El odio también vota
El marketing político contemporáneo descubrió que el odio también vota al desarrollar una maquinaria que transforma ciudadanos en audiencias, disputas en espectáculo, y adversarios en enemigos de valor existencial. En ese ámbito, la comunidad está en manos de la IA y de equipos de estrategia digital especializados en fabricar emociones de alta intensidad.
Los nuevos referentes del discurso conocen muy bien la efectividad de una acusación infundada, la puesta en escena de una teoría conspirativa o la indignación ruidosa que sustituyen la capacidad de deliberar acerca del bien común. Para infortunio de la mayoría, el mercado electoral se fundamenta en indicadores de la economía de la atención: la rabia se consume más que la razón.
Contrario a lo que balbucean algunos, la polarización es un producto trazado, envasado y distribuido de manera intencional a base de una narrativa sencilla que sostiene que todos los problemas provienen de la presencia del otro. La contradicción radica en que fracturar la sociedad exige mucho menos esfuerzo. En cambio, gobernar involucra presentar resultados, cifras incuestionables y asumir responsabilidades constitucionales.
La lógica parte de convertir al contrincante en una amenaza moral, atribuyéndole defectos insuperables e intenciones perversas. Lo que menos importa es discutir ideas o planes de desarrollo, porque la artillería ideológica apunta contra la supuesta encarnación del mal. En el fondo no se busca convencer, sino reforzar prejuicios y mantener agitaciones colectivas a partir de la desinformación.
En política, una mentira compartida por miles de personas es más rentable que una verdad respaldada por evidencia, ya que los hechos suelen ser complejos, mientras las invenciones exitosas se mueven como pez en el agua.
Lo paradójico es que la tecnología democratizó el acceso al conocimiento, a la vez que generalizó la capacidad de manipulación y el desinterés por la verificación. Es decir, la abundancia de datos no necesariamente produjo personas informadas, en ocasiones, engendró consumidores más eficientes de aquello que ratifica sus creencias previas.
Hace siglos varios filósofos afirmaron que el ser humano no siempre escudriña la verdad, tan solo busca sentirse validado. La actual arquitectura digital favorece los contenidos extremos, porque la atención (clics) se convirtió en una mercancía muy eficaz en sociedades desiguales.
Los estrategas no inventan nada nuevo sobre los miedos, las animadversiones y las obsesiones colectivas; únicamente ponen el espejo. Por ejemplo, unos demonizan a los empresarios y otros satanizan a los trabajadores en una cacofónica discusión imaginativa. La industria de la polarización prospera en la medida que existe demanda para sus productos.
Al final, el resultado es idéntico: ciudadanos que observan impasibles a quienes comparten una misma nación, pero pertenecen a otra postura ideológica. Por esto, el odio de clases es una mina de oro electoral en la explotación sistemática de resentimientos sociales.