4 de junio de 2026

El sueño del reno

14 de junio de 2024
Por Jaime Jurado
Por Jaime Jurado
14 de junio de 2024

El otoño se despide con la música suave del viento y con un amarillear de las últimas hojas que quedan en los árboles de la cordillera Sayán, norte de Mongolia, hogar de los tsaatán, uno de los lugares más helados del planeta. El cierzo cesa de repente, se enreda en las ramas doloridas de los árboles y desaparece la lluvia que oscurecía y azotaba sin piedad la montaña. El frío aumenta y anuncia un invierno más de los muchos que ha vivido Bat, el jefe del pequeño clan. Es de rutina preparar el modesto equipaje y a los renos para la migración al abrigo de la Montaña Dorada en que se resguardarán en la estación invernal pero ahora Sandret, el reno tutelar que protege a su familia no parece en condiciones de emprender la marcha que se iniciará pronto.

El animal ha recorrido miles de veces la montaña pero ya no quiere moverse. Por su parte, Bat no tiene problemas para guiar al clan pues nació con las montañas en la cabeza y los senderos ya grabados en la mente. Es como si la convivencia de su pueblo durante más de tres mil años con los renos y con las montañas se resumiera en su estampa enjuta y en su memoria ancestral. Emprenden el viaje agotador que durará hasta cuando el sol se ponga dos veces.  La jornada es dura e intensa, personas y animales se cansan y el viejo astado cojea, pero la Madre Naturaleza es rica y sabia; Bat, que disfruta el silencio porque cree que se puede hacer volver un reno que ha huido pero nunca se puede recuperar una palabra que ha salido de la boca, hace una oración corta y sentida y el animal saca sus últimas fuerzas hasta llegar al nuevo campamento.

Allí estarán a salvo de los lobos y soportarán mejor las tormentas de nieve y es el momento de prepararse para los grandes fríos y para ello deberá desplazarse al poblado mongol distante tres días a lomo de reno. Un grito agudo de Hou, el hijo mayor, lo hace correr a donde el animal agoniza. Las miradas se cruzan y con tristeza confirma que es la despedida del símbolo de la paz y la tranquilidad que los ha acompañado durante largos años. Sandret entrega a sus protegidos como último gesto de amor todo su cuerpo sacrosanto y la cornamenta que se convertirá en amuleto familiar. Su espíritu ha regresado a donde pertenece, al bosque profundo. Ahora Bat tiene que apresurarse para encontrar otro santo que sea el guardián de la felicidad familiar; sin mascota su esposa Gerelma y los hijos estarán desprotegidos.

El jefe emprende la marcha con su hijo, el perro y tres renos. Van cargados con las astas cortadas a los demás miembros del rebaño, que trocará con el comerciante por los productos básicos que le deben durar hasta el próximo año. No quiere dejar a su familia sin un guardián con cuernos pero tampoco puede escoger uno nuevo al azar. Más inquietante aún es que no sabe cómo hacerlo y solamente tiene claro que se le debe revelar durante el sueño y apenas recuerda vagamente algunas indicaciones que le diera su padre antes de entregar su alma al gran espíritu, momento mismo en el que le legó a Sandret hace ya quince años. No puede consultar con nadie más el procedimiento porque es solo un conocimiento que se transmite de padre a hijo.

El padre solía cortar un árbol que había perdido el alma como una manera de estimular un sueño revelador. La naturaleza está llena de señales y hay que saber reconocerlas; halla un roble seco y lo tala para hacer de su madera una escultura; tal vez así ayudará a descifrar las pistas mientras duerme.

Al llegar a casa del comerciante mongol se repite la historia de siempre: un largo regateo que dura horas mientras su hijo y la niña del anfitrión juegan en el patio. Finalmente se obtiene un acuerdo y Bat obtiene los preciados abastos mientras el viejo comerciante logra las cornamentas para a su vez venderla como afrodisíaco a chinos rijosos.

 

Hoy no tiene tiempo para celebrar el negocio bebiendo durante días con el mercader como hacía su padre, así que solamente comparte una copa de licor casero. Está preocupado, su familia no tiene aún el amparo de un animal sagrado y en busca de luces decide ir al lugar en el que descansa el alma de su padre. Cuando un tsaatán muere, su cuerpo es enterrado bajo un árbol como ofrenda a la naturaleza. Arriba al sitio pero tiene miedo de que el sueño con el reno santo no llegue nunca. Entre tanto, el sonido que sale de la trompetilla de su escopeta al soplarla delicada y a la vez enérgicamente se repite en eco que atraviesa la arboleda y se confunde con el ulular de búhos lejanos.

¿Oirá la montaña su llamado?

Ahora piensa que si le roba el alma a un reno salvaje, tal vez pueda pasarla a uno de los suyos para convertirlo en su protector.

¡Ahí está, a pocos metros, majestuoso y alerta, con sus cuernos sobresaliendo entre el sotobosque, un ejemplar magnífico que parece olisquear el peligro! Nerviosamente pone el dedo en el gatillo y la mirada en la presa pero en el momento decisivo el disparo falla y el animal se hace humo ladera arriba. En ese mismo instante todo parece una ilusión porque ve como en un sueño a su querida hijita, Borte, avanzar entre brumas llevando sal en la mano derecha y dándola tiernamente en la boca a uno de los renos familiares mientras con la izquierda le acaricia la felpa de las mejillas. ¡Sí! No desmerece para nada al que se ha salvado del tiro, es elegante y fuerte, de un café rojizo cruzado por una banda de blanco brillante y su mirada ambarina brilla en destellos de amor por los humanos que debe resguardar de todo peligro.

Sin duda es Él, Natura, la memoria chamánica del progenitor y la sabiduría ancestral de su pueblo no le han fallado.

Por fin retornan a casa felices de comunicar a la familia y al clan entero la buena nueva. El breve saludo es seguido por la ceremonia de consagración: poner en el lomo del gran ciervo un cuenco lleno de y hacerlo andar hasta que el recipiente caiga. Si da con el suelo con la cara mirando al cielo es buena señal y puede dar el paso siguiente. Luego dar tres vueltas a la tienda familiar conduciendo de cabestro al animal y ya la protección está asegurada. Finalmente se ciñe al cuello del protector una cinta blanca que lo distingue entre sus congéneres.

Así es esta vez. El recipiente observa desde el suelo el más fulgurante sol de los venados mientras los rayos de oro anuncian que el astro irá a iluminar el otro lado del mundo como continuará haciendo en tanto el pueblo tsaatán siga hermanado con los renos en las montañas Sayán.

Este relato es una adaptación escrita y propia del documental “Un invierno tsaatán” de Jacques Malaterre que puede verse en youtube https://los tsaatan y los renos sagrados, señores de los animales.