24 de julio de 2026

Balas perdidas

8 de julio de 2018
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
8 de julio de 2018

Coronel  RA  Héctor Álvarez Mendoza

En días pasados se registró en algunos medios una noticia según la cual, en el barrio bogotano de Las Lomas, un niño de 12 años mató accidentalmente a su primo de 10 años con quien estaba jugando con un arma de fuego cargada que los menores encontraron en la vivienda. La tragedia, tantas veces repetida y sufrida por tantas familias de todo el mundo, estrato y condición social debe atribuirse, antes que a la fatalidad, al irresponsable descuido e ignorancia de los adultos que adquieren, portan y mantienen armas en sus residencias sin observar las más elementales y necesarias precauciones de almacenamiento seguro, especialmente cuando se comparte la vivienda con niños o con adultos que desconocen la manipulación correcta de instrumentos diseñados y fabricados exclusivamente para matar. Porque es preciso entender que las armas de fuego no se inventaron para ser coleccionadas, admiradas, acariciadas o exhibidas. El único propósito de su existencia es el de otorgar a un ser humano el poder sobre la vida y la muerte, de ahí, la inmensa responsabilidad de quienes adquieren, poseen y portan un arma de fuego, presuntamente con la intención de defender su vida o la de sus semejantes.

El mismo tipo de accidente ocurrió en la mañana del Jueves Santo del 29 de marzo de 1956, en Villa Giralda, una modesta residencia en Estoril, apacible ciudad portuguesa sobre el Atlántico, cercana a la desembocadura del Tajo,  hogar de los Condes de Barcelona, don Juan de Borbón y Battemberg y su esposa María de las Mercedes de Borbón y Orléans con sus hijos Pilar, Juan Carlos, Margarita y Alfonso. Esa mañana, luego de asistir con toda la familia a los oficios religiosos programados, los Borbón regresaron a Villa Giralda a descansar. Los dos hermanos, Juan Carlos de dieciocho años y Alfonso de catorce, subieron a la segunda planta donde se dedicaron a manipular y jugar con una pistola Long Automatic Star calibre 22, que tiempo atrás el caudillo español Francisco Franco le había regalado al joven infante Juan Carlos, a quien tenía escogido a dedo como próximo rey de España, desconociendo los derechos dinásticos de su padre don Juan, Conde de Barcelona, hijo y por tanto, legítimo heredero al trono abandonado del rey Alfonso XIII.

El arma permanecía siempre guardada en un secreter, cuya llave mantenía Don Juan en el bolsillo de su chaqueta que había dejado colgada en una percha de una de las habitaciones. No obstante, los hermanos, atraídos por la tal pistola como objeto de distracción, con mimos y caricias lograron convencer a su madre doña María de las Mercedes para que les permitiera tomar la llave del bolsillo paterno y sacar el arma para entretenerse un rato. De pronto, mientras que Juan Carlos sostenía el arma y Alfonso entraba a la habitación trayendo unos refrescos, el arma se disparó accidentalmente impactando al joven príncipe en la frente con orificio de salida por la zona occipital. Cuando se oyó el disparo y padre y madre se precipitaron al segundo piso, encontraron a Alfonso en el suelo, moribundo, sangrando abundantemente por las heridas entrante y saliente de la cabeza, mientras que Juan Carlos, aterrado, había salido del lugar. El joven Alfonso murió casi instantáneamente dada la gravedad de las lesiones causadas por un arma de tan pequeño pero poderoso y mortal calibre, precipitando una trágica crisis familiar que perduraría muchos años después y que padre y madre solo restañarían con sus respectivas muertes naturales.

Considero entonces conveniente adelantar algunas reflexiones sobre la tenencia de armas de fuego como elementos de defensa, habida cuenta de la natural atracción que las mismas suelen ejercer sobre todas las personas sin distingos de edad, género ni condición, por lo cual mencionaré algunos apuntes que sobre esta materia incluí en su momento en un texto de recomendaciones generales de seguridad destinado a funcionarios de la Rama Judicial que redacté mientras fungía como encargado y responsable de la seguridad de dichos servidores de la administración pública, tema que por sus características, conserva permanente vigencia y actualidad y que me propongo ampliar y extender en el inmediato futuro, si la aceptación y tolerancia de los amables lectores de EJE21 me lo permiten.

En términos generales, el porte de armas de fuego como medio de defensa personal suele tener más valor desde el punto de vista psicológico  que desde el punto de vista práctico. Todo depende de la actitud de quien las porta, de su capacidad técnica para manipularlas con seguridad y precisión, de su juicio para utilizarlas en forma justa en el momento apropiado y de su disposición para dispararlas contra otro ser humano con la intención de quitarle la vida, para preservar la propia o la de un tercero.

En cualquier circunstancia, la opción de utilizar armas de fuego para protección, es, cuando se ajusta a la legislación colombiana sobre el particular, una decisión personal y soberana del ciudadano, aunque antes de hacerlo es conveniente reflexionar sobre la conveniencia de la adquisición, la capacidad conocimiento de su manejo y los riesgos implícitos y la enorme responsabilidad que se asume con su tenencia. Ante todo es necesario considerar que la gran mayoría de las veces, el ciudadano de bien que porta un arma de fuego para defenderse de un presunto atracador, no suele estar psicológicamente preparado para desenfundar y empuñar su arma para repeler con éxito la amenaza de un delincuente armado que si está listo para atacar y ha calculado y ensayado todos los riesgos que enfrenta.

El hecho de pretender usar con suficiente rapidez y precisión un arma de fuego para neutralizar un sorpresivo e inesperado asalto a mano  armada, es una posibilidad remotísima que solo es posible y frecuente en las películas, especialmente si el protagonista es Clint Eastwood, quien hasta en las peores condiciones de indefensión y riesgo, siempre se da sus mañas para atinarle a la cabeza del enemigo con su poderoso revólver calibre 44 magnum con cañón de séis pulgadas, un virtual obús de mano, capaz de romper el motor del carro de cualquier maloso que no atienda sus órdenes de detenerse.  Para el resto de cristianos, sacar el arma en condición de víctima, para contener a un atracador armado, es garantizar turno inmediato en una de las funerarias disponibles en su localidad. Y tal como dicen los pesimistas, no hay nada peor que un muerto armado. En tal virtud, aspiro a incluir algunas observaciones y recomendaciones sobre el empleo de las armas de fuego como elementos de defensa personal y sobre algunos otros asuntos de seguridad personal que, estoy seguro, pueden interesar a cualquier ciudadano de bien.