¿Recuperar qué?
Cada tanto, justo antes de perpetrarse un atentado autocrático, quienes detentan el poder, sus tributarios, o amanuenses, hacen gala de sus mejores loas y artificios pirotécnicos para elevar a categoría providencial la “democracia directa”, la manzanilla con la que la adoban y los actos de sus ejecutores. Despreciando las instituciones representativas y el a veces fatigante y sinuoso proceso de la concertación como principio democrático, se apuran la poca deliberación que queda aún en los cuerpos colegiados.
Muchos otros, ciudadanos de buena fe, víctimas directas o indirectas del caos institucional, la corrupción y el desorden de los partidos políticos sin ideología y consistencia, terminan sucumbiendo al placer de una democracia “rápida” que haga posible en lapsos más cortos, los cambios que le demandan, por ejemplo, al actual presidente Petro.
Algo de eso estamos padeciendo, es un signo de nuestros tiempos, pero no solo en Colombia, también allende las fronteras patrias. En escritos como “No es solo Brasil. La erosión global de la democracia avanza” (Rizzi. El País, América. 14 de enero) o “Una farsa en Brasilia” (Naim. El Tiempo, 15 de enero), otros más autorizados analizan las repercusiones de la bancarrota democrática; se le atribuyen diversas causas, entre ellas una globalización que ha convertido al Estado democrático, el marco fundamental en el que se ha desarrollado la democracia que conocemos “…en una estructura extremadamente frágil, porque se han deteriorado algunas capacidades, sobre todo la posibilidad de determinar la economía”, tornando fallida aquella prédica de la tercera vía de que “tanto mercado como sea posible y Estado como sea necesario”. Si bien en Brasil ganó Lula, no estuvo exenta de riesgos, a la manera trumpista, su instalación en el palacio presidencial.
Y si por allá llueve, en el caso colombiano no escampa. La semana pasada vivimos al respecto un hecho inédito en los anales nacionales de la ignominia y la manipulación, pues en el marco de la discusión del proyecto de reforma a la salud, un piquete de 18 congresistas declararon una “rebelión liberal” al director del partido, inusual no por el talante de los implicados, sino porque todo se fraguó desde la oficina del nuevo ministro del interior; en papelería oficial de la “casa de Nari” quedó impresa la felonía, demostrando que “con plata todo se puede” como sentenciara el pasado 18 de abril el ex – Ministro Rudolf Hommes en la “W”. El presidente Petro decidió, en su relación con el Congreso de la República, tomar el camino de la cooptación, la fagocitosis, la componenda y el más descarado menudeo para comprar los votos necesarios para sacar adelante su proyecto político, nada distinto a lo que han hecho otros o más bien, todos los anteriores ocupantes del solio de Bolívar.
En Manizales, paradójicamente, los amigos del Presidente, unos en el pacto histórico y otros en el lizcanismo, un emplasto difícil de explicar, llaman los unos contra los otros, a derrotar al Alcalde, a “recuperar” la ciudad. Lo que obliga a preguntarles a estos defensores de la teoría, es cuál de las 6 acepciones reclaman a la hora de pedirnos que los acompañemos en la tarea de “recuperar”: la de “volver a tomar o adquirir lo que antes se tenía”, “volver a poner en servicio lo que ya estaba inservible”, “volver en sí” o “volver a un estado de normalidad después de haber pasado por una situación difícil”, un tremendo galimatías que nos deben aclarar a los que no nos sentimos representados en esa propuesta táctica.
Pues si lo que se tiene que recuperar es para ponerlo como antes, nada bueno hubo en el pasado, fueron los barcos, los yepes y los otros, quienes postraron a la ciudad, tanto mérito no le cabe solo al actual Alcalde, no podemos dejar de olvidar todos los desaguisados que nos dejaron quienes lo precedieron y que ya hartos están de leerlos. Y si es recuperar la ciudad para ponerla al servicio de la nueva clase política que eclosiona con el petrismo, su contenido nada difiere de la política tradicional, el plan de desarrollo que se pronto se aprobará, con las mimas mañas del proyecto de reforma a la salud, será tan impopular y alcabalero como el de los anteriores gobiernos, ajustado en todo a los mandatos de los organismos de crédito internacional pero que, con el filustre “cambio” parece otro, pero es más de lo mismo.
Nos toca a los manizaleños entonces valorar lo que nos proponen los amigos del cambio, ganar a cualquier precio, sin programa, con cualquier candidato, no nos va a sacar de este atolladero, no sea que por salir a derrotar al alcalde nos toque uno peor, riesgo que nunca está lejano en una frágil y enclenque democracia como la nuestra.