24 de julio de 2026

¿Quién elige las preguntas del artista?

Diseñador visual y artista plástico. Presentador de televisión en programas de contenido social e institucional.
24 de julio de 2026
Por Óscar Álvarez
Por Óscar Álvarez
Diseñador visual y artista plástico. Presentador de televisión en programas de contenido social e institucional.
24 de julio de 2026

 

Ninguna institución cultural necesita decirle a un artista qué debe crear. Le basta con decidir qué proyectos financiará, qué piezas exhibirá y bajo qué criterios serán evaluadas. La libertad de creación rara vez desaparece por prohibición; se reduce cuando los mecanismos de legitimación favorecen de manera sistemática un mismo conjunto de búsquedas. Ese parece ser el verdadero desafío que plantea la convocatoria de la Segunda Bienal Internacional de Arte y Ciudad de Bogotá a realizarse en 2027. Más que abrir un espacio para descubrir qué están investigando los creadores, la Bienal establece primero un horizonte conceptual y, solo después, invita a presentar propuestas capaces de dialogar con él. El artista ya no parte únicamente de sus propias inquietudes; primero debe preguntarse si estas caben dentro de las inquietudes de la institución.

Las cuatro convocatorias responden a una lógica idéntica. Todas comienzan con los objetivos del Plan Distrital de Desarrollo y del Plan de Cultura, insisten en la cooperación internacional, la circulación, las redes, el impacto territorial y la construcción de nuevas narrativas, para desembocar finalmente en una única visión curatorial que atraviesa todas las líneas de participación. Ese eje parte de una reflexión del escritor, crítico de arte y pintor británico John Berger, quien en ¿Por qué mirar a los animales? propone pensar la relación entre los seres humanos y las demás especies desde la reciprocidad y la interdependencia. A partir de esa idea, la Bienal invita a imaginar Bogotá como un ecosistema donde confluyen distintas formas de vida, tensiones y convivencias. Hasta ahí no hay nada objetable. Toda bienal necesita una hipótesis desde la cual construir una conversación.

El problema surge cuando esa hipótesis deja de ser una interpretación para convertirse en un filtro. Hay una frase que atraviesa todas las convocatorias: «Este es el marco conceptual bajo el cual se analizarán las iniciativas.» No se presenta como una sugerencia ni como una fuente de inspiración, sino como el criterio con el que serán evaluadas las propuestas. La conversación ya está definida antes de que aparezcan las obras. La curaduría deja de ser el lugar donde las piezas encuentran una lectura para transformarse, cada vez más, en el espacio donde se establecen las condiciones desde las cuales podrán existir.

Ese desplazamiento se hace aún más evidente en la convocatoria para intervenciones barriales. Después del eje inspirado en Berger aparecen nuevas exigencias. Las propuestas deben involucrar a la comunidad desde la conceptualización hasta la ejecución; los habitantes del territorio dejan de ser espectadores para convertirse en cocreadores; los proyectos deben alinearse con los intereses y necesidades de la comunidad y abordar asuntos como identidad, memoria, sostenibilidad, inclusión social, derechos humanos o multiculturalidad. Ninguna de estas condiciones es ilegítima por sí misma. La pregunta es otra: ¿qué lugar queda para aquellas investigaciones que no nacen de ninguno de esos dos marcos, el conceptual definido por la Bienal y el social definido por la convocatoria?

Una bienal necesita curadores. Nadie discute eso. Su función ha sido organizar, relacionar e interpretar obras para ofrecer nuevas lecturas del arte. Sin embargo, cuando la curaduría deja de interpretar la producción existente y comienza a establecer el horizonte desde el cual esa producción deberá desarrollarse, su papel cambia de naturaleza. Ya no llega después de la obra; llega antes que ella. La secuencia tradicional —artista, obra, curador— parece invertirse: primero existe un relato institucional, luego una convocatoria, después una propuesta curatorial y finalmente las obras que deberán responder a ese relato.

Incluso las convocatorias dirigidas a curadores independientes revelan ese cambio. Podría suponerse que allí existe un espacio para desarrollar investigaciones curatoriales autónomas. Sin embargo, tampoco ellos pueden formular libremente la pregunta inicial. Las exposiciones deberán reunir artistas cuyas obras desarrollen una conversación coherente con el eje conceptual previamente establecido por la Bienal. El centro de gravedad ya no reside únicamente en el creador ni en el curador, sino en la estructura institucional, que fija el horizonte dentro del cual ambos desarrollarán su trabajo.

Igual de revelador resulta el vocabulario empleado. Las convocatorias hablan de iniciativas, procesos, estrategias, mediación, participación, articulación, impacto, territorio, redes y comunidad. Son términos propios de la gestión cultural. En cambio, palabras como forma, composición, lenguaje plástico, experimentación, belleza, invención o poética apenas aparecen. La diferencia no es anecdótica. Revela un cambio de prioridades. La administración cultural parece concentrarse cada vez más en las condiciones bajo las cuales debe realizarse una creación y cada vez menos en aquello que esa creación aporta desde su singularidad estética.

Sería un error interpretar esta reflexión como un rechazo al trabajo comunitario, a las curadurías o al arte comprometido con los problemas contemporáneos. Nada de eso está en discusión. Colombia necesita instituciones culturales sólidas y proyectos capaces de dialogar con su realidad. Lo preocupante es otra cosa: que un mismo lenguaje, una misma metodología y un mismo conjunto de categorías terminen convirtiéndose en la principal puerta de entrada a los espacios de legitimación. El creador sigue siendo libre de producir cualquier obra; simplemente descubre que algunas preguntas encuentran recursos, visibilidad y reconocimiento con mucha mayor facilidad que otras.

Quizá el problema no sea esta Bienal en particular, sino una tendencia más amplia de la gestión cultural contemporánea. Las instituciones nacieron para crear las condiciones en las que el arte pudiera desarrollarse con libertad. Hoy participan cada vez más en la definición de las condiciones desde las cuales esa libertad debe ejercerse. No prohíben temas ni dictan contenidos. Hacen algo mucho más sofisticado: determinan qué interrogantes recibirán apoyo, cuáles serán visibles y cuáles serán considerados pertinentes. Cuando eso ocurre, la creación sigue siendo libre, pero ya no comienza exactamente en el mismo lugar.

Tal vez esa sea la discusión que el mundo del arte ha postergado durante demasiado tiempo. No si el arte debe ser político, comunitario o comprometido —porque siempre podrá serlo—, sino quién decide cuáles son las preguntas que merecen ocupar el centro de la conversación. Porque el día en que el artista deja de formular la primera pregunta y comienza respondiendo la de una institución, algo esencial en la naturaleza misma de la creación ha empezado a cambiar.