24 de julio de 2026

Nuestra campaña libertadora (2)

30 de junio de 2019
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
30 de junio de 2019

El mensaje de Bolívar a los granadinos, enviado con Santander, rezaba:

“Granadinos, el día de la América ha llegado y ningún poder humano puede retardar el curso de la naturaleza guiado por la mano de la Providencia. Reunid vuestros esfuerzos a los de vuestros hermanos. Venezuela conmigo marcha a libertaros, como vosotros conmigo en los años pasados libertasteis a Venezuela. Ya nuestra vanguardia cubre con el brillo de sus armas algunas provincias de vuestro territorio y esta misma vanguardia poderosamente auxiliada arrojará en los mares a los destructores de la Nueva Granada. El sol no completará el curso de su actual período sin ver en todo vuestro territorio altares levantados a la libertad”.

En marzo de 1819, Bolívar encargó del poder en Venezuela al vicepresidente Zea y desde Angostura y a la cabeza de su menguado ejército, inició en pleno verano la marcha hacia la zona de Arauca en la frontera con la Nueva Granada para encontrarse con Páez, quien con su contingente de lanceros llaneros era amo y señor de ese territorio. Los movimientos del ejército por las sabanas de los llanos de Apure en la estación más seca y ardiente del año, aunado con el precario suministro de alimentación y la pobreza de los recursos disponibles, fue un verdadero calvario para las tropas, sometidas a tan rigurosas condiciones de aprestamiento. Las penalidades de las tropas fueron vívidamente descritas en las memorias del general irlandés Daniel Florencio O’Leary, recién incorporado en esos momentos al ejército patriota como capitán ayudante de campo del joven general José Antonio Anzoátegui. Relata así el voluntario irlandés sus impresiones sobre la travesía por las ardientes planicies venezolanas, primera etapa de la dura expedición:

“Muy difícil es dar idea cabal de los padecimientos del ejército en sus marchas por aquellas llanuras abrasadas por los rayos de un sol de fuego que ni una nube vela desde la mañana hasta la tarde; agobiados por el calor, sin un arbusto siquiera que les diera sombra durante la jornada, ni una gota de agua que refrescara sus labios, y a hora tras hora engañados por las ilusiones ópticas tan frecuentes en aquellos parajes, las tropas llegaban tarde al vivac donde le esperaba una escasa ración de carne flaca sin sal, allí dormían al aire libre, expuestas a la intemperie de un clima insalubre empero ni una queja se oía a aquel valeroso y abnegado ejército a quien animaba el ejemplo y la constancia del general en jefe. La vida de éste era la misma del soldado y hasta su vestido era casi el mismo: chaqueta de franela, pantalones de lienzo, botas altas y la gorra ordinaria de paño del artillero componían su traje”.

A finales de marzo de 1819, Bolívar, con sus agotadas tropas, llega a Caujaral de Cunaviche, un sitio perdido en la llanura venezolana, a orillas del rio Araure, sede del cuartel general de Páez, quien con sus lanceros adelantaba esporádicas acciones de guerrilla contra las tropas de Morillo, al mando del poderoso ejército español de Apure que contaba con 6.000 hombres bien pertrechados y con artillería de considerable poder y alcance. Por su parte, el ejército patriota disponía de 1.332 soldados de infantería,  814 de caballería y 40 artilleros, pero su evidente inferioridad en número, capacitación y dotación de sus combatientes estaba compensada con el espíritu de sacrificio y determinación de aquellos patriotas, sometidos por voluntad propia a la causa de la independencia. Santander disponía de 1.600 infantes y 600 soldados de caballería, en su base de Tame.

Durante esta parte del año, Bolívar y sus tropas estuvieron rondando por las sabanas de Apure donde también patrullaban las tropas de Morillo, quien con 6.000 hombres, vigilaba de cerca al contingente patriota sin atreverse, ni el uno ni el otro a plantear batalla, pues Morillo, desde las pasadas experiencias vividas en la batalla de Mucuritas, donde el 28 de enero de 1817, tropas realistas al mando del General Miguel de la Torre, fueron destrozados por un puñado de lanceros, así que conocía los riesgos de enfrentarse, en su propio terreno con los lanceros del general Páez, quien en esos esas lides usó la argucia de provocar el combate con la caballería española, y en un momento salir huyendo a la desbandada para atraer al enemigo en su persecución y luego, en plena carrera y a la orden de ¡Vuelvan caras! dar abruptamente media vuelta y a pleno galope y lanza en ristre, recibir a los sorprendidos persecutores realistas en un inevitable y sangriento choque de jinetes y cabalgaduras.

A su vez, Bolívar, a quien sus soldados apodaban “Culo de Hierro” por su capacidad de cabalgar largas jornadas sin inmutarse, gracias a dos enormes callos que lucía en sus castigadas posaderas, tampoco estaba muy interesado en arriesgar sus precarios recursos, destinados a su proyecto de dirigirse a la Nueva Granada, en enfrentamientos con las tropas realistas, por lo que se limitó a disponer hostigamientos esporádicos del tipo “muerde y huye” guerrillero, sin comprometerse en enfrentamientos desgastantes y riesgosos. En esa idas y venidas, se vino encima el mes de mayo y con él cesó la temporada seca y de golpe y porrazo, llegó el invierno tropical con su temporada de lluvias, situación que en los llanos marca variantes que significan pasar del sol abrasador, el insoportable polvo de los caminos y el calor agobiante, al barro de interminables fangales y de quebradas con hilos de agua que difícilmente alcanzaban para apagar la sed de los viajeros que pasaban por allí, a las corrientes desbordadas y a las crecientes intratables de los peligrosos ríos llaneros.

Fue en estas condiciones meteorológicas que Morillo y sus tropas, más habituados al porrón de tinto de Rioja que a la tinaja de agua fresca y además, como fieles practicantes del sagrado principio de que “la cáscara guarda el palo”, bastante ariscos a las periódicas abluciones de cuerpo entero, decidió levantar campamento de invierno para paliar los aguaceros, las inundaciones y las peligrosas crecidas, oportunidad aprovechada por el Libertador para seguir adelante hasta un sitio perdido a orillas del río Apure llamado El Setenta, donde el 23 de mayo reunió a sus oficiales, apiñados en una choza miserable, a la luz de una vela y mientras afuera caía tremendo aguacero, obligarlos a prometer, bajo la gravedad del juramento, guardar absoluta reserva sobre los pormenores del osado plan de acción que tenía previsto para dirigirse a la Nueva Granada, aprovechando el mal tiempo, siguiendo la peor ruta y sacándole partido a la inacción de las tropas realistas de Morillo, que permanecían acampadas atrás, resguardándose del agua en sus cuarteles de invierno.

Para intentar la trepada y cruce de la escarpada cordillera de los Andes rumbo a la sabana de Bogotá, existían tres vías, cada una de las cuales con sus propios niveles de dificultad para realizar con algún éxito la marcha programada. La ruta más lógica y transitada era la de la Salina de Chita, frecuentada por quienes acudían a procurarse la valiosa sal, aunque estaba sembrada de retenes y trampas para dificultar el paso franco de los viajeros y por tanto sometida a estrecha vigilancia por parte de tropas realistas que anticipaban y prevenían en esta forma cualquier intento de acceso de los “menesterosos”, como llamaban los españoles a los insurgentes, o a algún otro intruso o visitante indeseable proveniente de las planicies y las tierras bajas.

La segunda vía era la de la ruta de Labranza Grande que conducía a Sogamoso, pero estaba custodiada por una base militar de los españoles, muy bien dotada de tropas, armas suficientes y artillería, razón por la cual Bolívar, en la concepción de sus planes de acción, se decidió por la tercera opción, a través del Páramo de Pisba, la ruta menos propicia por sus condiciones peligrosas e impredecibles, caminos resbaladizos e inestables, bordeados por profundos abismos que metían miedo hasta a los naturales de esas zonas, que conocían y temían los riesgos de desplazarse en pleno invierno por los helados e inhóspitos desfiladeros paramunos, que daban acceso a superficies de poca vegetación excepto solitarios frailejones de variadas especies, pequeñas lagunas y pantanos de aguas yertas, donde los vientos helados y las bajas temperaturas frecuentemente superaban el punto de congelación.