28 de enero de 2022
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Maradona

14 de diciembre de 2020
Por Humberto de la Calle
Por Humberto de la Calle
14 de diciembre de 2020

Un genio del fútbol, sin duda. Merece la consagración en ese deporte. No discuto si ha sido el mejor de la historia. Pero de allí a convertirlo en un semidiós hay mucho trecho. Lo llamo semidiós para evitar caer en el politeísmo o, al menos, para no provocar la envidia del dios abrahámico. Pero cualquiera sea la ubicación en la taxonomía celestial, la superlativa exaltación de Diego Armando es muestra de un desespero profundo de una gran parte de la humanidad. Tiene que ser mucha la angustia de millones para movilizarse en marejadas humanas derramando llanto sin pudor. Pronto vendrán los milagros.

Un fenómeno casi inédito. Algunas situaciones se le acercan pero ninguna la sobrepasa. Cruz Kronfly narró la atareada singladura del cadáver de Carlitos Gardel en un viaje que abarcó casi medio país, saltando de bailongo en bailongo. Varios días duró el jolgorio que correspondió a mi tierra, Riosucio en Caldas. Milonga y tango en el atrio de la Iglesia hasta llegar con amplio retraso a Buenaventura, para encontrar que el barco ya había zarpado. De modo que tuvo que ir primero a Nueva York para llegar unos ocho meses después a Buenos Aires y recibir las alabanzas y los lamentos en una Chacarita pletórica. Fangio también fue recibido post mortem en la Casa Rosada. De Evita ni hablar. Pero es distinto. Porque lo de ella no era una habilidad física específica sino una vida dedicada, con malicia o sin ella, al servicio de los otros. En efecto: exaltar una habilidad innata es legítimo pero eso no convierte al homo habilis en un dios prometeico. Y la cosa no se limita a ese adorable país que es Argentina. Manolete, Pelé (sería otros dios si no fuese un buen viejo achacoso que rehusó morir en la flor de la juventud), Nicklaus, Puskas, Diana Spencer, Cruyff, Alí, en fin.

Lo interesante en este caso, como en el de Pablo Escobar, Chispas o Al Capone, es que la leyenda se construye con el mal como estribo. Diego fue putañero insigne, borracho peleador, fanfarrón irredento, drogadicto y maltratador de mujeres. Es difícil concebir que se haya convertido en modelo un tipo de esas características. Más difícil aún, que un insumo básico para su deificación fuera la trampa del famoso gol ilegítimo. Increíble que en las redes hayan sido vapuleados los que reseñaron sus defectos. Tratados de moralistas solapados.

Hanna Arendt habló de la banalidad del mal. Falso. Hay un motor escondido en la especie humana: la fascinación del mal. Fue Carbonnier quien propuso el no-derecho como un fenómeno adherido al derecho a título de hermano siamés. El carnaval como licencia para el desafuero. La orgía acompañada o no de alucinógenos. La nocturnidad como asiento para el delito mientras la ley dormita. El asilo como el pare del derecho. La brujería condimentada con ayahuasca o LSD. La humanidad preserva una esclusa para la malicia y la picardía. En vigilia condenamos el mal. Y cuando el derecho y la moral toman vacaciones, surge ese pequeño endiablado demonio que ha rondado desde cuando Maniqueo encontró que sin el mal, el bien no existe. Sin el centro no hay izquierda y derecha. Sin amor, no hay odio. Sin corruptos no hay ciudadanos preclaros.

Diego: el cimiento de tu estatua puede llegar a ser más duradero que la de muchos próceres taimados, escondidos bajo la capa de un buenismo ficticio. Un contrasentido en la cancha del yo, pero un dribling inefable en la cancha del ello.