25 de junio de 2026

El voto del agotamiento

25 de junio de 2026
Por Octavio Cardona
Por Octavio Cardona
25 de junio de 2026

La noticia de estas elecciones no es quién ganó o quién perdió. La verdadera noticia es que millones de colombianos cambiaron de opinión y los datos lo demuestran.

La primera vuelta presidencial de 2026 registró la participación más alta de la historia reciente del país. Más de 23,9 millones de colombianos acudieron a las urnas. Una participación equivalente al 57,88 % del censo electoral.

Para entender el peso de la participación que tuvo la primera vuelta, hay que compararlo: en 2022 votó el 54,91 % del electorado; en 2018, el 54,2 %. El salto puede parecer modesto en porcentajes, pero en cifras representa más de dos millones de colombianos que esta vez decidieron participar cuando antes no lo hacían.

Eso derrumba una teoría que se ha repetido durante años: que la gente dejó de creer en la democracia. No. La gente sí cree en el voto. En lo que dejó de creer fue en que los problemas podían seguir esperando.

Las cifras de percepción ciudadana lo decían antes de que abriera una sola urna. Según el estudio del Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes y Eureka Group, realizado entre el 11 y el 30 de mayo con encuestas en 47 municipios, el 26,1 % de los colombianos consideraba que la salud era el problema más grave del país, por encima de la corrupción, segunda con 19,8 % y por encima de la inseguridad y el desempleo. A eso se sumaba que uno de cada dos colombianos se sentía inseguro en su ciudad, y que dos de cada cinco consideraban difícil conseguir empleo. No era una discusión ideológica ni un debate partidista. Era el reporte de una vida social, laboral y económica que no estaba funcionando.

Mientras la política discutía relatos, la gente preguntaba por soluciones. Y cuando las soluciones no llegan, las sociedades empiezan a cambiar de opinión.

Eso fue precisamente lo que ocurrió en Colombia. Porque estas elecciones no se explican únicamente por el crecimiento de un candidato. Se explican por el desgaste de una expectativa. Millones de colombianos que hace cuatro años depositaron su confianza en una propuesta política decidieron buscar otra salida, otra alternativa, otra solución. No necesariamente porque cambiaran sus principios. Simplemente dejaron de creer que el camino que habían escogido estaba resolviendo sus problemas.

Colombia no es una excepción, ahora sirve de ejemplo. En los últimos años hemos visto fenómenos similares en distintos lugares del mundo. Argentina eligió a Javier Milei. Ecuador eligió a Daniel Noboa. Estados Unidos volvió a confiar en Donald Trump. En todos esos casos existe un elemento común: ciudadanos inconformes que decidieron probar algo distinto. No siempre por convicción. Muchas veces por agotamiento.

Los resultados también muestran qué tan dividido sigue estando el país. En segunda vuelta, la diferencia final entre De la Espriella y Cepeda fue de apenas 250.830 votos, menos de un punto porcentual. Para dimensionarlo: es una cifra inferior a la población de Manizales. Una elección extraordinariamente cerrada para una nación de más de 50 millones de habitantes.

Por eso sería un error interpretar este resultado como una victoria absoluta de una visión sobre otra. Lo que ocurrió fue más complejo. Millones de personas enviaron un mensaje. Un mensaje sobre seguridad, sobre economía, sobre salud. Y sobre todo, un mensaje de confianza condicionada.

Ese mensaje debería preocupar a cualquier gobierno, sin importar su ideología. Porque los ciudadanos más difíciles de recuperar no son los que siempre estuvieron en contra, sino aquellos que alguna vez estuvieron a favor.

Tal vez esa sea la gran enseñanza de estas elecciones: que las democracias no cambian cuando los ciudadanos radicalizan sus posiciones, cambian cuando los ciudadanos cambian de opinión. Y cuando millones lo hacen al mismo tiempo, no estamos frente a una simple elección. Estamos frente a una advertencia.