27 de febrero de 2021
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Para no morir solos

22 de abril de 2020
Por Celmira Toro Martínez
Por Celmira Toro Martínez
22 de abril de 2020

Estar en cuarentena ha sido como un retiro de reflexión y de conciencia.

Cuando se nos derrumba el mundo , tenemos que detenerlo y esto es lo que en realidad se nos ha presentado con el tan temido Coronavirus.

Nos enfermamos con presagio de muerte y ese miedo nos tiene en estado de inercia que agobia.

Estábamos tan cómodos  disfrutando de una tecnología que ponía a nuestros pies todo un universo de placeres, de diversiones, de entretenimiento,de posibilidades de inversión, de trabajo,  amores, amistades,  proyectos cada vez más asombrosos y prometedores.

Los gobiernos estaban empeñados  en afinar una economía tal que pudiera ser la base de su propuesta  con la ilusión de subir en una escala de ganancias, de superávit que les permitiera ubicarse por encima de muchos otros .

El propósito en general era producir y ganar, así se ha movido el capitalismo voraz que nos gobierna; sin embargo ahora todo el mundo está detenido ante la amenaza de una extinción masiva que sería una catástrofe de incontrolables dimensiones.

Detrás de las víctimas del Covid 19 se está yendo también la economía, al tener confinados en sus casas a quienes son la fuerza de trabajo que ha hecho empresa y riqueza, pues tenemos que reconocer que quienes fabrican y elaboran los productos que circundan fronteras son los menos favorecidos, la clase baja y media, los unos guerreando su sustento en las calles y veredas con ingresos de menos de tres o cuatro dólares al día

con los que debe dar respuesta a la miseria que le ha tocado enfrentar, los otros condenados a un salario mínimo que no le da ninguna garantía de supervivencia, de progreso y sí lo destinan a formar parte de esa gran población que viven en la miseria absoluta.

En Colombia al igual que en muchos países del mundo manejados por gobiernos solventados por el capitalismo, la mafia, la corrupción y el atropello a los Derechos humanos , se presagia un futuro  de pobreza y ahora cuando está pandemia nos tiene arrinconados por el miedo  a morir ,vemos que hemos perdido la realidad del vivir.

Vivir es mucho más que producir, que tener, que atesorar, que disfrutar de placeres y excentricidades, que viajar y conocer el mundo; es mucho más que ostentar lujosas mansiones, joyas, carros de marca, cuentas bancarias a reventar de dinero, honores y poder, ya nos dimos cuenta que hoy todos estamos frente a la misma realidad ,no vale de nada tener en abundancia cuando estamos igualados a quienes nada tienen. El virus no es capitalista, ni elitista, no escoge sus víctimas, no discrimina, no excluye, no conoce de economías, de bolsa de valores, ni de cuentas bancarias, no tiene nexos con los grandes y poderosos, con la mafia ni con los corruptos para favorecerlos ni mucho menos tiene aversión a la clase pobre para atacarlos, no, es imparcial y por eso todos, todos, estamos amenazados.

Nos dimos cuenta que para vivir teníamos que entender lo fácil que es morir, claro que lo vimos a diario en nuestras calles y pasamos de largo; supimos de los niños y niñas  de la Guajira muertos por la desnutrición ocasionada por la corrupción de políticos y dirigentes que se echaban a su bolsillo el dinero de su  alimentación y nada hicimos.

Vimos el atropello con las mujeres maltratadas, abusadas, asesinadas por sus mismos compañeros, discriminadas en su trabajo  y nos hicimos los desentendidos y cómplices.

Nos encontramos a diario con el abandono de los adultos mayores, olvidados de sus hijos, de su familia y del estado y tampoco eso nos movió a la sensibilidad y la denuncia ; seguimos igual, consiguiendo dinero, poder , placer, dominio, indiferentes al virus de actitud incrustado en nuestra mente, en nuestra alma.

Tuvimos que enfrentar el miedo a  desaparecer sin remedio para entender que solos no podemos, que necesitamos del otro por insignificante que nos parezca, que sin los demás somos unos náufragos perdidos en una mar en tempestad donde lo único que necesitamos es sentir a nuestro lado la mano sentida y calurosa de quienes siempre han compartido con nosotros, no sólo nuestra familia, sino toda la raza humana de la cual formamos parte.

«Que vacío tan grande y que larga es esta cuarentena, sin abrazos, ni besos, sin encuentros, sin la presencia invaluable de los otros, sin su voz en las calles, sin sus pasos , sin su risa, sin el jolgorio aquel que nos inundaba de alegría, de compañía.

Estas calles desoladas  no son más que la ausencia de quienes son la razón de nuestro vivir, de nuestro Ser.»