28 de febrero de 2021
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El embeleco de Santos y Cárdenas

1 de junio de 2018
Por Mario De la Calle Lombana
Por Mario De la Calle Lombana
1 de junio de 2018

Por: Mario De la Calle Lombana

mario de la calleEn la noche del viernes 25 de mayo, el presidente Santos se tomó las pantallas de la televisión y las ondas hertzianas, para dar a los colombianos un parte de victoria en relación con su obsesivo embeleco (de él y del ministro Cárdenas), de lograr que nuestro país resulte colado en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Tras una larga brega de siete años y medio (o de cinco, según el ministro) Colombia ha obtenido el maravilloso derecho a ser el socio pobre del club de los países ricos, por lo que se va a codear (así lo esperan ellos) con los países más poderosos del mundo. Pobres ingenuos.

Hace pocos días, también, los noticieros de televisión mostraron la imagen de la ministra del Trabajo cuando, orgullosamente, se refería a la aprobación en el Senado de la República de una nueva ley laboral que, según ella, va a favorecer a los trabajadores colombianos. Cosa que posiblemente es verdad. No conozco el contenido de la ley, ni sé cómo los afecta. Pero ese no es mi punto. Lo triste, lo que debe preocuparnos, es que esa ley no es producto de la iniciativa parlamentaria ni el resultado de conversaciones entre los colombianos para llegar a esas decisiones. No. Es simplemente el sumiso acatamiento a una condición más de las impuestas a Colombia para aceptar ese ingreso suyo a la Organización. Así de sencillo.

Y es que al fin se cumplió el imperoso anhelo de nuestros inefables gobernantes, Santos y Cárdenas, que les permitirá, a lo sumo, el honor de presenciar y obedecer las decisiones de los poderosos aristócratas que son los miembros, por derecho de cuna, de esa organización de élite. Seguimos sacrificando la soberanía, concepto que, aparentemente, no tiene ningún valor en el mundo actual. Cuando estas líneas vean la luz, ya se habrá firmado en París la matrícula de Colombia en la OCDE.

Colombia no tiene nada que ganar en esa asociación, y sí se verá obligada a acatar cambios en nuestra legislación, para poder merecer el dudoso honor de seguir perteneciendo a ese grupo. El mismo presidente, en su discurso, confesó que ya eran varias las normas y decisiones que se habían tenido que acoger, para lograr ese alto honor. Definitivamente no aprendemos. Voluntariamente nos sometimos a la Corte Internacional de la Haya, y en consecuencia nos tocó perder en favor de Nicaragua miles y miles de kilómetros cuadrados de Mar Caribe. Suscribimos el Estatuto de Roma, con lo cual aceptamos quedar bajo la jurisdicción de la Corte Penal Internacional, y corremos el riesgo de que se lleguen a demandar ante ese tribunal, por ejemplo, los beneficios que la Justicia Especial para la Paz pueda conceder a nuestros héroes, militares y policías que se vean envueltos en procesos por actos ocurridos dentro del conflicto armado. Y he aquí otro ejemplo de esa tendencia: nos hemos entregado como borregos a un tratado de libre comercio con Estados Unidos, que generó un déficit inmenso en la balanza comercial colombiana con ese país.

Pero aquí no termina todo. Al final del discurso, y en voz baja, Santos anunció otra decisión que tenían calladita, y que nos la metieron como con vaselina, sin derecho al pataleo. Ahora dizque somos miembros “globales” (¿qué será esa vaina?) de la alianza de guerra llamada Organización del Tratado del Atlántico Norte −OTÁN−. Al adalid de la paz, que obtuvo merecidamente el premio nobel por la gran tarea de terminar el conflicto armado con las FARC, se le olvidó su talante pacifista y ha demeritado ese logro matriculando a nuestro país en una asociación guerrera (y además anacrónica porque ya no existe la guerra fría entre oriente y occidente, y nuestra lucha debería ser más bien contra el terrorismo y el fundamentalismo). Uno se imagina que esa alianza, que es un acuerdo de defensa mutua, nos obligará a salir en defensa armada de los intereses de las potencias norteamericanas o de Europa Occidental, si alguien se atreve a atacarlas. Pero lo de ayuda “mutua” es teórico. Ya quisiera ver yo a las tropas estadounidenses apoyar a Colombia si finalmente el señor Ortega, en caso de que sobreviva a la actual crisis en su país, decide que Nicaragua va a utilizar la fuerza para hacer efectiva la malhadada decisión de la Corte de La Haya de despojar a Colombia de una porción gigantesca del mar de San Andrés y Providencia.

Por supuesto, esa decisión de Santos llena de inquietud a nuestros vecinos. Si recuerdo bien, esa afiliación a la OTÁN ya se había intentado años atrás. Era una época en la que el socialismo parecía estarse imponiendo en América Latina. Venezuela, Ecuador, Brasil, Argentina, Bolivia y algunos otros países de Centroamérica y el Caribe andaban en esa onda. Se opusieron seriamente a la posibilidad de que Colombia entrara a la OTÁN, y al fin el gobierno declaró que, aunque sí se había estudiado esa posibilidad, la idea se había cancelado. Ahora, ya Maduro advirtió que esa afiliación constituía un peligro para la paz en el vecindario. De pronto no es así, y por supuesto Maduro anda de capa caída, pero ¿en qué nos beneficia meternos tan de lleno en esa alianza de guerra?