Constituyente primario
Desde que me desconozco, es la primera vez que me margino de unas elecciones. Baño tempranero, desayuno de solitario, escogencia de la pinta al ritmo de tin marín de do pinguë, cúcura, mácara, títere fue. Y a construir país votando por la que dijo Uribe.
Cuando prendí el televisor a las cinco en punto de la tarde, el enemigo personal de los gatos, el exateo y hormonado abogado De la Espriella, nuestro Bukele criollo, le llevaba más de 300 mil voticos de ventaja al que dijo Petro. Agoté las existencias de valeriana.
Las encuestas que daban por seguro ganador a Cepeda habían sido derrotadas 5-0. Era la segunda vez que este pecho votaba por una representante del eterno femenino para presidenta. Las muieres deben gobernar el mundo, clamaba García Márquez.
Ya había votado por Noemí Sanín. Trabajé en la campaña de La Placentera, significado de Noemí en arameo. Entré como jefe de prensa y casi termino ejerciendo el bello oficio de señora del tinto. A medida que avanzaba la campaña iban apareciendo los cacaos y cacaas del periodismo.
Como creía en el triunfo me sentía funcionario público: mínimo, inspector de zócalos de Palacio. Desde ese cargo conocería la letra menuda del poder. Después escribiría mis memorias, sería rico, ganaría premios, me besuquearían las reinas de belleza, recorrería mi pueblo, Montebello, en carro de bomberos, etcétera. No se dieron las cosas. Uribe arrasó. Yo volví al asfalto. La doctora Noemí pasó a la clandestinidad acompañada de su chapetón, don Javier Aguirre, joder.
Cubrí como cinco campañas políticas, empezando por la de Pastrana Borrero. Desde que salía el sol estaba en modo elecciones. Nunca me esperaban en casa. Reportaba dónde votó el candidato, qué dijo, qué calló, la ropa que llevaba puesta, si tenía mal aliento, si había sido infiel la noche que ya pasó. Me iba a roncar solo cuando daba el último boletín de la Registraduría.
En estas elecciones, las primeras en 52 años sin la Gloris, mi mujer, decidí darme un merecido sabático: voté y me olvidé del mundo y sus vanidades electorales. ¿Qué hacer un día de elecciones distinto a votar? Primero, redistribuí el ingreso con el peluquero del barrio. Los cuatro pelos que me acompañan con fidelidad del perrito de la Víctor, pasaron a mejor vida. Nada de barbera para pulir el corte. Me siento decapitado. Que no falte el corrientazo meridiano de cero estrellas Michelín.
En el menú incluí el encanto de montar gratis en metro. Pasé revista a todos los estratos sociales. Y sentado. En días comunes, los usuarios no nos ceden el puesto a los viejos: simulan estar clavados en sus pantallas, o dormidos. La incultura metro en todo su esplendor.
Para la segunda vuelta repetiré el menú después de votar en glorioso blanco.