Un personaje escritor en la novela «Omphalos»
Una novela que tiene un título extraño, Ómphalos, escrita por José Luis Diaz Granados, un autor colombiano con amplia trayectoria literaria, hace que el lector se meta de cabeza, como invitado a una fiesta de la palabra, en la vida de un escritor, el personaje central. Ómphalos, publicada por Caza de Libros, cuenta cómo un hombre llamado Nicolás Aédo, amante de la literatura, que se describe como un habitante más que camina por las calles de Bogotá, padre de dos hijos, escribe una novela donde habla de su familia, de sus angustias existenciales, de su trabajo con la palabra, de su círculo de amigos y, desde luego, de los fantasmas que habitan su cerebro cuando está escribiendo. Nicolás Aédo es un escritor cincuentón que se desvive por su hija Minana, y celebra verla crecer y hacerse mujer.
Cuando José Luis Diaz Granados me entregó esta novela en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, me llamó la atención su título. Yo tenía conocimiento de que José María Valverde había dicho que era una palabra de origen griego que significa “Ombligo”, y que la utilizó Julio Cortázar en el capítulo 3 de Rayuela como sinónimo de origen y centro. De ahí viene la expresión “Se cree el ombligo del mundo”, utilizada para describir a una persona egocéntrica o presumida, que se cree centro de atención. ¿Qué se puede escribir sobre el ombligo?, me pregunté. Al leer la primera página entendí que su argumento no giraba en torno a esa pequeña parte de nuestro cuerpo. Es una novela moderna en su escritura, donde Nicolás Aédo, el escritor, es un hombre humilde, que solo vive para escribir.
La pasión por la palabra del personaje creado por José Luis Diaz Granados se le despertó a edad temprana, como ocurre con la mayoría de los escritores. Nicolás Aédo, que a lo largo de la novela habla como el alter ego de quien lo crea, dice que siempre ha preferido escribir a vivir. Y señala que una vez, a las tres y media de la mañana, al despertar sobresaltado, tuvo que levantarse de la cama e ir hasta la cocina a tomarse un vaso de agua. Cuando regresa a la alcoba, como no logra conciliar el sueño, toma el libro La arboleda perdida, de Rafael Alberti, y se pone a leerlo. Del recuerdo que tiene de ese suceso, toma detalles como el de prepararle el tetero a su hija Minana para llevarlos al libro. Ella tiene apenas dos años y medio, y hace dibujos en hojas de papel. Desde niña demuestra inquietud mental.
¿Qué es la cotidianidad en un escritor? Lo que hace durante todo un día una persona que respira literatura por todos sus poros. Es hablar de lo que representa para él leer un libro, tenerlo en sus manos, acariciar sus páginas, meterse en el alma de los personajes, sentir cómo respiran y entender su pensamiento. Nicolás Aédo es, lo repito, el alter ego de José Luis Diaz Granados. Lo digo porque en la novela hay mucho de la vida del escritor nacido en Santa Marta el 15 de julio de 1946, que es primo de Gabriel García Márquez. En Ómphalos el personaje escritor dice: “Escribo esta novela para desterrar los demonios y poder respirar a mis anchas con mis ángeles jubilosos”. Esta es la primera clave que el autor le da al lector para entender el argumento de una novela que solo tiene tres puntos aparte.
Cuando se publicó, en cinco tomos, la poesía completa de José Luis Diaz Granados, García Márquez dijo que el autor del poemario El laberinto “es la poesía caminante”. Y tiene razón. En Ómphalos está el alma de un poeta eximio. Para mi, esta novela es poesía pura. Ahí radica el encanto de su escritura. Una prosa rítmica, que se convierte en poesía no solo en la descripción física de los personajes femeninos, sino en el lenguaje acariciante que utiliza para describir los ambientes en que ocurren los hechos. Veamos, como ejemplo, la descripción que hace del atractivo físico de quien fue su primera novia, a quien le daba besos detrás del mostrador de una tienda: “campesina de piel blanca, cabellos rubios y ojos verdes, con rostro de emperatriz egipcia, bella y risueña, a quien le daba versos en vez de besos”.
Ómphalos es una novela moderna en su estilo narrativo. Está escrita en primera persona. Allí se alternan varias voces que expresan sus alegrías y sus tristezas, como la del hijo de Nicolás Aédo, llamado Rodrigo, que también escribe, y de su esposa Bertha, que le ordena vestir a Minana y llevarla al jardín, lo que el escritor hace con amor. En la vida real, José Luis Diaz Granados tiene dos hijos, un hombre y una mujer. El varón se llama Federico, y es un poeta reconocido. Otra razón para afirmar que el personaje escritor de la novela es el alter ego del autor, como pasa con MaqrolI el gaviero, de Alvaro Mutis. Rodrigo, el hijo, habla en un corto monólogo sobre la pasión de su padre por la literatura, que él heredó, y de cómo él escribía, borraba y reescribía para lograr una frase perfecta.
Nicolás Aédo no es un diletante. Es un escritor consciente del valor de su trabajo creativo. Un hombre formado en intensas lecturas, que se cuestiona sobre su papel en la sociedad, que emite juicios sobre la obra de escritores que lo han marcado. Conocedor de la novela colombiana, señala que en los años sesenta nuestros novelistas navegaban entre dos aguas: “Los que querían contar una historia rural, con el tema de la violencia”, utilizando la narrativa tradicional, valiéndose de la narración en tercera persona, recurriendo a veces al monólogo y a los “diálogos entremezclados”. Y los que querían escribir como Vargas Llosa, Cabrera Infante o Juan Rulfo, jugando con los tiempos y los espacios, experimentando con el lenguaje, buscando otras formas de contar una historia.
Ómphalos es una novela que destaca las posibilidades expresivas del lenguaje. Los juegos con las palabras, que son constantes, dejan ver a un escritor conocedor de los secretos del idioma, que así como encuentra vocablos hermosos para exaltar un cuerpo de mujer, adjetiva con propiedad cuando escribe sobre una mujer no afortunada con la belleza. José Luis Diaz Granados maneja en este libro un erotismo de fina factura, donde la descripción del acto sexual no peca por excesos verbales que le quiten encanto a la prosa. Comparándola con Las puertas del infierno, una novela de alto contenido erótico publicada en 1985, finalista en el Premio Rómulo Gallegos en 1987, coinciden en las excelentes descripciones físicas de los personajes. Se advierte en estos dos libros su dominio de la prosopografía.