24 de junio de 2026

Los güeveros también tienen su historia

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
24 de junio de 2026
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
24 de junio de 2026

Practiqué el fútbol con dudoso éxito. Me decían que “perriaba” mucho, me tildaban de personalista a morir. Con lo que aprendí en los peladeros de fútbol en mi niñez, creo saber lo suficiente para disfrutarlo. Nunca me desvelaron tácticas ni estrategias.

No sé si me retiré de la práctica de ese deporte, o el fútbol se retiró de mí. Lamento admitir que nadie derramó una furtiva lágrima por mis goles.

Como jugador me lucí como güevero o palomero. Ignoro qué María Moliner de barrio nos bautizó así. O sea, era el sujeto que vivía en permanente fuera de lugar, tratando de pescar en el rio revuelo de defensas distraídas. Por eso mi gran aporte al fútbol sea acabar con el fuera de lugar. Es la muerte del fútbol. El off side (por su nombre en inglés) es el no fútbol, le resta dinámica, paraliza el partido como la pausa de hidratación que se inventaron los negociantes para el mundial que se juega en Norteamérica.

También hacía aportes como interior derecho, expresión desparecida de la jerga deportiva. O daba una mano como medio centro o defensor. Todos prestábamos servicio militar futbolístico en todas las posiciones. Llegábamos a casa luciendo las charreteras de patadas aleves, pantorrillas llenas de cicatrices, cabeza descalabrada, el dedo gordo hecho una miseria. Éramos nazarenos que jugábamos con los pies descalzos para ahorrar zapatos. Como el Nobel Camus.

Debo confesar que la portería y la franja izquierda siempre me fueron esquivos. Mi pie izquierdo fue un turista más en la cancha. Nada hay de Messi -ideólogo de la pierna izquierda- en mi hoja de vida. He sido marxista línea Groucho, no Carlos. Tengo más de payaso que de ideólogo.

En cualquier plaza nos sentíamos cómodos, felices.

Lo importante era darle patadas al cuero hasta quedar exhaustos. Los partidos empezaban con la salida sol y terminaban en su ocaso.

Aprendimos en la universidad del potrero. Nos gustaba más el fútbol que la mujer del prójimo. O comer con los dedos.

Clonaron nuestro fútbol figuras como el mencionado Messi, el lesionado Neymar, el portugués Ronaldo, Pessoa del gol. El gamín del Rooney, flamante excapitán de la selección inglesa, fue de los nuestros. Lo mismo el Pibe Valderrama, Alexis García, James, Etó, Ibramovich. A pesar de que todos ganan salarios obscenos jamás nos han dado crédito a quienes les abrimos el camino.

Nos trataban mal a los hueveros, como nos dice benévolamente Mario Alario Di Filippo en su “Lexicón de colombianismos”. El cura se negaba a escucharnos en confesión, o se excedía en la penitencia.

Pero éramos la sal del cuento. Imprescindibles como los dos tercetos en un soneto, o el “rouge” en los labios de la mujer fatal. Sin nosotros no había goles. Dábamos la puntada final. La historia ha sido tacañísima con el gremio del güevero. Esperamos estatua. Nos la merecemos.