El síndrome del mal perdedor
Hay una diferencia esencial entre un líder democrático y un extremista aspirante al poder. El primero, cuando pierde, acepta las reglas del Consejo Nacional Electoral; mientras que el segundo cuestiona las evidencias y los datos fácticos porque no lo condujeron a la victoria. La verdadera prueba de convicción y acatamiento de las normas legales no sucede el día del triunfo, sino en la madrugada de la derrota, en la que se revela la estatura moral, el carácter político y el compromiso auténtico con el Estado de derecho
El mal perdedor es una figura nociva para la estabilidad institucional debido a que interpreta la derrota como una afrenta personal que debe ser combatida a cualquier precio. Como punta de lanza, este personaje desgasta los recursos previstos por la ley, cuestiona las veedurías internacionales e intenta poner palos en la rueda del sistema electoral.
El resultado legítimo de la voluntad popular o la decisión de la mayoría de los ciudadanos golpea el ego del derrotado. En vez de revisar cuáles fueron los errores, qué hizo insuficiente la propuesta y cómo se desgastó el discurso proselitista, sale a buscar culpables en otro lado: los organismos electorales, las instituciones, los medios de comunicación, el código fuente, la Misión de Observación Electoral, el respaldo de Trump, el fenómeno de El Niño, etc.
Durante años ha participado en distintos procesos electorales: recibió financiación, realizó extensas campañas y buscó votos bajo las reglas actuales. Por arte de magia, hoy descubre que todo está corrompido, que la democracia es disfuncional e imperfecta y, en especial, que la maquinaria fraudulenta fue diseñada para impedir la continuidad de su proyecto ideológico. Es el mismo libreto de supuesta víctima incomprendida. En definitiva, puro estiércol verbal, narrativa emocional y herramienta política redundante a fin de alimentar la indignación de sus seguidores.
Vendrá otro período presidencial echando leña al fuego, deslegitimando a las diferentes ramas del poder y acusando a los organismos electorales de instrumentos al servicio de una élite corrupta. ¡Como si tuviera autoridad y altura moral para hacerlo! «El que es, no deja de serlo», dice la expresión coloquial.
¡Nada de relax! Este método de proceder representa una grave amenaza contra el Estado social de derecho, dado que las democracias sobreviven gracias al ejercicio de la ley y en virtud de los consensos básicos que despliegan el espíritu de la Constitución. Cuando un líder fracasado prefiere destruir la confianza de la ciudadanía para preservar su capital político, el daño alcanza a cada rincón del territorio. El asunto no consiste en aportar pruebas verificables, ya que el Pacto Histórico quiere convertir en rehén de su frustración a toda la sociedad. Así que pocas cosas resultan más peligrosas para la república que un dirigente incapaz de aceptar que perder las elecciones forma parte del mandato ciudadano. ¡Fuera Petro!