Si siguen jodiendo, no voy…
El reciente caso de la importante y urgente carta dirigida por el gobierno colombiano a las autoridades judiciales de los Estados Unidos solicitando pruebas indispensables para resolver la imputabilidad o inimputabilidad ante la JEP del señor “Santrich”, que probablemente fue enviada por correo terrestre, lo que obligó al mensajero a pasar a pie a través del casi impenetrable “Tapón del Darién” y para acabarla de completar, se quedó estancada y olvidada en algún rincón de un despacho en Panamá, por lo que no llegó oportunamente a su destino, pone en evidencia la característica improvisación e informalidad, común en numerosos segmentos de nuestra administración pública. Tal parece que en este caso, se hubiera acudido al sistema postal utilizado para remitir la notificación de la pensión vitalicia del coronel Aureliano Buendía, en vez de elegir, dada la urgencia e importancia del caso, la torturante persistencia del sistema de correspondencia empleado por la DIAN. Naturalmente, la culpa no es de “4-72”, nuestro precario sistema postal oficial. La culpa es de la torpeza del bostezante funcionario del Ministerio de Justicia encargado quien, como quien no quiere la cosa, eligió el sistema más baratico y desde luego menos rápido y urgente del portafolio de la entidad postal del Estado. ¡Qué le vamos a hacer..!
Aunque a veces, es preciso reconocerlo, hay cartas que simplemente no llegan a su destino, por motivos ajenos a la legendaria fidelidad y profesionalismo de tradicionales y antiguos sistemas postales del mundo, atributos personificados por aquel cartero anónimo que estoicamente, contra viento y marea, superaba múltiples obstáculos, defendiéndose de perros agresivos, soportando tormentas y saltando cercas y vallados hasta alcanzar la última morada de cualquier comunidad para entregar una esperada carta portadora de variadas noticias, tal como sucedió en el caso del ciudadano francés Marcel Heuzé, un modesto tornero parisino quien, durante la ocupación nazi de la segunda guerra mundial, fue trasladado a Alemania donde durante el período de 1942 a 1944 fue obligado por la fuerza a trabajar en una planta de la Daimler-Benz cerca de Berlín donde se fabricaban motores para aviones, tanques de guerra y otros elementos destinados a las fuerzas militares nazis, como parte del programa denominado “Servicio de Trabajo Obligatorio”, impuesto por los nazis en los países ocupados para procurar mano de obra esclava para su industria bélica.
Durante ese tiempo, Marcel Heuzé, ilusionado con la idea de regresar al seno de su hogar, cumplida y religiosamente escribió numerosas cartas a su esposa René y a sus dos hijas, sin que nunca hubiera recibido respuesta a sus misivas. Dichas cartas de amor y devoción filial fueron sometidas a la censura nazi sin que ninguna de ellas hubiera pasado jamás la barrera de los censores. Muchos años después, Carolyn Porter, una joven diseñadora gráfica de Minnesota, encontró en una tienda de antigüedades de su vecindario un curioso bulto de cartas manuscritas en francés que llamaron su atención, por lo cual decidió adquirirlas y hacerlas traducir y así se enteró que se trataba de los conmovedores mensajes de esperanza y amor del prisionero francés a sus seres queridos, retenidos por el rigor de la censura nazi. La inquieta Carolyn decidió investigar el asunto y tratar de establecer si el remitente Heuzé había logrado sobrevivir y regresar a su hogar. Luego de intensas pesquisas por las redes sociales logró encontrar y contactar a los descendientes de la familia francesa y descubrir que efectivamente Marcel había regresado al seno de su hogar al finalizar la guerra, aunque había muerto en 1992 y su esposa René en 2005. No obstante, viajó a Francia donde, 70 años después de enviadas, logró entregar a los descendientes de la pareja el esperado paquete de cartas.
El curioso caso de la carta tranquilamente estancada en Panamá, trae a mi memoria el tema de un antiguo chiste flojo según el cual, los animales de la selva se dividieron en dos bandos en torno a la titularidad de las monarquías soberanas del león y el tigre como amos absolutos de su entorno selvático, por lo cual se enfrentaron durante mucho tiempo en una guerra sangrienta y sin sentido. En una reunión de toda su comunidad, el elefante, alineado del lado del león, propuso una tregua para plantear unos acuerdos de paz al bando contrario por lo que se dispuso la necesidad de nombrar un mensajero confiable y seguro para llevar al bando contrario el mensaje, a través de la peligrosa selva.
Dada la urgencia de la propuesta de paz, alguien candidatizó al veloz impala como portador del mensaje, pero algunas voces se opusieron pues argumentaron que con tantos saltos y volantines, el impala podría enredarse con sus largos cuernos en la maleza y extraviar el recado. Entonces que vaya el mono, gritaron algunos entusiastas, pero muchos otros se opusieron de inmediato, pues acusaron al primate de ser poco serio y andarse siempre por las ramas, por lo cual no ofrecía ninguna garantía de entrega segura. Después de muchas candidaturas propuestas y otros tantos descartes, alguien se quedó mirando a la tortuga, que silenciosa, dormitaba escondida bajo unos arbustos. Que vaya la tortuga, grito la liebre, molesta porque a pesar de su favoritismo como veloz corredora, recientemente había perdido una apuesta corriendo contra el quelonio. Que vaya entonces la tortuga, coreó la gran mayoría. Es lenta pero blindada y de paso firme y seguro por lo cual es digna de nuestra confianza. Todos aplaudieron y le confiaron a la paciente tortuga la urgente misión de entregar al bando rival el esperanzador mensaje de paz.
Pasó una semana y nada que regresaba la mensajera con una respuesta en cualquier sentido, así que, a mediados de la segunda semana sin noticias, algunas voces empezaron “in crescendo” a criticar a la pobre tortuga por su lentitud y a lo mejor, por su presunta deslealtad y probable cambio de bando. ¿Será que no regresa? ¿Le pasaría algo en el camino?, ¿Será que la muy miserable se vendió a los partidarios del tigre? Y lógicamente, sin argumento cierto alguno, empezaron los insultos y las amenazas de dolorosas torturas y muerte muy lenta contra la mensajera ausente, el día en que cayera en manos del ofendido bando del león. En una pausa de la acalorada dicusión, se oyó la voz de la tortuga, que en forma tranquila y pausada sentenció: “Pues si siguen jodiendo, no voy..!