24 de julio de 2026

La victoria que puede costarle el liderazgo de la derecha

23 de julio de 2026
Por carlos rojas
Por carlos rojas
23 de julio de 2026

La política exige estrategia, pero también exige coherencia. Cuando una organización renuncia a la coherencia para obtener una victoria coyuntural, puede ganar una votación… mientras empieza a perder la confianza de quienes la sostienen.

La elección del presidente del Senado el pasado 20 de julio dejó una imagen difícil de explicar para millones de colombianos. El candidato del Centro Democrático alcanzó la Presidencia de la corporación con el respaldo decisivo del Pacto Histórico, el mismo proyecto político al que durante años ha señalado como su principal adversario. Un hecho que ocurre, además, en medio de profundas diferencias sobre el rumbo del país, del debate por el encarcelamiento del expresidente Álvaro Uribe, del magnicidio de Miguel Uribe Turbay y de las permanentes controversias por la relación del Gobierno con grupos armados ilegales.

En política las alianzas son legítimas cuando responden a una visión de país o a una agenda pública. Lo que resulta problemático es cuando la estrategia termina contradiciendo el discurso que durante años movilizó a los electores. Porque una cosa es reconocer al contradictor como un actor legítimo dentro de la democracia, y otra muy distinta es construir mayorías con quien hasta el día anterior era presentado como el gran riesgo para Colombia.

Resulta inevitable recordar la réplica que el Centro Democrático le hizo al presidente Gustavo Petro: «Reconocemos en nuestros opositores legítimos contradictores en democracia, no enemigos a los que hay que destruir». Un mensaje institucional que, leído hoy, adquiere una dimensión distinta después de una votación en la que ambos sectores terminaron coincidiendo para definir la Presidencia del Senado.

Esta puede ser una victoria parlamentaria, pero también una victoria efímera. Porque las presidencias del Congreso duran un año; la credibilidad frente al electorado puede tardar muchos años en recuperarse.

Hay otro elemento que parece estar pasando inadvertido. El mapa político de la derecha cambió. Abelardo de la Espriella ganó la primera vuelta dentro de ese espectro político y posteriormente derrotó a Iván Cepeda en la segunda. Eso significa que buena parte de los votantes que antes respaldaban naturalmente a los candidatos del Centro Democrático hoy acompañan un nuevo liderazgo. Son los mismos ciudadanos que eligen congresistas, gobernadores, alcaldes y diputados. Desconocer esa realidad puede tener consecuencias electorales mucho más profundas que una simple votación en el Senado.

En ese contexto, el mensaje de Abelardo de la Espriella fue acertado. Sin estridencias, reconoció la autonomía del Congreso, felicitó a Honorio por su elección en el Senado y a Barguil en la Cámara, y dejó claro que trabajará con ambas mesas directivas para impulsar la agenda del nuevo gobierno. Fue un tono institucional, conciliador e inteligente, que demuestra que ejercer liderazgo no significa convertir cada diferencia en una confrontación.

Mientras tanto, muchos ciudadanos de derecha pasaron meses enfrentándose con simpatizantes del petrismo, soportando insultos, amenazas y profundas divisiones, para terminar observando una escena políticamente desconcertante: el uribismo y el petrismo celebrando juntos una victoria en el Congreso, mientras el gobierno elegido por la mayoría de los colombianos veía cómo sectores que se declaraban irreconciliables encontraban un punto de coincidencia para derrotar a un competidor dentro de la misma derecha.

A mi juicio, la verdadera batalla política ya no es entre izquierda y derecha. Hoy la disputa es por quién representa y conduce el liderazgo de la derecha colombiana. El expresidente Álvaro Uribe y el presidente electo Abelardo de la Espriella buscan demostrar cuál proyecto tiene mayor capacidad de convocatoria y de interpretación del sentimiento ciudadano. En una competencia de esa magnitud, muchas decisiones dejan de obedecer a afinidades ideológicas y responden a cálculos estratégicos.

Sin embargo, la estrategia nunca debería perder de vista una verdad elemental de la democracia: los cargos se negocian en el Congreso, pero la legitimidad la otorgan los ciudadanos en las urnas. Y cuando el elector percibe incoherencia entre el discurso y la acción, suele emitir el veredicto más contundente que existe en política: retirar su confianza.

Porque en política los cargos son transitorios, las mayorías son cambiantes, pero la confianza del electorado es el único capital que realmente determina quién lidera el futuro.

Carlos Rojas
Analista político