Memorias de un magisterio
Mi primer artículo: Silvio Villegas
Querido Gustavo Páez Escobar
No sabía a quién manifestarme de inmediato, pues lo intenté hacer con un joven escritor, pero es demasiado, para vaciarle todo, o para recibirla de una. Y de repente, me cayó tu nombre, que hace años no veo al que lo encarna, pero lo leo, y cada vez tocas nombres, libros, hechos, que de inmediato resuenan, porque andan por ahí paseando en nuestro espíritu, hasta que alguien como tú, los contacta de nuevo a estar presentes.
Tengo por eso que hacerte depositario de la más reciente de las emociones, la que nunca ha estado apagada por imposibilidad de nacimiento, aunque superada, burlada, obviamente lejana y revisada, pero que estaba ahí, iniciando memorias a las que a veces damos vuelta. De esto sí que sabes, ya que, de tu autobiografía en los medios, de tus creaciones y de tus experiencias humanas con personas que quedan, y que sabes quedarlas, nos has participado cómo se han hecho y han estado presentes en ti. También pude comunicar esta reviviscencia, a un amigo común de los que nos quedan, que supo de ella en algún momento, pero no le es fácil percibir la dimensión que uno le da, libre de contactos políticos y connotaciones sociales.
Como es tan personal, y a la vez tan cargada de historia, el primero que en se me vino de repente, fue el maestro vivo, lúcido, activo y sabio, que todavía lo es, y lo seguirá siendo en la admiración y el afecto de sus amigos, Vicente Pérez Silva, historiador, biógrafo, ensayista prolífico y brillante, cuyo trato me enaltece, y que es quien conoce como nadie los personajes, los conoció en vida, y en su oratoria, cuando aún era clásica, junto con la literatura y la política, que en ellos fue una. Más todavía, porque a sus noventa y más años, sigue escribiendo y publicando libros, y no es mera coincidencia que los últimos de sus 25 publicados, sean exactamente sobre Los Leopardos y sobre José Camacho Carreño. Demasiado precaria mi reacción para sus repasados y resobados saberes. Lo entenderá mejor que nadie.
Y si bien estos días rumiaba la retrospectiva de mi primer magisterio intelectual, ahora que el medio siglo de su muerte me aguijoneó más que en el pasado marzo, los 120 años de su nacimiento, debo confesarte Gustavo que la película que en sucesión de imágenes no alcanzaba a separar, reventó rollo cuando Pedro Felipe Hoyos en artículo publicado primero en Eje 21, reiterado en La Patria y a los días ilustrado en el mismo diario, me volvió a regresar a mi primera aparición como escritor público, que fue precisamente sobre “Silvio Villegas y su obra”, como apareció su pretencioso título en el Suplemento Literario Letras e Ideas, que dirigía mi admirado y paladeado ya entonces, Jorge Santander Arias, después mi amigo.
Su historia es bella porque apenas era un estudiante de hoy 9º (cuarto de bachillerato), cuando terminando la mañana de algún día se me acercó al pupitre, Hernando Yépez Arcila, de último año, que ocupaba la presidencia de la academia literaria Aquilino Villegas, y me dijo: “recuerde que le toca el “trabajo de fondo” (hoy sería “ensayo”) en la reunión de esta tarde.” Mientras aterrizaba del elevamiento de siempre, y daba vueltas nerviosas al lapicero, tanteé varios asuntos, viniéndose primero la figura de Arias Trujillo, la que pensaba abordar más juiciosamente, hasta que me atropelló como un todo la obra de Silvio Villegas, que conocía tan bien, a esa más que temprana edad, igual que la del rebelde manzanareño.
Te cuento mi boyaco-quindiano Gustavo, y es bien curioso, que así como de Arias leí primero En carne viva, con cuyas frases, que aún guarda mi memoria, solía escandalizar a mis condiscípulos, No hay enemigos a la derecha (1937), fue el primero que abordé de Silvio, en el que me anegué de autores franceses y de tratadistas políticos, de frases centellantes y pléyades generacionales, de historia mental y de partidos, de parlamentos gloriosos y beligerantes manifiestos. La verdad es que fue el primer gran empellón hacia la lectura desesperada y excitante de la mayor cantidad de autores posibles, lo que puso naturalmente en jaque mis estudios académicos. En este itinerario de emociones debo mencionar el nombre de Emilio Echeverri Mejía, que fue el que a mi pedido, me procuró por primera vez ese volumen, por el cual fui hasta su casa en el centro, carrera 22 calle 28.
Ese libro, con otros, me incitaron a saber más de nuestra historia, y a querer adquirir esa cultura que se creía era la condición primordial para una futura actividad política, la que no deslindábamos de la literaria. Menos mal que la desilusión me vino mucho más pronto, que la casi repentina ruptura absoluta de aquella carrera con el pensamiento.
También debo traer el nombre del profesor Jesús María Gallego, del que no tuve el privilegio de ser su alumno en el Instituto Universitario, pero sí vivió por un tiempo al frente de mi casa, y gracias a su hijo que lo sacó de la biblioteca de la suya, pude andar para arriba y para abajo de los corredores de mi hogar, o por las mangas de los alrededores, leyendo en voz alta, con un enajenado entusiasmo, las páginas enamoradas y enamorables de La canción del caminante (1944), en esa preciosa primera edición bellamente ilustrada con los dibujos de Ignacio Gómez Jaramillo, que ya mayor conseguí como joya bibliográfica en Bogotá. Editada por Sábado, la legendaria publicación que dirigió Plinio Mendoza Neira, la gratitud de Silvio la hace expresa al final diciendo que sin este, no habría sido posible. No tengo seguridad si sucedería con los llamados “milenials” de ahora, pero por indicios, a los que fueron jóvenes en la generación precedente, sé que una vez comenzado, este libro no se les cayó de las manos.



