La Guerra Contra la Aspiración
Cuando el éxito deja de ser una meta
Hay una forma de populismo que no busca sacar a las personas de la pobreza, sino convertirla en una identidad política permanente. No intenta abrir caminos hacia el progreso, sino sembrar sospechas sobre quienes logran avanzar. Por eso resulta tan revelador que, en los últimos días, algunos ataques de Cepeda y su campaña contra Abelardo de la Espriella se hayan concentrado en algo tan trivial como su forma de vestir. Como si usar una prenda de marca fuera una falta moral. Como si la prosperidad debiera ocultarse para no incomodar a quienes aún no la han alcanzado. La discusión, sin embargo, nunca será realmente sobre lo que la gente use. Es sobre algo mucho más profundo: la incomodidad que genera la prosperidad cuando se convierte en una realidad visible.
En el momento en que un dirigente político decide convertir un gusto particular a la hora de vestirse en tema de debate nacional, no está hablando de moda. Está enviando un mensaje. Está sugiriendo que el problema no es la pobreza sino quien consigue superarla. Es una estrategia tan antigua como efectiva: convencer a los votantes de que la superación ajena constituye una ofensa personal. En lugar de preguntarse cómo crear más profesionales exitosos instala la idea de que el verdadero enemigo del país es aquel que han logrado construir fortuna. El resentimiento reemplaza a la aspiración como motor de la conversación pública.
La contradicción es evidente. Durante años hemos visto a dirigentes de izquierda utilizando ropa de diseñador, accesorios exclusivos y disfrutando de los privilegios que acompañan el poder. Nadie debería cuestionarlos por ello. El problema no es la prosperidad legítimamente alcanzada, sino aquella que proviene de la corrupción o del abuso de los recursos públicos. Fuera de eso, cada persona tiene derecho a disfrutar del fruto de su trabajo. La controversia entonces surge cuando aquello que resulta perfectamente aceptable para unos se convierte en motivo de reproche y cuestionamiento porque el protagonista es su adversario político.
Además, las personas no se visten únicamente para exhibir estatus. La buena presentación es una muestra de respeto hacia quienes nos rodean. También es una expresión de autoestima, dignidad y valoración. El cuidado de la apariencia no depende necesariamente del precio de lo que se use. Puede encontrarse en un traje costoso o en una camisa sencilla. Lo importante es el mensaje que transmite: consideración hacia uno mismo y hacia los demás. Convertir esa decisión personal en un juicio moral dice mucho más de quien señala que de quien es señalado.
Lo verdaderamente revelador es que esta visión no se limita a una polémica pasajera. Escuchar a Gustavo Petro o a Iván Cepeda hablar de desigualdad, privilegios o estructuras de poder es habitual. Escucharlos exaltar la excelencia, la competencia, el mérito o la aspiración individual es considerablemente escaso. El énfasis siempre está puesto en explicar por qué algunos tienen más, no en cómo lograr que todos los colombianos lleguen a tener lo que hasta ahora no han alcanzado. ¿Dónde está el reconocimiento a los empresarios que generan empleo, a los emprendedores que arriesgan su patrimonio, a los grandes profesionales o a los deportistas que representan al país en la élite mundial? Con demasiada frecuencia, sobresalir parece convertirse en motivo de sospecha antes que de admiración.
Como este tema me ha dado vueltas en la cabeza esta semana me detuve en el fragmento de una entrevista que le hicieron a Abelardo de la Espriella en la que, al fondo, se apreciaba una obra del maestro Carlos Jacanamijoy. Más allá de las diferencias ideológicas que puedan existir entre ambos, me llamó la atención algo elemental: el reconocimiento sincero del talento. El candidato elogió la calidad artística del pintor y dejó claro que la posición política del artista no lo hace su enemigo ni disminuye el valor de su trabajo. Esa respuesta de De La Espriella refleja una cuestión importante: la calidad de una obra no depende de las convicciones de su autor, así como el éxito empresarial, académico o profesional no debería convertirse en motivo de sospecha. Una sociedad madura reconoce el mérito donde existe, incluso cuando discrepa de quien lo encarna.
Vale la pena además señalar esta otra paradoja. Las obras de Jacanamijoy, como las de muchos grandes maestros contemporáneos, alcanzan valores que las sitúan fuera del alcance de la mayoría de los colombianos. Son objetos de lujo, están creadas sin duda para ser exhibidas en espacios de poder y riqueza. Nadie se los reprocha. Por el contrario, las ventas de estas les han permitido producir más, vivir de su trabajo y ser prósperos. Sus vidas son una demostración de que el talento y el trabajo pueden ser justamente reconocidos por el mercado.
Una nación no avanza enseñando a sus ciudadanos a desconfiar del mérito. Lo hace enseñándoles a alcanzarlo. Ningún país ha salido adelante educando a sus jóvenes para resentir el éxito; todos han progresado enseñándoles a perseguirlo. La verdadera discusión no es sobre una marca de ropa. Es sobre el tipo de país que queremos construir. Se trata de elegir entre uno que premie el esfuerzo, la excelencia y la aspiración legítima de progresar, o uno que convierta el logro en sospecha y el resentimiento en identidad política. Los países que avanzan transforman el éxito en inspiración colectiva. Los que se estancan dedican más tiempo a señalar a quienes ascienden que a mostrarles a los demás cómo ascender también.