8 de junio de 2026

Eudoro Galarza Ossa, el primer mártir del periodismo colombiano

Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
16 de octubre de 2015
Por Orlando Cadavid Correa
Por Orlando Cadavid Correa
Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
16 de octubre de 2015

 

Crédito: UMCentral Universidad de Manizales

El periodista antioqueño Eudoro Galarza Ossa, el primer mártir que tuvo el periodismo colombiano en el siglo XX por cuenta de la intolerancia, jamás imaginó que moriría en su propia oficina del centro de Manizales, a sus 43 años de edad, a manos de un oficial del Ejército, institución a la cual sirvió con fervor patriótico en la flor de su juventud.

Transcurridos diez años del cruento suceso, en sonada audiencia, en Bogotá, el notable penalista Jorge Eliécer Gaitán –en la que sería la última defensa de su vida, en los estrados judiciales- obtuvo la libertad para el verdugo de Galarza (el teniente Jesús María Cortés Poveda), justo a las dos de la madrugada del mismo 9 de abril de 1948, cuando se produjo, once horas después, el magnicidio del caudillo liberal que desembocó en el dantesco “Bogotazo” que partió en dos la historia del país.

La gigantesca asonada gaitanista que transformó a la capital en un verdadero apocalipsis echó por la borda una ofensiva editorial que contra la decisión judicial preparaba el diarismo nacional.  Las mejores plumas coincidieron en que el veredicto proferido como resultado de una defensa que tuvo más oratoria que argumentos, según el historiador Arturo Álape, era una afrenta a la memoria de don Eudoro. Curiosamente, la muerte de Gaitán opacó la noticia de la absolución del homicida.

Galarza Ossa nació en Caramanta, municipio del suroeste antioqueño, en 1895.  Su familia se radicó en Manizales en 1911, cuando él contaba 16 años.  Encontrado apto para la milicia, en un sorteo ordinario, se fue a pagar el servicio militar obligatorio.  A su regreso se dedicó a hacer sus primeras armas en el periodismo caldense.  Tenía una facilidad innata para la escritura.  Actúo como redactor de los diarios El Eco y Renacimiento.  Fue corresponsal en Caldas de El Espectador y El Tiempo.  También le atraía la política.  Llegó a ser concejal de la  ciudad por el Conservatismo.

Se casó con Magdalena Jiménez, unión de la que hubo tres hijos: Nora, la mayor, que falleció en Bogotá; Lucía, radicada en la misma ciudad, y Helí, quien ejerció la abogacía en la urbe cafetera vecina del Volcán del Ruiz.

Don Eudoro murió violentamente, en Manizales, el 12 de octubre de 1938, a las tres de la tarde, en su despacho de director del diario La Voz de Caldas, que según su único hijo varón funcionaba en la planta inferior de una vieja casona situada donde hoy se erige el edificio del Banco Agrario, en la carrera 23 entre calles 20 y 21.  Sin embargo, algunos historiadores ubican la sede del trágico episodio en un punto adyacente al Hotel Escorial, en la carrera 21 con la calle 21.

Galarza fundó el diario en 1925 en asocio con el famoso impresor Arturo Zapata, quien al poco tiempo desistió de la aventura editorial.  Los mismos historiadores reseñan que el periódico circuló durante trece años, entre 1926 y 1939, y colapsó por falta de apoyo económico.  La publicación empezó a morir tras el asesinato de su máximo orientador.

En la edición de esa trágica jornada el cotidiano con el nombre de emisora publicó una nota elaborada por su jefe de redacción, Gonzalo Jaramillo Jaramillo, (futuro director de La Patria y gobernador de Caldas), en la que se denunciaba el mal trato que daba a la tropa el teniente Cortés Poveda, quien había abofeteado en público al joven Roberto Restrepo, un soldado del Batallón Ayacucho.

El irascible militar acudió a la sede del diario, lleno de indignación, y exigió que se rectificara la versión, porque la hallaba injuriosa e infamante, pero el director, sin saber que tomaba una fatal determinación, apoyó al subalterno autor del escrito, basándose en la seriedad inobjetable de sus fuentes.  El teniente Poveda desenfundó su revólver de dotación y le propinó dos disparos en el cuello.  Galarza quedó bañado en sangre, con su rostro metido en el teclado de su máquina de escribir, y el agresor abandonó precipitadamente la sede del cotidiano conservador.  Fue llevado de urgencia a la Clínica Restrepo, (aledaña al periódico), pero resultaron inútiles los esfuerzos de los médicos por salvarle la vida, debido al carácter mortal de los impactos.  El episodio causó conmoción en Manizales y el país.  Se trataba del primer asesinato de un periodista en Colombia.  El baño de sangre no ha parado: en los últimos treinta años, han muerto violentamente en el país alrededor de 100 comunicadores.

El maestro Silvio Villegas hizo esta bella síntesis del periodista sacrificado por la intolerancia militar:

“Eudoro Galarza nació en un chivalete y se alimentó con tinta de imprenta.  El periodismo fue su facultad dominante y a él se entregó con alma, vida y músculo.  Su aprendizaje de escritor lo hizo desde las noticias sociales hasta la columna editorial.  La franciscana pobreza que llevó con dignidad de hidalgo no le permitió una formación universitaria, pero fue un  autodidacta que aprovechó todas sus horas para adquirir los variados conocimientos que exige el periodismo moderno.  Especialmente se destacó en la crítica literaria, afrontando sonoros debates con maestros de reconocida pericia.  Su prosa, como los aceros de combate, era ajustada, estricta, sin arandelas, que impidieran el triunfador avance”.

La apostilla: Se necesitaron diez años para que la justicia, perversamente influenciada por el centralismo bogotano, profiriera un fallo absolutorio para el militar que segó, en estado de indefensión, la vida de un periodista ejemplar que para el ejercicio de su profesión siempre tuvo como única arma, además de su amada máquina Remington,  la verdad y nada más que la verdad.
Un día estábamos en la revista Vea esperando los últimos toques del cierre semanal, cuando alguien nos llamó, sin identificarse, y nos dijo que a Osvaldo Gómez Gómez lo habían visto caminando sin norte por los lados de Popayán. La noticia nos dejó con una mezcla extraña de alegría y dolor. De alegría, porque ¡por fin! sabíamos de él y de dolor, porque ya llevaba cuarenta y cinco días sin saber absolutamente nada de él y teníamos la certeza de lo habían “desaparecido”…
Tratamos de comunicarnos con las autoridades caucanas, pero la respuesta fue siempre la misma: “No sabemos nada de su paradero”. Y desde entonces, de Osvaldo jamás volvimos a saber nada.
A Roberto Camacho Prada lo asesinaron en Leticia y de inmediato el Gobierno dio la orden de iniciar la investigación hasta las últimas consecuencias- léase “exhaustivas”-, pero hasta hoy nada ha sucedido.

Y así un rosario interminable de asesinatos que, aunque no lo crean, la cifra ya sobrepasa fácilmente los doscientos colegas. ¿Y las investigaciones? Ahí siguen su curso en forma “exhaustiva”, como la de Orlando Sierra que aunque se les reduce el cerco a los implicados, ellos se siguen paseando por nuestras calles como si nada hubiera pasado y sin ponerle cuidado a los dedos acusadores que diariamente los señalan como autores de este infortunado crimen.

Y si sumamos el número de asesinatos con el de aquellos colegas que han tenido que huir del país asilados y exiliados, la cifra sobrepasa fácilmente los 500 en los últimos veinte años. Ligia Riveros, por ejemplo, que con el dolor del alma debió dejar a su amada Colombia porque las amenazas crecieron de tal forma que ella alcanzó a sentir el frío del cañón del arma que se iba a disparar…
Y si a esta cifra le agregamos la de los colegas censurados, despedidos y silenciados, podemos llegar sin sobresaltos al millar, cifra que, por cierto, nos debe preocupar a todos, no sólo a los mismos colegas sino al país entero.

Recuerdo que una ocasión logré entrevistar al teniente Jesús María Cortés Poveda quien le había dado muerte al primer periodista en Colombia, el 12 de Octubre de 1938. Era Eudoro Galarza Ossa quien dirigía La Voz de Caldas y recibió dos impactos mortales a manos del uniformado. Diez años después el oficial fue defendido por Jorge Eliécer Gaitán quien lo sacó libre con el argumento de que el periodista había “ofendido el uniforme militar”. Cuando lo entrevisté, cuatro décadas después, le dije que si se volvía a presentar esta situación él lo volvería a asesinar y me dijo con firmeza que sí “pues el uniforme es para respetarlo”…

Sin palabras…