El país que recibe Abelardo
Hay presidentes que concluyen dejando una gran obra. Otros en cambio una gran crisis. El Gobierno del Cambio llegará a su fin dejando un país exhausto, un Estado bajo sospecha y una administración que desde ahora está siendo sometida a una minuciosa auditoría.
El desgaste no fue producto de un solo hecho. Fue el resultado de cuatro años en los que la confrontación sustituyó a la gobernabilidad y el conflicto terminó convirtiéndose en un método de gobierno. Cada semana traía una nueva polémica. Cada discurso anunciaba un punto de quiebre. Cada consejo de ministros era presentado como un acontecimiento histórico y cada enfrentamiento con el Congreso, las cortes, los medios o los organismos de control era convertido en una batalla decisiva. Cuando todos los días se presentan como históricos, la historia pierde significado. El ciudadano deja de distinguir entre lo verdaderamente trascendental y el simple ruido. Así se fue agotando el país.
Los resultados terminaron reflejando ese desgaste. La salud, llamada a ser la gran bandera del cambio, quedó atrapada entre la incertidumbre de la reforma, las intervenciones a las EPS y las crecientes dificultades para acceder a medicamentos y tratamientos. La educación tampoco logró materializar las transformaciones prometidas y quedó marcada por problemas de ejecución y resultados inferiores a las expectativas. La seguridad volvió a deteriorarse en amplias regiones mientras la llamada paz total dividía al país entre quienes la veían como una apuesta necesaria y quienes la consideraban una política que debilitó la autoridad del Estado frente a los grupos armados.
Pero el mayor deterioro no estuvo únicamente en los sectores sociales. También alcanzó el corazón mismo de las instituciones. La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres dejó de ser una entidad técnica para convertirse en el mayor símbolo de corrupción del cuatrienio. RTVC quedó atrapada en controversias permanentes sobre el manejo de los recursos públicos y su independencia editorial. Las Fuerzas Militares atravesaron episodios que abrieron serios cuestionamientos sobre la conducción del sector Defensa. Ninguno de esos hechos, por separado, explica el ambiente que hoy vive Colombia. Lo que realmente pesa es la suma de todos ellos. El país apenas alcanzaba a asimilar un escándalo cuando otro ocupaba su lugar. La excepción terminó convirtiéndose en rutina.
Ese es, probablemente, el verdadero legado político del Gobierno del Cambio. No solo deja problemas sin resolver. Deja una profunda erosión de la confianza pública. Gobernar también consiste en administrar la estabilidad institucional, preservar la credibilidad del Estado y ofrecer certezas a los ciudadanos. Cuando la confrontación permanente sustituye esa estabilidad, el desgaste deja de ser exclusivamente político y se convierte en un problema nacional.
Por eso el verdadero balance de esta administración apenas comienza. Los gobiernos suelen escribir su propia versión de la historia mientras ejercen el poder, pero el juicio más exigente, sin embargo, empieza cuando termina el mandato y las instituciones examinan los hechos concretos. Ese momento ya llegó. El presidente electo Abelardo de la Espriella decidió poner en marcha una auditoría forense sobre la administración que recibe. No se trata de una revisión contable rutinaria, sino de un examen integral del manejo de los recursos públicos, de la contratación y del estado real del aparato estatal. La conformación de un comité de empalme del más alto nivel y el respaldo técnico del Banco Interamericano de Desarrollo para fortalecer ese proceso reflejan la magnitud de la tarea que enfrenta el nuevo gobierno.
La auditoría no reemplaza a los jueces, ni a la Fiscalía, ni a los organismos de control. Tampoco constituye una condena anticipada. Lo que representa es algo políticamente mucho más profundo: la decisión de empezar el nuevo gobierno mirando primero las cuentas, los contratos y los archivos, obviando los discursos victoriosos de cierre de la administración Petro. Ninguna presidencia entrante quisiera que su primer legado fuera una revisión forense de la gestión pasada. Sin embargo, ese es el punto de partida de la transición que ya comienza.
Este es el país que recibirá Abelardo De La Espriella. Una nación cansada de la confrontación, con instituciones sometidas a un intenso escrutinio y una ciudadanía que espera menos épica y más resultados. El Gobierno del Cambio ya está de salida. El relato oficial también. A partir de ahora, el legado de estos cuatro años dejará de escribirse en los discursos y comenzará a hacerlo basado en los expedientes, las auditorías, las investigaciones de los medios de comunicación y en la capacidad y celeridad de las instituciones para establecer la verdad y determinar las responsabilidades a que haya lugar.