V Silvio y Camacho Carreño
Insigne Vicente Pérez Silva:
Apareció usted desde la primera de estas cartas, porque no podía ser de otra manera. Aunque tenía prevista distinta instancia para entablar otra forma más de diálogo, que sumara a las que hemos tenido, acompañándome de su itinerario escrito, en las estaciones en las que nos ha enseñado tanto a los colombianos, con motivo del arribo hasta las puertas de mi casa de la última constancia de una entrega, desprendida y didáctica, noble y continua, a la historia de Colombia, y a la lengua, a lo que hay de sabio, de humano, de curioso, en personajes y en obras, bien sea en su poesía, en sus actuaciones, o en polémicas que nadie había atinado a recoger, y que si no ha sido por su innato sentido de la investigación, a otras suertes hubiesen seguido expuestas, incluida la extrema del olvido.
Cómo eludir entonces, orgullo de Nariño, no acompañarme ahora que volví a ser incitado, a una conmemoración que usted fue el causante en invitarme a reflejar, con los dos libros suyos que el año pasado de 2021, tuvo a bien procurarme para emocionados trasuntos memoriosos, Garra y perfil de “Los Leopardos” legendarios y José Camacho Carreño Un “Leopardo” de leyenda…a los que se agregó el centenario de La Patria. Los 120 años del nacimiento de Silvio Villegas y los cincuenta de su muerte, eran la tarea que esas páginas me traían una y otra vez.
Y es que Vicente, entre alusiones, citas y aportes, algunos no recordados y en buena parte, no conocidos antes, la decena de cartas que desde 1924 a 1928, le dirigió José Camacho Carreño desde Zipaquirá, Bogotá o Bruselas, a Silvio Villegas, me enseñaron tanto acerca de estas dos personalidades, y me confirmaron ciertos aspectos claves, intuidos más que conocidos, que fueron, en mi subjetividad, lo más singular y conmovedor de la obra dedicada a la grandiosa y trágica vida del santandereano clásico.
Debe tenerse en cuenta que la correspondencia que incluye su libro, comienza cuando apenas acaban de cumplir 21 y 22 años. Camacho estaba dedicado a terminar sus estudios de Derecho, y Silvio había asumido por primera vez, la dirección del diario de Manizales:
“He visto tu labor en La Patria: has hallado por cierto la fórmula de un florentísimo elegante, y el modelo de prosa, tajada en cortes de Saavedra, accesible sin embargo a la comprensión rústica”. “Los míos te recuerdan con admiración en todas las sobremesas, y se han convertido en tribunas de tu fama”. “Que triunfas, que señoreas, que dominas, que arrastras, que batallas, que seduces, que imperas, dice la voz pública, pero nada vale para mí fuera del acento homérico de tu pluma. Nárrame tu biografía, dame tus hechos, describe tus proezas para reverenciarlas y para levantar el estímulo de tus pares lejanos.” Después de describir a cada uno de sus compañeros, afirma: “¿Y qué decir de Silvio? Tus pantalones y tu pluma, son el máximo orgullo de nuestra guarida leoparda. Tu pluma realiza lo irrealizable y cumple diariamente un milagro de estilo. Tratando los minúsculos ajetreos de la parroquia, reálzala el vuelo inmarcesible, asciende al Partenón, discurre por la colina inspirada, bruñe la miniatura cuatrocentista, arrebata como un período girondino. Eres nuestro orgullo, más preclaro”.
Se quieren realmente, con la sinceridad de las amistades veinteañeras. Le escribe José Camacho, que está convaleciente de una gripa: “ensayo responder una carta tuya, embalsamada de virgiliano olor, escrita a la sombra de los naranjales, en la tierra original de tus mayores y que trae noticias halagüeñas sobre tus éxitos. Prosperen ellos y crezcan y aventájense, porque la republica los ha menester”. Esto en los años 24 y 25. La última que nos descubre su libro, es de 1928, ya desde Bruselas: “Queridísimo Silvio hermano… Un cable tuyo, pleno de tu generosa fraternidad, me anunció tu presencia en El Debate, agregando un convite realmente halagüeño…. Creo que ahora sí que has afianzado tu figura. En La Patria, la oquedad provinciana escondía tu brillo a los ojos de la república. Siempre temí por ti, porque conozco las fatales desviaciones de criterio y el apocamiento mental que causa la vida de pueblo, y por eso descanso ahora al verte guiando la política tradicionalista desde una barricada tan alta. No exageras cuando me dices que Colombia será nuestra, si aprovechamos esa plaza que se brinda a nuestra ambición y mi fe decaída se reanima al incentivo de la soberbia noticia. … Sobra encarecerte que hagas labor de ideas: tu pluma no sabe decir cosas insustanciales”.
Las desavenencias políticas entre Camacho Carreño y el resto del grupo de Los Leopardos, se dieron pronto, y aunque conservaron su amistad, se ahondó con los años. En los casi desconocidos “rasgos autobiográficos” que usted trae, el mismo Camacho lo insinúa el definir su carácter. En No hay enemigos a la derecha, a mediados de los treinta, estando vivo José, escribió Silvio Villegas: “La diferencias de nuestro grupo con Camacho Carreño empezaron desde la Universidad y se han acentuado con los años..” mientras se afirmó la unidad con los otros.
Usted, Vicente, tuvo a bien incluir la trascendente evocación que de José Camacho Carreño, hizo Silvio Villegas en La Patria, a raíz de la inesperada muerte de su amigo en 1940.
En 1943, la reiteró Silvio, con alguna variación de camarada, a Juan Lozano y Lozano, en una entrevista: ”Conocí a José Camacho Carreño en el despertar de su inteligencia, cuando se adelantaba hacia la vida cargado con todos los tesoros de su maravillosa juventud. Se había formado en la literatura clásica al lado de Tomás Rueda, en el Gimnasio Moderno de Bogotá. Su prosa no fue el producto de una carga maduración, sino un regalo de los dioses. Desde el primer día de su aparición en las letras era un gran maestro. Más bien pudiera decirse que fue perdiendo con los años. Lo propio sucedía con el tribuno. En la fácil palabra oratoria de la universidad, pronunciaba arengas de una perfección desesperante, que trabajosamente se volverán a escuchar siquiera en el Congreso de Colombia.
Lo que caracterizaba a Camacho Carreño era la emoción, una emoción enfermiza casi femenina. Después de escribir un editorial en El Nuevo Tiempo o de pronunciar una oración política en la plazuela de Las Nieves, se marchaba a Chapinero con su tiple y su guitarra, a implorar el favor de unos ojos esquivos, mientras las canciones brotaban humedecidas en los labios sensuales. De allí salía a leer a San Juan de la Cruz, a Torres Villarroel, o al Padre Granada. Era un pagano místico y vivió siempre, en plena bohemia sentimental.”



