A propósito del mundial: Utileros
Los utileros son la tilde en la ú del fútbol así no aparezcan ni en el pasa del periódico. No les incomoda el anonimato. Se lo gozan. Su gloria es la de sus empleadores. Los memoriosos recuerdan al Ñato Álvarez y a Benigno Tamayo, del DIM, o a Ovidio Rendón, todo un caballero, del Santa Fe. Sus equipos hicieron tablas en el primer juego cuando Bogotá era un eterno aguacero.
Uno de los grandes del oficio fue “Bilardo” (en la foto), un “hombre a una nariz pegado”, que tuvo como mecenas a su colega el narigudo Salvador Bilardo, el técnico argentino que lo paseó por varios clubes; otros para el recuerdo son JJ Restrepo, “La Rata”, y Francisco Jaramillo, “Tara”, ambos del Nacional, Frías, del Júnior, Luis Vera, de La Equidad, Miguel Rodas, del Once Caldas…
En aquel tiempo, la primaria de estos imprescindibles empezaba por hacerles mandados a técnicos y jugadores. Les pagaban con la “liga”. Luego vendrían invitaciones por cuenta de los jugadores a acompañarlos en sus desplazamientos. Salario en especie. De los imprescindibles, decía Napoleón, está lleno el cementerio. Los utileros tienen su propio Walhalla)+.
Cuando el río Medellín venía en Caldas, la secundaria y la universidad consistía en pasar pruebas de honradez que empezaban por entregar completas las devueltas por mandados hechos. Se convertían en cirineos del utilero principal. No trataban de hacerle el cajón pero sabían que “nadie es eterno en el mundo”.
Los tiempos cambian pero los utileros de siempre hacen la maestría siendo diligentes, comedidos, están listos “pa las que sea”. Los que “rezan” al equipo ajenbo tienen el wasap de los miembros del santoral que les hacen milagros cuando en los pies de sus protegidos hay amnesia parcial de fútbol.
Deben ser divertidos para levantar ánimos alicaídos. Son bienvenidos quienes son más mentirosos que Cosiaca. A veces sonrisa da lo que natura no le presta al jugador al que le dan tratamiento de mascotas. Generalmente, son vivaces, voluntariosos, ayudan a correr un catre, si hay necesitan arriman el gato para cambiar una llanta. ¿Necesita una lágrima para paliar un dolor? Ellos le regalan un Niágara.
El utilero estrella les recuerda a los jugadores el cumpleaños de su amada. O del arrocito en bajo… (En Londres, los utileros con plata, que los hay, compran regalos para su amante en Harrods, para su mujer lo hacen en Marc & Spencer, algo así como la versión británica del san Victorino bogotano o El Hueco paisa).
Un equipo, según duchos en vestuarios como Alexis García, necesita mínimo dos utileros. Cada jugador maneja una babel de seis pares de guayos y seis uniformes semanales. Sin contar unos 40 balones, petos, estacas, cocas, tintas y demás parafernalia que demanda el balompié un juego tan viejo que le lleva ocho días a cualquier pirámide egipcia. Si falla el utilero el equipo irá “cuesta abajo en su rodada”.
Son toderos de profesión. Ganan puntos si tienen manos brujas para hacer masajes. Miman a los deportistas en sus lesiones, sanciones, castigos técnicos. Son su paño de lágrimas. Y como aguatero viene de su majestad el agua, pues son samaritanos que tienen siempre listo el líquido elemento para quien lo necesita. No importa el equipo donde sude los goles. Calman la sed venga de donde viniere.
Estos insólitos especímenes hacen las veces de sicólogos, siquiatras, perdonan sus pecados. Los acompañan hasta el cadalso y se ahorcan con ellos. Todo por el mismo sueldo.
Conocen la letra menuda del vestuario, pero saben que lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas. Gracias, anónimos utileros por su aporte al espectáculo. Mientras haya utileros, habrá poesía balompédica.