«Gabito universalizó a Aracataca»: Mercedes Barcha
Es común que muchas personas le pregunten a uno, a manera de crítica, cuando habla sobre la obra literaria de Gabriel García Márquez, qué hizo el escritor por Aracataca, su tierra. Lo hacen porque oyen decir que el novelista nunca se acordó de su pueblo, argumentando que con su renombre universal podría haber hecho mucho por la tierra que le dio los elementos creativos para escribir Cien años de soledad, la novela que lo catapultó al reconocimiento universal. Pues bien: pasaron varios años para que se revelara que nuestro Premio Nobel de Literatura hizo mucho por el pueblo donde vino al mundo. Lo afirma Rafael Darío Jiménez, un cataquero que fue director de la Casa Museo que en Aracataca lleva el nombre del escritor, en el libro Atando cabos, que editorial Ibáñez publicó este año.
Atando cabos es un libro donde Rafael Darío Jiménez, un escritor nacido en el mismo pueblo donde nació García Márquez el 6 de marzo de 1927, recoge una conversación que tuvo en Cartagena con el laureado novelista y su esposa Mercedes Barcha el 11 de diciembre de 1983, un año después de haber recibido en Estocolmo el Premio Nobel. La entrevista fue acordada después de una llamada que le hizo Eduardo Márceles Daconte, que era entonces el curador del Museo de Queens, en Nueva York, y además primo de La Nena Daconte, el personaje del cuento “El rastro de tu sangre en la arena”, del libro Doce cuentos peregrinos. Este le había dicho a García Marquez que Jiménez tenía una investigación sobre el coronel Nicolás Ricardo Márquez, su abuelo.
A Gabriel García Márquez le llamó la atención que un joven de apenas 26 años de edad se haya interesado por investigar sobre la vida de su abuelo. “Debe conocer muchas cosas de él que yo ignoro”, le dijo a Eduardo Márceles Daconte. Fue ahí cuando autorizo al curador del Museo de Queens para que le diera a Rafael Darío Jiménez su número de teléfono en Cartagena, donde se encontraba de vacaciones, para que lo llamara. “Gabito quiere hablar contigo”, le dijo el curador cuando Rafael Darío contestó la llamada. “¿Qué Gabito quiere hablar conmigo?”, le preguntó, asombrado. “Sí, nuestro Nobel de literatura”, le respondió Márceles Daconte. Jiménez pensó que le estaba mamando gallo. Quedó atónito. Todo porque su mayor sueño había sido poder hablar de tú a tú con su famoso paisano.
Rafael Darío Jiménez vino al mundo en la misma calle donde nació García Márquez, a cuadra y media de la casa que habitaba la familia del coronel Nicolás Ricardo Márquez y su esposa Tranquilina Iguarán Cotes, conocida como Avenida Monseñor Espejo. De allí que se haya interesado en investigar sobre la vida del abuelo del novelista. Lo hizo sin pensar que algún día se le presentaría la oportunidad de hablar con el escritor. Cuando llegó a la casa le contó a su mujer que Gabriel García Márquez le había mandado el número de su teléfono para que lo llamara. Ella, sorprendida, le dijo: “Esa es una oportunidad que quizá no se te presente más nunca en la vida”. Cuando lo llamó para acordar el sitio donde se encontrarían, García Márquez le contestó amable: “Qué pena. Soy yo quien debería estar llamándote”.
El autor de Atando cabos, conversaciones con Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha, era para ese año en que conversó con el autor de Cien años de soledad “un joven escritor que calzaba cuarenta en tenis, llevaba colgaba una mochila de indio kogui y lucía una cabellera larga”. La cita fue acordada para las cuatro de la tarde en el Hotel Cartagena, en el sector de Bocagrande. Para viajar, su esposa empeñó por cuarenta mil pesos “un par de candongas con filigranas en oro, y un par de anillos, también en oro”. Aunque el novelista le dijo que él le daba los pasajes, Rafael Dario Jiménez no aceptó el ofrecimiento. La cita era para una hora, pero hablaron casi cuatro. Antes de sentarse en la poltrona donde él lo esperaba, se quedó mirándolo cinco minutos, incrédulo de lo que iba a vivir.
¿De qué hablaron en esa reunión donde surgió la idea de que Rafael Darío Jiménez escribiera un libro sobre Nicolás Ricardo Márquez? De muchas cosas. Pero, sobre todo, de esos tiempos de la infancia de García Márquez en Aracataca, entre ellos, de las caminadas que hacía con el abuelo por el parque mientras el niño le preguntaba sobre la Masacre de las bananeras o la Guerra de los Mil Días. En ese momento el escritor recordó la frase que él le soltara una tarde mientras miraba la torre de la iglesia San José: “Tú no sabes lo que pesa un muerto”. El abuelo se refería a la muerte, en un duelo de honor, de Medardo Pacheco Romero, el 11 de octubre de 1908. Nicolas Ricardo Márquez lo mató porque lo ofendió cuando un día, en Barrancas, le dijo: “Tú eres un parche negro en nuestro Partido Liberal”.
Gabito universalizó a Aracataca, el titulo que le he puesto a este artículo, surge de la primera frase que Mercedes Barcha pronunció cuando se integró a la conversación que su esposo sostenía con Rafael Darío Jiménez. Tiene relación con lo que escribí en el primer párrafo. La esposa de García Márquez estaba molesta porque la gente decía que el escritor no había hecho nada por su pueblo. “Los cataqueros son unos desagradecidos, igual que muchos colombianos”, dijo, y empezó a hablar de lo que logró para su pueblo después de que recibió el Premio Nobel. “¿Cuándo Gabito ha ocupado algún cargo oficial en un gobierno para que le reclamen obras?”, preguntó, airada, Mercedes. El escritor se sorprendió al verla tan brava, y le indicó con una mano que bajara el tono de la voz.
Mercedes Barcha expresó lo que pocos colombianos ya sabíamos: que, a pedido del novelista, Belisario Betancur envió a Aracataca una comisión interinstitucional encabezada por la entonces ministra Nohemí Sanín Posada, para que analizara las necesidades del pueblo. De ahí saldrían las obras a ejecutar. Era el homenaje de la Nación por ser la cuna del escritor que puso el nombre de Colombia en el radar de la literatura universal. Se los dijo cuando los recibió en el Palacio de Nariño para celebrar el Premio Nobel. Al final. Mercedes Barcha se pregunta: “¿Que podía hacer Gabito si los políticos se robaban los recursos que enviaban? Sin embargo, se pudieron ejecutar algunas obras. Las enumera el autor de Atando cabos, un libro sobre el que Daniel Samper Pizano escribió una excelente nota en la revista Cambio.