4 de junio de 2026

El riesgo como forma humana de existir

Psicóloga. Maestrante en psicología clínica. Cursando formación en logoterapia y análisis existencial. Investigadora en neurociencias. Miembro de la Red Colombiana de Mujeres Científicas. Líder de iniciativas de desarrollo social y educativo en Manizales.
19 de octubre de 2022
Por Viviana Andrea Arboleda Sánchez
Por Viviana Andrea Arboleda Sánchez
Psicóloga. Maestrante en psicología clínica. Cursando formación en logoterapia y análisis existencial. Investigadora en neurociencias. Miembro de la Red Colombiana de Mujeres Científicas. Líder de iniciativas de desarrollo social y educativo en Manizales.
19 de octubre de 2022

 Es posible que en nuestro actual momento vital sintamos que nos arrepentimos de no haber tomado algún riesgo en un punto concreto del pasado. Si bien es cierto que dar un salto de fe ante lo diferente da miedo, es de esta manera como nos permitimos abrirnos ante nuevas posibilidades de ser. En la cotidianidad usamos refranes como “el que no arriesga un huevo no obtiene un pollo”, o “la peor diligencia es la que no se hace”. Estos dichos populares cobran mayor sentido cuando, con el paso del tiempo, sentimos que seríamos una mejor versión de nosotros mismos si hubiéramos asumido algún riesgo existencial.

Al puntualizar en tomar riesgos no estoy haciendo una apología de la osadía exacerbada, aquella con la que se actúa de manera impulsiva sin medir las consecuencias de los propios actos. Lo que defiendo es esa necesidad inherentemente humana de autotrascender, en aras de hacer realidad alguna meta, lo cual solamente es posible cuando nos arriesgamos a existir de manera diferente. En la cotidianidad evidenciamos la constante necesidad de arriesgar. También observamos las pérdidas de oportunidades que muchos experimentan por obedecer a sus miedos y preferir la permanencia en la zona de confort. Teniendo esto en cuenta, he decidido referirme a dos contextos en los cuales identifico un temor recurrente a la toma de riesgos: el afectivo y el laboral.

En el contexto afectivo, la posmodernidad nos ha vendido la idea de que el vínculo amoroso es como un grillete que restringe nuestro caminar libre por la vida. Con frecuencia se emplea un lenguaje que promueve, de manera directa o indirecta, la idea de huir de cualquier relación seria para no involucrar los sentimientos. Si bien las conductas posesivas en el contexto afectivo son tóxicas y dependientes, la premisa del encuentro sin vínculo engrandece el miedo y celebra las actitudes evitativas de aquellos que se dejan vencer por sus temores al compromiso, creyendo que así no saldrán lastimados. Al no tomar una decisión afectiva por miedo, la persona ya está decidiendo. Es posible que se esté cerrando ante la posibilidad de realizar un valor de experiencia a través del resonar afectivamente con el calor de otro ser humano, algo de lo cual podría arrepentirse con el paso de los años.

Otro riesgo que muchos no se atreven a asumir está relacionado con el contexto laboral. Es innegable que la situación actual presiona a muchas personas a aceptar casi cualquier oferta de empleo que parezca brindar una solución a la apremiante situación económica que atraviesan. No obstante, algunos empleados soportan los malos tratos de sus superiores con tal de permanecer en sus puestos de trabajo. Otros se mantienen en un empleo con el que no se sienten conectados y que no hace parte de su proyecto de vida, mientras los años pasan y las posibilidades se van agotando. Es en estos casos cuando es necesario hacer una pausa y preguntarse si es preferible que los días sigan pasando sin descubrir en ellos un sentido, o si es mejor atreverse a una posibilidad diferente que quizás permita conectar el propósito vital con el trabajo. Aunque un cambio de situación laboral requiere un buen cálculo de los gastos, el realizar valores existenciales a través del empleo es un reto que vale la pena asumir.

Tal como en el amor y en el trabajo, el tomar riesgos en otros ámbitos de nuestra vida nos permite enfrentar nuestros miedos y descubrir nuevas maneras de existir. Somos libres para decidir si permitiremos que nuestros temores nos limiten, o si nos arriesgaremos a algo que, aunque incierto, puede ser significativamente valioso. De esta manera nos permitiremos ser auténticamente humanos, en la manifestación de la autotrascendencia como capacidad que nos conecta con la realización de nuestra voluntad de sentido.