Las paradojas de la existencia
El ritmo frenético de la cotidianidad nos deja poco tiempo para hacer una pausa y reflexionar sobre nuestro ser en el mundo. Con frecuencia sentimos que cada semana vuela y que, en tanto llegamos a julio, el año se nos va. Sin embargo, cuando nos detenemos a pensar en nuestras carencias, lo que nos sobran son frases cargadas de razones por las que nos sentimos inconformes e incompletos. Expresiones como “yo sería feliz si tuviera…”, o “ solamente hasta que tenga esto o aquello mi vida tendrá un significado”, demuestran cuánto nos preocupamos por el futuro y cuán poco nos ocupamos de nuestro presente.
Cuando nos enfrentamos a una situación límite como la pérdida de un ser querido, el despojo de nuestros bienes materiales, el desplazamiento forzado de nuestro territorio, una crisis económica, una enfermedad o un accidente que reduce nuestra movilidad, comenzamos a extrañar aquello que teníamos y que, por corretear para todos lados en el quehacer cotidiano, no habíamos captado. El vivir una situación límite nos permite ampliar nuestro campo fenoménico para empezar a darnos cuenta de que, finalmente, no estábamos tan carentes e incompletos como creíamos. Con esto no estoy haciendo una apología de la tragedia o del sufrimiento, sino una reflexión sobre la importancia de vivir el presente, el aquí y el ahora, para darnos cuenta de lo valioso que nos rodea y que muchas veces damos por sentado.
Hace un par de días releí dos párrafos de “La superación de la indiferencia”, uno de los libros del filósofo y logoterapeuta Alexander Batthyány. En su texto, el autor hace referencia a la finitud de la vida y al sentido de la existencia humana. Es paradójico que, cuanto menos hemos descubierto el sentido de nuestra vida, más necesidad tenemos de encontrarlo en tanto sabemos que el fin de nuestros días se acerca. Como lo refiere Batthyány, esto se debe a la necesidad inherentemente humana de encontrar un para qué vivir, no importa cuán cerca estemos de arrostrar la muerte. Ante una situación de este tipo, la típica frase posmoderna “no tengo tiempo” se relega a un último plano para darle paso a la ubicación de nuestro ser en el espacio-tiempo presente y comenzar a percibir aquello que le otorga verdadero significado a nuestra existencia.
La vida constituye el escenario ideal para aprender, desaprender y simplemente ser. Somos nosotros quienes decidimos si lo transitaremos a toda velocidad o si nos detendremos a buscar el horizonte que nos permita dar respuesta a la pregunta del para qué estamos aquí. Por esta razón, mi invitación es hacer una pausa, a parar un momento para ver aquello valioso que tenemos: la posibilidad de movernos, la oportunidad de contemplar el mundo a través de nuestros sentidos, la presencia de nuestros seres queridos, los saberes que hemos construido a través de nuestra vida, entre muchas otras posibilidades. Es menester de la existencia humana detenernos un instante para activar nuestros sentidos, nuestro corazón y nuestra mente para captar aquello con lo que contamos. De este modo, nos permitiremos ser más agradecidos, más felices y con mayor apertura para descubrir el sentido de nuestra vida.