25 de julio de 2026

Camino

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
25 de julio de 2026
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
25 de julio de 2026

 

El camino de su vida lo condujo a darle 92 vueltas al sol, haciendo gala de su creatividad, de su don de gentes y su capacidad para darle a quienes lo escucharon el placer de apoderarse de lo que dijo en notas musicales y en sencillos versos de fácil nemotecnia. 

Es que el tiempo fue pasando de prisa, como pasa el viento, se le fue consumiendo esa vida que supo de grandes responsabilidades desde cuando era apenas un muchacho de 18 años, a quien se le murió el padre y le dejó un total de 19 hermanos. Procreando a su progenitor le rindió  mucho la creatividad. 

Fue a la escuela, se graduó de bachiller, quiso dedicarse a la música pero su padre se mostraba contrario a la idea, pues había padecido las angustias y las necesidades de quien se dedica a la música como actividad  productiva. Su padre, Eugenio, había conocido desde siempre las necesidades que protagonizan quienes en nuestro medio se dedican al arte musical. 

Su padre, intérprete del contrabajo, miembro de diversas agrupaciones musicales ganaba poco y procreaba mucho. Se casó dos veces y en cada una de esas uniones tuvo diez hijos, para un total de veinte. 

Un día a Eugenio se le acabó la vida de manera súbita y se fue del mundo de los mortales sin despedirse de su esposa, Flor María y su hijo Héctor, con apenas 18 años, ya bachiller y con muchos deseos de ir a la Universidad para obtener un título y el aprendizaje que le dieran mayores oportunidades en la vida, debió buscar trabajo, en lo que más se facilitaba por entonces, que era el sector bancario, al que se vinculó sin dejar de lado su ganas de ser músico. 

Se hizo cargo de la manutención  de su madre y de siete de sus  hermanos. Tenía un salario fijo como empleado bancario y formó diversas agrupaciones de música colombiana con las cuales daba salida a su amor por las notas y los versos y con lo que se ganaba dando serenatas, que no era mucho, completaba lo que significaba estar a cargo de semejante responsabilidad familiar, cuando se tiene la vida en flor y el camino abierto a muchos destinos, lo que no le iba a ser fácil. 

Tuvo que echar al olvido su aspiración de ser un profesional formado en la Universidad. Em el Banco fue haciendo carrera y fue ascendiendo  en el empleo, son salarios satisfactorios, pero nunca suficientes para atender  los grandes gastos que demanda una familia tan numerosa.

Los amigos y el colegio habían quedado al lado, superados como etapa vital y sentía como el alma le iba definiendo sus perfiles, en los que apareció el amor de su vida, el único amor de su vida, en la que se inspiró y a la que le cantó todas sus canciones, Stella Lalinde, quien al conocerla apenas contaba con 16 años y decidió casarse con ese hombre apuesto, de pelo oscuro tirado hacia al lado izquierdo en una especie de coqueto peinado que era natural en la conformación de su cabeza, pero que le hacía dar ese aire de artista nacido artista. 

Nunca más se enamoró de mujer distinta a Stella Lalinde, a ella le cantó todo, incluso aquellas canciones que hablan de rupturas, nunca violentas, nunca descalificantes, nunca resentidas, pues en su lenguaje creativo jamás usó adjetivos que pudiesen denigrar de ningún ser humano. 

A Stella le dijo algún día en una de sus canciones que era lo mejor que le había sucedido y que estar a su lado era la mejor opción de ser feliz. Vivió enamorado de ella hasta el último minuto de su existencia, con ella al lado de su lecho de enfermo, tomándole la mano entre las suyas y diciéndole que podía marcharse de la vida, porque su camino había llegado a su destino final y como lo dijo uno de los grandes poetas colombianos, bien podía decir que la vida nada le debía y que nada le debía él a la vida. 

Con sus obras llegó a ingresar a ese selecto grupo de los más grandes compositores de Colombia y de pronto de habla hispana. Sus canciones pueden oírse en todas partes en español y más de una de ella ha sido llevada a las grabaciones en otros idiomas, sin perder sonoridad, ni mucho menos sentido poético. 

El bachiller del  Liceo Antioqueño, el hijo de Eugenio y Flor María, el padre de cuatro hijos, dos mujeres y dos hombres, todos profesionales y exitosos, el amante esposo de siempre de Stella Lalinde, se fue de la vida  el martes 21 de julio de 2026, apenas tres días después  de terminar de darle la vuelta número 92 al sol, como que había nacido el 19 de julio de  1934 en Medellín. El último sol que vió fue el del Municipio de La Ceja, donde vivía en sus últimos años, buscando un poco más de tranquilidad y disminuyendo el afán que las grandes ciudades genera en los seres humanos. El otrora integrante del Trío de Oro, se despidió con sus últimos acordes y pasó a ser inmortal, como  que se fue consagrado como uno de los más grandes compositores de todos los tiempos. 

El maestro Héctor Ochoa Cárdenas llegó hasta el final del camino de su vida y le legó a la humanidad  una obra cargada de gran creatividad y de mensajes positivos. Jamás comulgó con la ordinariez, ni con el reproche grosero a los amores que se acaban. Su obra gira alrededor de expresiones de amor a la vida, de entrega a los demás, de alabanza a la mujer amada, con quien siempre aspiró que de llegar a la vejez estuviera a su lado. Y la mujer de su vida, Stella Lalinde estaba allí, sosteniendo su ya débil y delicada mano. Stella lloró en silencio y el maestro se fue en ese mismo silencio. Un silencio que atenta contra los sonidos de las canciones. Se fue el autor, queda su obra. La inmortalidad es lo que hizo, lo que dejó, lo que cantó, lo que puso a cantar a los demás. 

Conocedor de la ausencia de oportunidades para los artistas no dudó nunca en ser el director general del Certamen “Antioquia le canta a Colombia”, en el que las oportunidades para muchos que apenas comenzaban fueron grandes y no dudó en compartir con ellos sus conocimientos y su forma de crear. Para el maestro Héctor Ochoa Cárdenas, crear canciones para que los demás se las apropiaran fue fue su pasión. Nunca le hizo caso al desengaño de su padre con la música y por el contrario se convirtió en uno de los autores mayormente interpretados en todos los espacios en los que se canta bonito, sin insultar a nadie, sin lamentarse de nadie, sin descalificar a la mujer que deja de amar, cantando siempre con el mayor  respeto por el otro, sin importar su nombre y/o género. Hizo canciones universales. Y universales se quedan, porque serán inmortales. 

El inventario de las obras compuestas por el maestro Héctor Ochoa Cárdenas es amplio. Un inventario siempre será una mera enumeración. El balance de lo que hizo hay que hacerlo en las canciones de su autoría que saben muchos y otros se aprenden con facilidad, por poseer la creatividad de quien lanza al mundo obras de arte para que los demás se las apropien. 

Baste con citar alguno de sus títulos para que usted, amable lector, traiga a su mente, con música incluida, algunas de ellas y seguir cantando aquellas que más le gustan. Suficiente con citar algunas pocas:

El Camino de la vida

Tú, lo mejor de todo

Muy antioqueño

Pase lo que pase

El amor no acaba

Aprendiendo a vivir

Orgullosamente mujer 

Bendito nuestro amor 

Después que me olvidé de ti

La nostalgia

A manera de simples citas de referencia, como para que se haga memoria y se comience a entonar alguna de esas notas. 

Cada que el maestro Héctor Ochoa Cárdenas terminaba una de sus canciones, tomaba la guitarra, se sentaba en la sala de su casa, al lado de su amor eterno Stella Lalinde, se la cantaba y ella daba el visto bueno. Nunca le rechazó ninguna. 

Y cada vez le decía que esa canción estaba inspirada en ella. El suspiro de Stella era siempre enorme y ella  le pagaba con un gran beso. 

En más de una ocasión, cuando alguien le interrogaba porque todas sus canciones eran con contenidos positivos, explicaba que eran fruto del amor, pues en casa, a más de la entrega de su padre y su madre, contó el exquisito amor de sus abuelos Eduardo y Mamá Lela. 

Cantar al amor es fácil, sobre todo todo cuando se ha sido amado y se ama con la entrega humana total. 

El maestro Héctor Ochoa Cárdenas  se ha marchado  físicamente. Queda  su obra que es inmortal y aunque “De prisa como el viento, van pasando, los días y las noches de la infancia, en los que un ángel nos depara sus cuidados y empieza a florecer un sueño. Llegan los hijos que son la bendición de la vida y luego se van a hacer sus vidas, por lo que es siempre será necesario pedir que si se llega a la vejez , el ser amado esté al lado de quien lo ha amado. 

Stella Lalinda estaba allí y los colombianos que lo queremos tanto también. 

Vamos a estar siempre, cantando sus canciones y dejándonos llevar por ese camino de la vida.