tomás José Romero y con don José Ignacio Sarmiento, con las campanas tocando a rebato invitó a sus feligreses a una celebración en la iglesia y cuando el templo estaba colmado, ordenó cerrar las puertas con candado y luego de anunciar el fuego eterno a los renuentes, prometió en cambio una generosa repartija de indulgencias plenarias para los que obedeciesen e invitó a todos los asombrados fieles, hombres y mujeres presentes a “empelotarse” totalmente con el fin de donar a las semidesnudas tropas libertadoras sus sombreros, ruanas, camisas, abrigos, enaguas, pantalones, polleras, combinaciones, bragas, mantillas, pañolones, corpiños y demás prendas personales y conservar encima únicamente los trapitos indispensables para esconder las “vergüenzas” y conservar algo de decoro.
Media docena de pías, solteronas y maduras adoratrices, titulares de abono permanente en el confesionario y dueñas vitalicias de los reclinatorios de primera fila, los únicos con rodilleras acolchadas, se desmayaron en coro y al contado, agobiadas por la impresión y el sentimiento de culpa, convencidas de que la insólita petición de Su Reverencia era un claro indicio de la inminente llegada del “Anticristo” y la proximidad del fin del mundo. Aparte de sus ruanas, mantillas y rebozos, las desgonzadas beatas conservaron sus camándulas, escapularios y el resto de su vestimenta ya que el cura prohibió que fueran despojadas totalmente de sus ropas en ese estado de inconciencia e indefensión, tal como lo había sugerido con cierta malicia el señor alcalde. Varios de los cirios y velones de cera encendidos en el templo empezaron a doblarse, vencidos por el calor de la cautiva multitud, aunque algunos juzgaron que era por la forzada concentración de cálidas emanaciones y la dispersión de efluvios humanos un poquitico pesados.
Más tarde el buen levita, rodilla en tierra, con una tanda previa de acompasados y vigorosos golpes de pecho y sin apenas pasar saliva, se despachó veinte veces con el “Yo pecador”, seguido de un acto de contrición colectivo y una promesa de absolución “condicional” a la multitud de pecadores presentes por haber osado quitarse la ropa dentro de la iglesia, especialmente estando el Santísimo expuesto. Lo condicional de la absolución a los presentes, le permitiría al recursivo párroco exigir después algunos sacrificios adicionales a su, usualmente, “tenida” feligresía para lograr, por fin, las necesarias y aplazadas mejoras que tenía pensadas para la casa cural.
Lo cierto es que gracias a esa inocente triquiñuela parroquial, se logró juntar 18 cargas de ropa con las cuales las costureras locales y las serviciales “Juanas”, improvisaron a las volandas chaquetas, pantalones, camisas y hasta calzoncillos para la tropa de la División de Retaguardia que venía en camino y en esos momentos comenzaba apenas el tortuoso ascenso al Páramo de Pisba. Durante los cuatro días que permaneció en Socha, que por su generosa hospitalidad, ha sido llamada la “Nodriza de la Libertad”, Bolívar reorganizó su menguado ejército, consiguió reses, ovejas y gallinas, además de caballos y mulas y de refresco, bienes donados por los vecinos de Tasco, Sátiva, Soatá y Chita, con herraduras aportadas por los herreros de Socotá, cuyas fraguas trabajaron a tope para calzar la desbarajustada caballería, facilitar la carga de equipos y bastimentos y reparar algunas armas deterioradas. Así mismo mandó gente a recuperar armas y vituallas abandonadas a lo largo del sendero de ascenso y cruce del páramo.