24 de junio de 2026

El vendedor de humo

24 de junio de 2026
Por Polito de Miranda
Por Polito de Miranda
24 de junio de 2026

 

A pocas semanas de entregar el poder, el gobierno de Gustavo Petro entró en una carrera contra el calendario. Los contratos se firman a último momento y los logros ocupan titulares, especialmente en los medios públicos. Anuncios de inversiones en obras como túneles o proyectos de infraestructura inundan X, aunque no se haya entregado un peso por parte del gobierno central para su realización. La intención es evidente: proyectar la imagen de una administración transformadora y ejecutora. Sin embargo, existe una realidad difícil de ocultar: no se puede materializar en los últimos meses aquello que no se logró durante varios años. Los gobiernos no se juzgan por la intensidad de su cierre, sino por los resultados acumulados a lo largo de su mandato. La historia no suele recordar las intenciones; recuerda aquello que efectivamente mejoró la vida de los ciudadanos.

Si algo caracterizó este gobierno fue la magnitud de las expectativas que despertó. Se prometió una transformación profunda del país, una nueva forma de gobernar y una ruptura con las prácticas del pasado. El discurso fue ambicioso, seductor y, para millones de colombianos, esperanzador. Cuatro años después, la pregunta que me hago es esta: ¿dónde están los resultados proporcionales a la magnitud de esas promesas? Sería deshonesto negar que hubo algunos avances puntuales. Pero también resulta difícil ignorar que muchos de los logros más visibles surgieron donde prevalecieron los equipos técnicos, la experiencia y la gestión profesional, y no de las grandes apuestas ideológicas que dominaron el relato oficial.

Ese contraste expone uno de los problemas centrales del cuatrienio: la tendencia a confundir el activismo político con la capacidad de administrar. Gobernar no es hacer campaña. Dirigir el Estado exige conocimiento institucional, planeación, experiencia y ejecución. Durante estos años se instaló la idea de que la convicción ideológica podía reemplazar la experiencia y que la voluntad política bastaba para resolver problemas complejos. El resultado fue exactamente el contrario: proyectos retrasados, decisiones improvisadas, alta rotación de funcionarios y una administración que con frecuencia parecía aprender sobre la marcha mientras gobernaba un país de más de cincuenta millones de habitantes.

La principal lección de estos largos años es que un país no puede administrarse como una tertulia donde las ideas más fantasiosas reciben los aplausos más fuertes. Gobernar exige algo mucho menos romántico y bohemio: convertir las palabras en resultados. Como en Macondo, la frontera entre la realidad y el relato comenzó a desdibujarse. Trenes de última generación, transformaciones estructurales inmediatas y promesas de rediseñar el país surgieron con una facilidad que contrastaba con la complejidad de ejecutarlas. Pero la administración pública no funciona bajo las reglas del realismo mágico. Los presupuestos, las obras, la seguridad y el crecimiento económico obedecen leyes mucho menos poéticas. Los colombianos presenciamos lo que pareció una feria en la que la principal atracción fue el vendedor de humo, ese personaje capaz de convencer a una multitud de las virtudes de un producto que nadie ha visto funcionar.

También existe una lección política. Gobernar exige convicciones, pero también la capacidad de escuchar. Durante buena parte del mandato, las críticas provenientes de sectores empresariales, académicos, técnicos e incluso de antiguos aliados fueron desestimadas como resistencia al cambio o simples ataques de la oposición. El problema de ignorar sistemáticamente las voces discrepantes es que se pierde la posibilidad de corregir errores antes de que se conviertan en asuntos mayores. Ningún partido se desgasta únicamente por la fuerza de sus adversarios. También se debilita cuando deja de escuchar y termina convencido de que todo consejo es una amenaza y toda diferencia una muestra de mala fe. Hoy, cuando los colombianos han respaldado en las urnas un proyecto político ubicado en las antípodas ideológicas del petrismo, surge otra pregunta: ¿fueron los oídos sordos del gobierno el comienzo del declive de la izquierda en Colombia? 

Esta misma desconexión entre el relato y la realidad se hizo evidente en materia de seguridad. Mientras crecían las preocupaciones por el fortalecimiento de grupos armados ilegales, la expansión del narcotráfico y el control territorial de organizaciones criminales, las respuestas parecían insuficientes frente a la magnitud del conflicto. Solo cuando comenzó la carrera por la sucesión presidencial empezaron a multiplicarse los anuncios sobre capturas, operaciones y golpes contra estructuras ilegales. Toda acción efectiva contra el crimen merece reconocimiento. Pero también resulta legítimo preguntarse si estamos observando los frutos de una estrategia sostenida o un esfuerzo tardío por construir una imagen de eficacia cuando este tiempo político ya está llegando a su esperado fin. 

Los colombianos no evaluarán los últimos meses del gobierno Petro. Evaluarán cuatro años completos. Y cuando se haga ese balance, la pregunta no será cuántos discursos se pronunciaron ni cuántas promesas se formularon. La pregunta será qué cambió realmente.

Al final el humo tiene una ventaja: puede ocupar todo el escenario durante un tiempo. Pero también tiene una limitación inevitable: termina disipándose. Y cuando desaparece, solo queda la realidad.

Ese será el verdadero legado de esta administración. No el que intentó narrar, sino el que fue capaz de construir.