Usiacurí poscalderón
Entre los repliegues de la memoria de mis primeros años está Usiacurí, pueblo atlanticense que mi padre mencionaba como destino final del poeta Julio Flórez Roa. Mi progenitor se sorprendía tanto de la sonoridad de la denominación del municipio como de su escogencia como domicilio por parte del chiquinquireño, que venía de vivir y tener reconocimiento en ciudades grandes y de codearse con lo más granado de la intelectualidad en Colombia, América Latina y otras partes del mundo.
Aun cuando visitarlo se convirtió en un deber que tarde o temprano cumpliría, ese proyecto se hizo más urgente cuando leí hace pocos años la crónica de viaje del salamineño Tomás Calderón titulada Un aniversario doliente. En ella escribió a raíz de los 29 años de la muerte de Flórez, en nota publicada en La Patria en 1952 su decepción con el sitio elegido por el vate, describiendo la localidad como “un sitio triste, reseco, sin horizonte”, con un ambiente “áspero y hostil a toda inspiración”, en el que “hay que bañarse en medio del pantano mientras navegan los cerdos en la charca horrible”. (Tomás Calderón, una antología. Pedro Felipe Hoyos Körbel)
Con este telón de fondo tan poco halagüeño pero a la vez con la esperanza de que la situación hubiera mejorado en los más de 70 años transcurridos, recientemente pude cumplir mi autopromesa, con resultados mucho mejores de los esperados.
En efecto, al apreciar su rica artesanía y admirar desde el mirador anexo al templo los techos de muchas casas pintados con hermosos murales, resulta más que merecido el apelativo de “pesebre del Atlántico” que la publicidad le da al municipio. A él se arriba por una amplia carretera rodeada de verde de todos los colores como diría Aurelio Arturo. Su plaza central está enmarcada por la casa museo Julio Flórez, convertida en monumento cultural e histórico, por los tres pozos de aguas medicinales que le dan fama y por la casa colombo-japonesa que recuerda a los primeros inmigrantes que llegaron a Colombia desde el país del sol naciente.
La respuesta al enigma de por qué el famoso versificador fue a dar con sus huesos a un lugar tan recóndito nos la da amablemente Giselle, dueña de la finca La Natividad en la que nos hospedamos. Refiere con gran lujo de detalles y amplio conocimiento de la historia local, que a su regreso de Francia en 1909, obligado por la fase terminal de lo que en su momento se conocía como dispepsia gástrica y ahora se llama cáncer estomacal, en Puerto Colombia alguien le informó a Flórez que en un pueblo cercano había unas aguas reconocidas por su poder sanador. Con la esperanza si no de una cura total, por lo menos de alguna mejoría, emprendió la dura travesía en burro que duró once largas horas y finalmente recaló en el sitio que lo albergaría el resto de sus días. No fueron pocos, porque finalmente la parca no llegó tan rápido y le dio tiempo para casarse con una lugareña, Petrona Moreno, y tener con ella cinco hijos: Cielo, León Julio, Divina, Lira y Hugo.
Resultó claro que al menos ciertas funciones de su cuerpo recuperaron (¡y en qué forma!) su vitalidad.
Lo importante es que el hombre de letras pasó de ser un poeta atormentado y taciturno que siempre vestía de negro y escribía poemas fúnebres (“A veces melancólico me hundo en mi noche de escombros y miserias y caigo en un silencio tan profundo que escucho hasta el latir de mis arterias”) a convertirse en alguien que disfrutó la vida familiar y la paz que le brindó su nuevo hogar. Tanto así que vivió feliz hasta 1923, año en que fue declarado por Colombia poeta nacional y pudo incluso darse el lujo de recibir la corona de laurel que lo honraba como tal y que se envió al pueblo apresuradamente al recibirse en Bogotá la noticia de su muerte, que en realidad sucedió poco después de que se ciñera él mismo el merecido reconocimiento.
Dos de sus poemas parecen escritos por personas distintas: Flores negras y Mi retiro en el monte. El primero, que incluso frente a otros en que se regodea entre melancolías de la más profunda bilis negra, tumbas y esqueletos, no es tan triste (“Oye, bajo la ruina de mis pasiones y en el fondo de esta alma que ya no alegras, entre polvo de sueños y de ilusiones, brotan entumecidas mis flores negras”) refleja un estado de ánimo totalmente distinto al que se transpira en el segundo. Allí su optimismo y gusto por la vida son explícitos al decir gozoso: “La mentira social, el placer mismo cien veces apurado en una hora, me arrancaron del fondo del abismo, lanzándome a la selva redentora. Hoy mi canto es más puro, es más sereno, porque es ahora mi pensar más sano”. (Roberto Restrepo, Julio Flórez: la historia del último poeta romántico, a 100 años de su muerte en La Crónica del Quindío)
Finalmente nuestra curiosidad sobre la etimología del topónimo queda también aclarada por la gentil Giselle, quien nos cuenta que corresponde a la unión de las palabras indígenas: usía que significa señoría y urí, nombre del cacique de la tribu mokaná que habitaba la región a la llegada de los colonizadores.
Nos despedimos del sitio con la alegría de conocer ese rincón de nuestro país que se había instalado desde la niñez en mi mente y con la satisfacción, que podría compartir Tomás Calderón si viviera, de saber que la localidad que acogió en vida y ahora alberga en su suelo a ese compatriota que “vivió en olor de estrofas con arquitectura de pino”, ya no es el lodazal en que se revuelcan los cerdos, sino el pueblo que enorgullece a su departamento y a toda la nación, entre otras razones, por haber hecho renacer al “acordeón tocado por un ángel” en la etapa final de su romántica parábola vital.
Ahora el aire ya no tiene olor porcino sino aroma dulce a mango, poesía, artesanía, cordialidad y belleza ambiental, así sea a veces sazonado con música estridente que difícilmente podía faltar, porque “eche, estamo en el Caribe, no jooda”.