Paréntesis ¿interesa el pasado? (Carta XIV)
(Serie de cartas dirigidas al director de El Andino y caricaturista, Fabio Arias Gómez “Ari”, sobre historia de la prensa por los 100 años de La Patria)
Fabio.
Corrobora usted que la historia no tiene mayor atractivo para los periodistas de hoy, con escasas excepciones, las que nos aportan nombres, acontecimientos, publicaciones que vagamente recordamos, o sobre los que alguna vez leímos, cuando no son para nosotros completamente nuevos y que nos dan una impensada luz sobre al pasado.
Al periodismo vivo, le interesa lo actual, lo que sucede en el día, o acabó de suceder. “No hay nada más viejo que el periódico de ayer”, ha sido una frase que se ha impuesto. Y es cierta, claro está, para lo que uno busca primero: la noticia. Pero tengo otra tesis que no le resta veracidad a esa especie de apotegma. Y es que en el periódico de anteayer, o el de semanas atrás, o de hace uno o más años, y así, hacia atrás, se van cribando los hechos, los temas, los comentarios, en fin, desechables o inanes que el tiempo consume, y entre más vieja sea la publicación, se acrecienta el significado de otros, porque nos aclara el origen de mucho de lo conocido posteriormente, la trascendencia de lo allí registrado, la veta de lo buscado o de lo que incita a buscar, si no se lo había propuesto antes.
Es sobre todo el investigador, quien deduce de inmediato el valor histórico de lo que ha hallado o puede hallar. De ahí la falta de interés, de ni siquiera curiosidad. Que hasta lo todavía reciente, para los jóvenes, y no tan jóvenes, periodistas o no, sea pretérito, y bien pretérito. La desaparición de la asignatura de Historia hace casi medio siglo, el consecuente desconocimiento de la materia en los mismos profesores de colegio, la pretensión de reinventarla “crítica”, para trasmitir los propios prejuicios adultos y sin base, bajo el mandato de autoridad, en las mentes ávidas y frescas, naturalizan el absurdo, como lo hemos comprobado, en ciertos actos, pero más todavía, en las reacciones periodísticas frente a ellos.
Desconozco si la Historia del Periodismo y de los Medios de Comunicación, existe como cátedra en las universidades que tienen centro o facultad en la que estudian y se gradúan comunicadores profesionales. Como a los de mi generación sí nos alcanzó la enseñanza en el bachillerato de la historia local, regional, la nacional, la del continente y la historia universal, uno supone que igual sucede en el ámbito académico en una profesión que está tan relacionada con el acaecer.
Si en aquellas clases, aun imberbes aprendimos las lecciones sobre la invención de la escritura y sus distintos tipos, del paso del árbol al papel, de la xilografía en China, de la tipografía, los copistas medievales y los tipos de letras, el nombre de Gutenberg que concibió la prensa para imprimir y los caracteres móviles, la revolución industrial, y la mecanización, y parte de lo que conducirá, a lo que en Gran Bretaña, de donde viene esa expresión, comenzó a denominarse “el cuarto poder”, uno se figura que la historia de los primeros periódicos, en el mundo, en América Latina, en Colombia, en Caldas y Manizales, no en forma exhaustiva sino algunos barnices de la misma, con nociones de polémicas, cierres, persecuciones, así fuese a nivel de anécdota o para ilustrar lo que se haya expuesto, presumo que tuvo que darse. Al fin y al cabo, aunque ahora más diversa, la característica de todos o de casi todos fue la política, y el tradicional enfrentamiento entre liberales y conservadores que marcó el periodismo latinoamericano, y fue primordial en el nuestro. De no ser así, igual trata uno de despejar la incógnita y preguntarse las causas.
Le he escrito estas cartas, no solo porque su contenido ha sido el de la oposición en la prensa de Manizales, cuando la hegemonía conservadora se prologaba en el primer cuarto del siglo XX, la que fue elocuente, valerosa, difícil, y fecunda de ideas, o porque dirige en la actualidad un periódico en Manizales, sino más bien porque su arte ha sido el de la caricatura, la que historié y expuse tras una desafiante pesquisa en los años ochenta, correspondiente a la del Gran Caldas, olvidada o desconocida entonces. Hasta salí en un par de las suyas. Tengo fija todavía la averiguación que me hizo una noche a comienzos de febrero de 2002, en las oficinas de redacción de La Patria, sobre este trabajo. Desconcertante. Aunque es natural que en la evolución de la prensa en la ciudad, sea menester aludir de algún modo a este arte que apareció en sus hojas como en casa propia, a las que se hicieron en La Patria y a las que las antecedieron.