23 de julio de 2026

El golf me salvó la cabeza

28 de julio de 2025
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
28 de julio de 2025

 

A finales de los años setenta, como Teniente Coronel, fui destinado como  Director de la Escuela Nacional de Carabineros, situada en la antigua hacienda de “La Pequeña Victoria”, en Suba, al norte de Bogotá, donde sucedí a mi compañero, el Coronel de Carabineros Carlos Ardila Dimaté, oficial de brillante trayectoria, destacado por su ejemplar desempeño al frente del prestigioso centro de formación policial, cuna de los Carabineros de la Policía Nacional de Colombia, una de cuyas iniciativas más perdurables fue la adecuación de los primeros tres hoyos de un rudimentario campo de golf, para lo cual se aprovechó una franja de terreno disponible. En ese momento, se sembró la semilla de los cultores de ese deporte en la oficialidad la Policía Nacional, porque hasta entonces, los policías que practicaban esta disciplina, entre otros, los Generales Bernardo Camacho Leyva y Humberto Valderrama Nuñez, Directores Generales de la Institución, además de los generales Manuel Tulio Salinas Cantín, Luis Felipe Estupiñán Fuertes, Enrique Gallego Hernández, Guillermo Muñoz Sanabria y otro creciente número de “afiebrados”, debían apelar a costosas membresías de clubes que dispusieran de este tipo de instalaciones, usualmente de complejo, oneroso y muy especializado mantenimiento.

Utilizamos entonces las facilidades disponibles en nuestra casa y con la colaboración de los mandos institucionales y las lecciones de algunos instructores y practicantes del singular deporte, se logró mantener los campos, “greenes”, “fairways” y trampas de agua y arena del trazado en razonables condiciones de mantenimiento y operación. Durante mi gestión al frente de la dirección de dicha Escuela de Carabineros, dispuse que los oficiales alumnos de los cursos de la especialidad de Carabineros, recibieran clases en disciplinas que en mi opinión, servirían como útiles instrumentos de socialización en los futuros entornos en los que debería desempeñar sus funciones un oficial de la Policía Nacional de Colombia, aparte, obviamente de las materias profesionales apropiadas para desempeñar eficientemente los deberes de un buen comandante policial en cualquier frente donde su presencia y liderazgo fueran necesarios. 

Por tanto, en determinados días y jornadas extra curriculares, los oficiales debían asistir a prácticas de golf, baile, y etiqueta, actividades dirigidas por sendos instructores de cada especialidad. En principio, algunos pensaron que tales ejercicios, especialmente el baile y la etiqueta, eran lujos innecesarios, aunque años más tarde, algunos de ellos reconocieron a ultranza las razones y beneficios de tales prácticas, como valiosas herramientas en el equipaje cultural, el comportamiento y buenas maneras esperados en un caballeroso oficial de policía. Cuando cesaron mis labores en dicha escuela, fui destinado como Comandante del Departamento de Policía Risaralda, en cuyo Club Campestre, los Comandantes y oficiales de esa Unidad fuimos siempre bienvenidos y generosamente acogidos, por lo cual, cuando las condiciones del servicio lo permitían, acudí a practicar mi discutible condición de golfista en el agradable campo de ese centro social, situado en las afueras de Pereira, dotado en ese entonces con tan solo solo nueve hoyos. 

En ese momento se realizaron las elecciones de 1980 para elegir Presidente de la República, congresistas, diputados y concejales, por lo cual la Institución activó los planes operativos para superar con éxito tan delicadas responsabilidades en todas las unidades de policía del país. Ese día, el evento electoral transcurrió tranquila y pacíficamente en Pereira y en todo el territorio departamental, así que, pasada la medianoche, me retiré a descansar a mi alojamiento dentro de las instalaciones de la sede del Comando del Departamento. A eso de las cuatro de la madrugada, llamó a mi puerta el Mayor Atilio Rubiano, gentil y distinguido subalterno, subcomandante de la unidad, quien me informó sobre una novedad en el Coliseo Cubierto, sede provisional de las arcas tri clave, que contenían la totalidad de sufragios de la ciudad. Inmediatamente me dirigí al lugar y la escena que encontré me dejó perplejo. Una de las arcas había sido saqueada y los sufragios se encontraban regados por todo el piso del coliseo debido a una intempestiva ráfaga de viento que se coló por algunas puertas del edificio. ¿Qué fenómeno había provocado semejante desastre?

A esas horas de la madrugada llamé a sus hogares al gobernador de Risaralda y al Alcalde de Pereira para ponerlos al tanto de la situación y rescaté de su reposo al Registrador Departamental del Estado Civil quien, luego de examinar personalmente la insólita escena, me informó que por fortuna, el arca manipulada era la única que ya estaba escrutada y su contenido debidamente contabilizado y registrado en las actas correspondientes. La investigación inicial logró establecer que el joven Teniente a cargo de la vigilancia del Coliseo Cubierto había cedido ingenuamente a los encantos y la simpatía de una atractiva candidata al Concejo de Pereira, quien con promesas y almibarados arrumacos lo convenció de la necesidad de distraer momentáneamente a los policías responsables de la seguridad del local, mientras algunos de sus cómplices intentaban la malograda operación de saqueo y cambio de votos. 

A primera hora del día siguiente informé telefónicamente del caso al General Víctor Alberto Delgado Mallarino, Subdirector General de la Policía Nacional, quien me remitió al Director General, Francisco José Naranjo Franco, quien, razonablemente indignado por lo ocurrido, me pronosticó de qué males iba yo a padecer y qué círculo de horrores y sufrimiento merecía y me esperaban en el infierno.  Me ordenó esperar y atender la inminente llegada del Inspector General, Manuel Tulio Salinas Cantín, a quien, en esas condiciones, imaginé como un apocalíptico ángel exterminador armado de espada flamígera, encargado de cobrar mi cabeza. 

Resignado y esperando lo peor, a primera hora de la mañana me fui al aeropuerto “Matecaña” a esperar la llegada de la comisión investigadora. Al descender del avión, luego de los saludos protocolarios de rigor, el General Salinas Cantín, caballeroso oficial y golfista de raca mandaca, ordenó a uno de los Inspectores delegados de su comitiva, encargarse de adelantar las diligencias necesarias y aparte, me dijo al oído, “Alvarez, mande por su talega de golf y vamos a tirar unas bolitas al Club Campestre…”  Siguiendo sus instrucciones, partimos para el Club Campestre y dimos dos vueltas a los nueve hoyos disponibles y, luego de un almuerzo ligero, salimos rumbo a Armenia a desafiar los dieciocho hoyos del cálido y hermoso campo de golf del Club Campestre de esa ciudad. Regresamos de esa excursión por la noche, lapso durante el cual el eficiente equipo de asesores, adelantaron y perfeccionaron las diligencias e investigaciones reglamentarias del resbaloso caso. 

¿Qué enseñanzas recibí y a qué conclusiones llegué luego de vivir una situación tan preocupante y singular? Pues nada menos, creo yo, que a pesar de sobrevivir en tiempos tan revolcados y convulsos y gracias al golf, aún conservo la cabeza en el sitio acostumbrado… ¡Gracias respetados golfistas buenos y malos..! ¡Mil gracias admirado Roberto De Vicenzo..!  ¡Mi gratitud y mis respetos, recordado Jack Nicklaus..!