Dividir o inspirar: dos maneras de gobernar
Lo más llamativo del momento político colombiano es que uno de sus protagonistas todavía no ha llegado a la Presidencia y, aun así, ya está logrando algo que el presidente saliente nunca consiguió: despertar entusiasmo. Mientras Gustavo Petro termina su mandato aferrado al lenguaje de la confrontación, Abelardo de la Espriella habla de confianza, excelencia, disciplina, justicia y grandeza. Uno sigue invitando al país a mirar hacia atrás; el otro insiste en mirar hacia adelante.
El contraste quedó en evidencia incluso en los últimos discursos de Petro. Lejos de ofrecer una visión de futuro, volvió sobre las mismas banderas que marcaron todo su gobierno: la lucha de clases, los agravios históricos, los culpables de siempre y la idea de que Colombia sigue dividida entre opresores y oprimidos. Su mirada permanece anclada en conflictos, batallas y heridas del pasado, muchas de ellas ya saldadas por la historia, mientras los desafíos que hoy amenazan al país exigen respuestas distintas.
Abelardo de la Espriella, en cambio, pone el acento en la justicia del presente. Habla de enfrentar sin ambigüedades a los grupos armados ilegales, de combatir el narcotráfico, de restablecer la autoridad del Estado y de hacer que quienes hoy desafían la ley respondan ante ella. No propone ajustar cuentas con generaciones anteriores, sino resolver los problemas que hoy impiden que Colombia avance. Esa diferencia no es menor: una visión gobierna desde las deudas del ayer; la otra desde las urgencias del presente.
Ningún país prospera cuando su principal conversación gira alrededor de las culpas heredadas. La historia debe conocerse y entenderse, pero no puede convertirse en una condena permanente para generaciones que no participaron de esos errores. Una nación que vive instalada en el ajuste de cuentas termina creyendo que el pasado pesa más que el futuro y que el éxito de unos solo puede explicarse por las injusticias cometidas contra otros.
Los grandes líderes no administran el resentimiento; administran las expectativas. Consiguen que las personas vuelvan a creer en sí mismas, descubran oportunidades donde antes solo veían obstáculos y entiendan que el mérito, la disciplina y el esfuerzo siguen siendo el camino más sólido para transformar una sociedad. Los ciudadanos no necesitan que les recuerden cada día por qué están frustrados; necesitan razones para creer que pueden llegar más lejos.
Puede parecer un simple cambio de lenguaje, pero no lo es. Las palabras de un gobernante terminan convirtiéndose en el estado de ánimo de una nación. Si desde el poder se repite que todo está determinado por la injusticia histórica, la explotación y el enfrentamiento, la sociedad termina viendo enemigos por todas partes. Si, por el contrario, el mensaje es que existen oportunidades, que el talento puede abrirse camino y que la ley debe imponerse a quienes hoy amenazan la libertad de los ciudadanos, millones de personas encuentran motivos para emprender, invertir, innovar y asumir riesgos.
La política del resentimiento tiene una ventaja: moviliza emociones inmediatas. Siempre habrá un culpable a quien señalar y una deuda histórica que reclamar. Pero rara vez produce prosperidad. La política de la responsabilidad es más exigente porque obliga a asumir compromisos, fortalecer las instituciones y defender el Estado de derecho frente a quienes hoy pretenden reemplazarlo por la violencia o el crimen. Esa es la única base sólida para construir una sociedad donde cada generación pueda vivir mejor que la anterior.
Al final, esa es la verdadera diferencia entre un político y un líder. El primero necesita mantener viva la confrontación para conservar apoyo. El segundo inspira a las personas a superarse y las convence de que el futuro puede ser mejor que el pasado. Porque los países no cambian únicamente por las leyes que aprueban sus gobiernos. Cambian, sobre todo, cuando quien los dirige logra que la nación deje de vivir prisionera de sus viejas batallas y empiece a resolver las que realmente importan hoy.