Parábola del tigre y la abeja
En este país tropical, con 54 millones de habitantes, un día se encontraron dos personajes disímiles del reino animal: el tigre y la abeja. Su naturaleza es por completo opuesta: mientras el tigre ostenta su título como el felino más grande del mundo, y puede pesar 350 kg., la diminuta abeja solo llega a 0, 2 g. El rugido del tigre puede escucharse hasta 3 km de distancia, mientras la abeja posee la virtud de permanecer callada en medio de este mundo locuaz y aturdidor.
El mayor rasgo del tigre reside en su cuerpo potente, musculoso y temible, que hace juego con su cabeza y patas enormes, en oposición al leve organismo de la abeja. Mientras el tigre atemoriza a la gente con sus bramidos estremecedores, la abeja succiona el néctar de las flores y recrea el paisaje con sus cadenciosos aleteos. Mientras el tigre es desmesurado, la abeja es un suspiro del viento.
En Colombia, más de 41 millones de habitantes están hoy habilitados para votar. El candidato que contaba con la mayor opción había sido asesinado un año atrás. Y vino el desconcierto nacional. Varios candidatos saltaron a la palestra, se escucharon propuestas y más propuestas, creció la insatisfacción por el mal gobierno reinante. Sin embargo, ninguno de los aspirantes lograba conquistar la suficiente adhesión de los electores.
De pronto, una voz de provincia, alejada del ajetreo político, apareció como la tabla de salvación y se convirtió en el líder indiscutible, aguerrido y audaz, claro y confiable. Decía lo que la gente quería oír. Al mismo tiempo que denunciaba la ola de corrupción que invadía la vida oficial, señalaba el incremento de la violencia guerrillera y los tremendos desafueros que se cometían por todas partes.
Abelardo de la Espriella era –y es– el hombre ideal para sacar a Colombia del precipicio. Bajo tal perspectiva, triunfó en la contienda electoral. Comenzó por conformar su gabinete con figuras notables y anunciar grandes reformas económicas y sociales. A este programa se unió el expresidente Álvaro Uribe, fundador del Centro Democrático. Pero el nuevo mandatario no quería alianzas con los partidos. Su primer paso fue buscar la elección de alguien de su confianza como presidente del Senado: Alfredo Deluque
Pero esta no era la persona que interesaba a Álvaro Uribe, cuyo partido cuenta con un número importante de curules para imponer otro nombre: Honorio Henríquez. La divergencia despertó fricciones entre ambos líderes. Era el primer pulso que iba a tener el presidente electo, que ostentaba el apelativo de Tigre, muy bien conferido dado su fuerte carácter en el manejo de su campaña.
“Si el Tigre ruge para acabar al Centro Democrático –dijo Uribe–, nos toca volvernos unas abejas laboriosas”. Resultado: el elegido fue la ficha de Uribe, a quien se unió el partido de Petro, el mandatario en ejercicio. Increíble, pero cierto. La política es dinámica. Tal hecho se convierte en el primer fracaso del nuevo mandatario. La moraleja es evidente: la minúscula abeja pudo más que el corpulento tigre. El episodio servirá de advertencia aleccionadora para el mandato presidencial que se inicia el 7 de agosto.