Banderas al viento y culos al aire
Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Colorida y solemne resultó la celebración de nuestra principal conmemoración patria, especialmente la relacionada con los desfiles ofrecidos en Bogotá y en algunas otras capitales del país. Un nutrido contingente de nuestra fuerza pública desfiló por la avenida 68 y mostró a todos los colombianos su disciplina, marcialidad y espíritu de servicio en pro de los intereses de la comunidad, a la preservación de la paz y la convivencia ciudadana a las que aspiramos todos los hijos de esta tierra, superadas, parcialmente al menos, las angustias de la confrontación armada y el terrorismo. Los mensajes subliminalmente ofrecidos a través de las variadas caracterizaciones de las diferentes especialidades de las Fuerzas Militares y de la Policía Nacional, ponen en evidencia la convicción institucional de la importancia que para el país tiene el juicioso manejo de los propósitos y objetivos del post conflicto, todos ellos enfocados hacia la consolidación de una paz estable y duradera. Qué bien se mostraron ante los observadores y ante la opinión pública los componentes del Ejército Nacional, la Armada Nacional, la Fuerza Aérea Colombiana y la Policía Nacional en sus diferentes capacidades y rangos de actividad, todas ellas enfocadas al propósito común de la vigorosa defensa de la democracia y sus instituciones.
Especial atención mereció la impecable y variopinta presentación del contingente de nuestra Policía Nacional, cuyos objetivos, propósitos y tareas fueron magistralmente presentados a los colombianos por conducto de los participantes quienes sin afectar el rigor y marcialidad de una típica parada de celebración, mostraron en forma gráfica y directa los objetivos de identificación con la comunidad que persigue la Institución en todos los rincones del país. Muy destacada la vinculación de la mujer en las tareas propias de la Policía y en las demás instituciones de las Fuerzas Militares, en las cuales su presencia otorga solidez y multiplica los índices de aceptación y tolerancia al desempeño de sus difíciles y a veces, incomprendidas funciones por parte de la comunidad.
Los contingentes de policía montada, representados por el cuerpo de Carabineros de Colombia, exhibieron con elegancia y gallardía los propósitos fundamentales de su misión principal que siempre ha sido la de proteger y garantizar la tranquilidad y convivencia de los colombianos, especialmente en las áreas rurales, fundamento irremplazable de nuestros recursos naturales, hídricos, potencial agrícola, energético y biodiversidad. Son los Carabineros quienes, caballeros en sus elegantes corceles frisones de origen holandés o jineteando fuertes y pacientes mulas capaces de superar los riscos más escarpados y difíciles de nuestras cordilleras, llegan hasta la más recóndita comarca campesina a transmitirle al labriego el testimonio del interés y la fe permanente del Estado colombiano en su capacidad de trabajo y sacrificio.
La integración de las comunidades indígenas a las tareas policiales, por ejemplo, causaron una favorable impresión, especialmente en el caso emblemático de las comunidades de las tribus Wayuu de la Guajira, algunas de cuyas representantes desfilaron muy dignas y garbosas con su hermosa vestimenta, consistente en una acertada y elegante mixtura entre el rigor del uniforme verde oliva policial y el diseño glamoroso de sus genuinas mantas ancestrales. Sin duda un acierto de tino y buen criterio que demuestra el carácter eminentemente civilista de nuestra Policía Nacional. En fin, el desfile militar fue todo un éxito, un verdadero manjar para la vista de quienes tuvimos el privilegio de presenciarlo directamente o a través de la impecable transmisión televisiva. Todos los colombianos deben sentirse tranquilos y orgullosos del profesionalismo que adorna a nuestras Fuerzas Militares y a la moderna Policía Nacional bajo cuya tutela se encuentra la seguridad de nuestras fronteras, la tranquilidad de nuestras calles y la integridad de nuestro territorio.
No obstante, causa un poco de pena observar que solamente un porcentaje muy escaso de la población de nuestro país muestra objetivamente el orgullo de ser colombiano con la simple izada en el frente de sus casas y durante las fiestas patrias, de la bandera nacional, símbolo visible de nuestra colombianidad. Es evidente que tales sentimientos están reservados, para bien o para mal, exclusivamente para subrayar los éxitos o dolerse de las calamidades de la selección Colombia de fútbol. ¡Qué le vamos a hacer, pero así es..!
CON EL CULO AL AIRE
Luego del placer visual que nos proporcionó el imponente desfile militar con el cual nuestras Fuerzas Militares y la Policía Nacional obsequiaron al pueblo colombiano y rindieron homenaje a nuestros héroes y libertadores, llegó el turno a la esperada posesión de las recientemente elegidas dignidades del Congreso Nacional, máxima y admirable manifestación de nuestra imperfecta pero respetable democracia colombiana. Todo muy calculado y solemne, elección de las directivas de Cámara de Representantes y Senado de la República, discurso va y discurso viene, especialmente digna de atención la intervención del señor Presidente de la República, quien presentó un objetivo análisis de sus ejecutorias en los pasados ocho años al frente de los destinos de Colombia y recomendó fervorosamente a su sucesor la preservación y cultivo cuidadoso de los logros en torno a la precaria paz obtenida hasta el momento. Hasta ahí, todo muy ordenadito y “aconductado”.
Pero llegó la inesperada reacción del novel senador Antanas Mockus Civicas, quien para demandar silencio y atención para la intervención de algún colega de su bancada, optó por repetir, en pleno Salón Elíptico, uno de esos recursos teatrales para captar la atención de los auditorios, por los cuales es tan conocido. Esta vez, el gesto no consistió en celebrar su matrimonio bajo la carpa de un circo, acaballado sobre un elefante, ni en acudir al palacio presidencial a atender una cita con el primer magistrado de la nación portando al cinto una espada de madera, ni en bajarse los pantalones para mostrarle el culo a los jóvenes estudiantes de la Universidad Nacional, auditorio resistente y toreado en varias plazas, ni arrojarle un vaso de agua a la cara a su contradictor de turno durante un debate televisado. No, nada de eso. En esta oportunidad su escatológica ocurrencia, que algunos consideran genial, pero que en mi modesta opinión no deja de ser una guachada del peor gusto, fue repetir la bajada de calzones y la consiguiente exhibición de sus blancas nalgas. Nada de trasero o de “pompis” como pudorosamente llaman las beatas de rosario y comunión diaria al culo que con cristiana resignación llevamos a cuestas todos los seres humanos. Así como suena, culo a secas.
Pero esta vez, la desconsiderada afrenta se dio en un escenario poco merecedor de tal bajeza, uno de los templos más sagrados y respetables de la democracia colombiana, el Salón Elíptico del Capitolio Nacional, lleno hasta las banderas y atestado de parlamentarios, damas y caballeros respetables que, con todos sus defectos, pero dueños de muchos merecimientos, representan todas las tendencias políticas presentes en nuestra inmadura pero pujante democracia colombiana.
Creo que el Capitolio Nacional, tal como sucede en las iglesias mancilladas por cualquier agresión o inmerecido irrespeto, amerita un acto de purificación y desagravio por esta histórica grosería, tal como en su momento debió serlo por la trágica ocurrencia del doble homicidio resultante como consecuencia de la balacera ocurrida en la madrugada del 9 de septiembre de 1949, cuando en la Cámara de Representantes, luego de una acalorada discusión entre dos representantes boyacenses, se suscitó un intercambio de balazos durante el cual se produjeron cuarenta disparos de revólver y pistola, como resultado del cual murió en el sitio el representante liberal por Boyacá Gustavo Jiménez y resultó gravemente herido el representante Jorge Soto del Corral, quien murió poco después como consecuencia de las lesiones recibidas en una pierna.
Por estos homicidios la justicia colombiana señaló como responsables a los representantes Carlos del Castillo y Amadeo Rodríguez, a quien, a raíz del penoso acontecimiento, se le empezó a conocer como “Abaleo” Rodríguez. ¿Con qué apelativo deberemos llamar en el futuro a nuestro respetado profesor Mockus, después de tan explícita “manifestación democrática”? ¿Será que las previsivas directivas del Senado impedirán que se ponga al alcance del Honorable Senador agua o cualquier otro tipo de líquido susceptible de ser arrojado a las narices de alguno de sus colegas? ¿Se habrá previsto la absoluta prohibición del ingreso de paquidermos a los salones de sesiones? Ojalá que así sea, porque es mejor prevenir, que lamentar la repetición de futuras impresiones desfavorables y penosos desaguisados.