El principal problema de Colombia
Jorge Eliécer Castellanos
El país, en estos momentos de efervescencia electoral, procura debatir cuál es el problema principal que aqueja a los 50 millones de colombianos.
Grandes pensadores ubican los temas del maléfico narcotráfico, en primer lugar, al tiempo que otros suelen indicar a la terrible corrupción e igualmente, y en tercer lugar, un buen número citan a la ineficaz administración de justicia.
Por otro lado, hay quienes manifiestan que el problema radica en la educación, en todos los órdenes, asumiendo que es el mayor mal que sufren los compatriotas.
Hay muchas situaciones de diferente orden que también se enumeran en la larga lista de padecimientos nacionales: la inequidad social, las redistribución de la riqueza, la desatención en salud, la falta de cobertura de servicios públicos, el desgobierno, la intolerancia, la carencia de políticas públicas serias y concretas, la violencia intrafamiliar, el abandono estatal en muchas regiones, la crueldad de la subversión, entre muchas otras, de preponderante trascendencia.
Ciertamente la lista es interminable.
Empero, hace pocas semanas, un investigador norteamericano ubicó en un lugar fuera de serie a la brujería como el primer problema colombiano, fenómeno que también afecta a muchos países latinoamericanos.
Sin proponérselo señaló que gobernantes, nacionales y regionales, narcotraficantes, bandoleros, criminales y empresarios y líderes de excepcional magnitud, entre ellos, muchos religiosos, acuden a consultar brujas para tomar decisiones que afectan no solamente su propio futuro sino que alcanzan áreas de influencia colectivas e insospechadas. Aseguró que toda situación de tomar en cuenta a hechiceros y evocar muertos trae inevitable maldición a los pueblos, generación tras generación.
Citó a Haití, zona de gran concentración de brujos y de creciente práctica de santerías que sigue siendo devastada, en los últimos años, con una regularidad impresionante. Reveló otros lugares altamente desolados del contexto latinoamericano, por la asiduidad de prácticas satánicas… tal vez por aquello que dice el vulgo: “así paga el diablo a quien bien le sirve…”
El aforismo paisa aduce que “No crea en brujo pobre….”, obviamente, reafirmando que si aquel a quien se consulta no ha arreglado sus problemas económicos, mucho menos podrá ayudar a otros en crítica situación financiera.
El problema de la brujería fue encontrado en muchas tribus aún caníbales en época prehispánica en toda Latinoamérica. Correlativamente fue traído de África, según lo afirman eruditos.
Conforme al diccionario Wikipedia, brujería es el grupo de creencias, conocimientos prácticos y actividades atribuidos a ciertas personas llamadas brujas (existe también la forma masculina, brujos, aunque es menos frecuente) que están supuestamente dotadas de ciertas habilidades mágicas que emplean con la finalidad de causar daño.
Agrega que en el Occidente cristiano, la brujería se relaciona frecuentemente con la creencia en el Diablo, especialmente durante la Edad Moderna, en que se desató en Europa una obsesión por la brujería que desembocó en numerosos procesos y ejecuciones de brujas, instituciones que se denominaron como «caza de brujas».
Sostiene que si bien este es el concepto más frecuente del término «bruja», desde el siglo xx el término ha sido reivindicado por sectas ocultistas y religi ones neopaganas, como la Wicca, para designar a todas aquellas personas que practican ciertos tipos de magias o adeptos a una religión.
Concluye que la brujería es una forma de espiritismo.
Acudiendo a los textos sagrados judeocristianos que han prohijado el desarrollo socioeconómico y político de Asia Menor, Europa y el hemisferio occidental, se encuentra en el Éxodo la prohibición concreta de la hechicería (en hebreo kasháf, ‘la que susurra’), es decir la práctica de, mediante invocar dioses o espíritus, o mediante fórmulas mágicas obtenidas gracias al conocimiento y la sabiduría supuestamente sobrenaturales, tratar de influir sobre personas y acontecimientos futuros.
En la Torah se establece que la hechicería debe ser castigada con la pena de muerte: «A la hechicera no la dejarás que viva». («Deuteronomio 18, 11-12 »).
La principal actividad de estas hechiceras era la necromancia o invocación a los muertos. En el Primer libro de Samuel 28. 1-25, se da cuenta de la historia de la bruja de Endor, a la que Saúl, contraviniendo sus propias leyes, recurrió para invocar al difunto profeta Samuel antes de una batalla con los filisteos.
“El hombre o la mujer que consulten espíritus de muertos o se entreguen a la adivinación, han de morir; serán apedreados, y su sangre caerá sobre ellos” (Levítico 20:27).
Por su parte, el Omnipotente expresa su animadversión con el fuego a una adivina y a quienes le han consultado (Isaías 47:8-15). Aunque quizás la historia más impresionante fascinante es la de Saúl, primer rey de Israel, quien acude a la adivina de Endor para consultar con los muertos. Ante tal desobediencia, el Altísimo es tajante y decide desposeerle de la corona y entregar su reino a los enemigos filisteos (1Samuel 28:3-19).
En el Nuevo testamento, hay muchísimas citas al respecto. Se revela la historia de cómo Pablo liberó a una muchacha del espíritu de adivinación que moraba en ella (Hechos 16:16-18), gracias a lo cual se atribuye que las personas que adivinan están poseídas por algún demonio que habita en su interior.
Las Escrituras también advierten que muchos de los que habían practicado la adivinación, se arrepintieron de sus pecados y quemaron sus libros mágicos públicamente (Hechos 19:18-20).
Como colofón puede afirmarse que en todos los casos, la magia es retratada -sin excepción- como poder maléfico a la luz de los sacros textos judeo-cristianos.
La recurrencia a la adivinación, a la santería, al espiritismo y sus magias correspondientes, al ocultismo, entre otras prácticas, de singular dimensión satánica, están llevando a la ruina aún a países otrora ricos, en nuestro vecindario.
Ante tanta oscuridad que nos tiene anestesiados o entenebrecidos, ¿tiene el Investigador extranjero de marras claridad al respecto en el sentido de que la práctica de la brujería es un mal que está fuera de concurso en la enorme lista de los males que nos aquejan?