22 de enero de 2022
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Reconocimiento a una educadora

23 de enero de 2020
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
23 de enero de 2020

A quienes escribimos columnas en los periódicos nos identifican como orientadores de la opinión pública. Todo porque nos toca escribir sobre la realidad social del país, analizar los problemas internacionales, hablar sobre la actividad política, indagar sobre la conducta de quienes detentan el poder.  Exaltamos a quienes manejan la palabra; hablamos de sus libros, destacamos su labor como creadores de belleza, ensalzamos su manejo del lenguaje. Evaluamos la tarea de los funcionarios públicos, les exigimos el cumplimiento de sus obligaciones, estamos ahí para decirles qué está bien hecho y qué no. Somos veedores de su labor. Nos convertimos en notarios que dan testimonio público de cómo manejan los recursos de Estado. Estamos ahí, azuzándolos para que actúen con honestidad.

Pero pocas veces nos detenemos a hablar sobre esos seres anónimos que en los pueblos cumplen una misión. Escribimos sobre el político que impulsa un proyecto de ley en el Congreso de la Republica, sobre el gobernador que impulsó una obra de infraestructura en su región, sobre el ministro que consiguió recursos para construir un hospital. Pero casi nunca lo hacemos sobre la maestra que con su orientación construye futuro para los niños, ni sobre el párroco que con su sapiencia abre caminos de entendimiento entre la gente, ni sobre ese alcalde que con su actuar ecuánime garantiza la convivencia de sus gobernados. Aplaudimos lo grande, pero no lo sencillo. Nos olvidamos de las personas que sin ninguna alharaca contribuyen a formar una sociedad mejor.

Existe otra gente que merece ser exaltada en una columna de opinión. Ana María Rabatté escribió un poema que en su último verso dice: “Nunca visites panteones/, ni llenes tumbas de flores/, llena de amor corazones/, en vida, hermano, en vida”. Eso hago hoy. En mi pueblo, Aranzazu, vive una mujer sencilla, adornada de virtudes, que entregó su vida a la educación. Ella, formada para servir y, sobre todo, para formar juventudes, merece que yo le haga este reconocimiento en vida. No debemos esperar a que muera para que se exalte su servicio a la comunidad. Hagámoslo ahora que puede leer con alegría lo que sobre ella se escriba, y escuchar con emoción lo que sobre ella se hable. Le dedico hoy esta columna para exaltar todo lo que durante 45 años dio para beneficio de la educación.

¿Quién es esa persona que merece este reconocimiento público en vida por lo que aportó desde febrero de 1975 hasta diciembre de 2019 a la educación de mi pueblo? Es una mujer que transformó jóvenes, hombres y mujeres, en personas de bien. Reconocida en dos oportunidades como la mejor educadora del departamento, empieza a disfrutar este año de una merecida pensión. Contribuyó a la formación de maestros profesionales al impulsar en la Escuela Superior Sagrado Corazón de Aranzazu la creación del Programa de Formación Complementaria que con los grados 12 y 13 les proporciona a los estudiantes las herramientas académicas para convertirse en educadores. Fueron 45 años formando jóvenes con vocación de futuro, que encontraron en sus enseñanzas motivos para servirle a la comunidad.

Se llama Gabriela Serna Ramírez. Licenciada en ciencias de la educación, se ganó el cariño del estudiantado debido a su extraordinario don de gentes y, desde luego, a su preocupación por sembrar en los jóvenes la semilla del conocimiento. Supo ser consejera y amiga de varias generaciones de aranzacitas que recibieron con agrado su orientación, porque sabían que daba ejemplo de rectitud y compromiso. Ha sido una mujer forjadora de futuros, arquitecta de sueños, constructora de ideales. Doña Gabriela, como cariñosamente le dicen todos, cumplió a cabalidad estas tres cosas. Su entrega a la educación no tuvo horarios. Ella, con sus enseñanzas, absolvió inquietudes e indicó rutas en la búsqueda de la superación de muchos jóvenes. Su nombre quedó grabado en una placa a la entrada del plantel educativo.

Escribí en el primer párrafo de este artículo que los columnistas solo hablamos de cosas que tienen trascendencia, como la elección de un presidente o la captura de un narcotraficante. Nunca hablamos del retiro al descanso merecido de los cientos de educadores que en todos los rincones de Colombia han aportado sus luces para construir una sociedad más justa. Es hora de que reconozcamos la importancia que ellos tienen en la construcción de un país incluyente. En su humildad, doña Gabriela va a decir que no se merece estas palabras que hoy le escribo. ¡Las merece! Porque al retirarse de lo que ha sido su vida durante los últimos 45 años, la rodea la gratitud de quienes reconocen su paciencia para enderezar árboles torcidos, y su alma grande para abrir horizontes de esperanza en los corazones.