Las damas primero
(En la mañana del domingo 8 de marzo de 2026, antes de salir hacia nuestro lugar de votación, mi esposa me atizó un codazo en los riñones porque había olvidado saludarla con motivo del “Día Internacional de la Mujer”. Por eso debí desempolvar y actualizar el sentido de la siguiente nota, para tratar de expiar mis culpas y mi lamentable capacidad de información).
Desde los primeros años de infancia en el entorno familiar, he llevado grabado a fuego en las entrañas el inalterable principio de la indiscutible precedencia femenina en cualquiera de las interacciones normales de la vida en comunidad dentro de una sociedad civilizada. Eso significó que en el caso del hogar paterno, la dueña de la última palabra en cuestiones de administración, política, gobierno, educación y disciplina fue siempre mi madre, quien asumió estas responsabilidades con constancia e inflexibilidad espartana y ante cualquier desliz o ligereza, corregía el entuerto con la oportuna rúbrica de tal cual chancletazo en las costillas o en las corvas, cuando se estilaban desnudas e indefensas en los remotos tiempos del desventajoso imperio del pantalón corto.
De ahí en adelante, se fueron imponiendo principios tan inmutables como el viento y las mareas, que obligaban a los niños bien educados y a los caballeros bien portados a adoptar gestos y a afinar maneras de sencilla ejecución y práctica, tales como saludar, otorgar el paso y la acera, franquear la entrada y salida por cualquier puerta y ceder el asiento en toda ocasión y circunstancia a las damas presentes. Pero las cosas empezaron a desdibujarse y tales gestos de consideración a perder importancia y presencia en el comportamiento ordinario. Hasta desconfianza y rechazo suele provocar el ejercicio de tales manifestaciones de cortesía y respeto hacia las representantes del bello sexo.
NECESIDAD Y URGENCIA DEL ESQUEMA 2 X 1
Tengo una hija que es funcionaria de la empresa de software corporativo Oracle Corp, basada en la localidad de Silicon Valley en California, donde tienen sus sedes la gran mayoría de empresas de tecnología, inteligencia artificial y comunicaciones, alguna vez me comentó que la empresa la ha comisionado en varias ocasiones para asistir a un congreso anual de mujeres celebrado en un gran centro de convenciones de San Francisco, al cual se acostumbra invitar como conferencistas y oradoras a destacadas celebridades del mundo femenino, expertas en algún tema o especialidad de tipo político, editorial, artístico, industrial, económico, literario, geopolítico, periodístico o de relaciones humanas. Entre otras figuras invitadas, han estado la ex Secretaria de Estado y ex Primera Dama Hillary Clinton, la empresaria y presentadora de TV Martha Stewart, la actriz e influyente activista política Jane Fonda, la ejecutiva, empresaria y ex presidente de Hewlett Packard, Carly Fiorina y las conocidas actrices Diane Keaton, Lily Tomlin y Cate Blanchett, aunque en este caso, el objetivo del comentario tiene que ver más con una situación anecdótica, que sin embargo contiene un reclamo femenino justificado y razonable, infortunadamente soslayado por cierta dosis de misoginia masculina e ignorado por arquitectos, proyectistas y constructores de todos los tiempos. Resulta que durante un receso en alguna de esas reuniones, acudió apurada al baño de damas la conocida actriz Jane Fonda, cautiva de evidentes urgencias, pero allí se encontró al final de una larga y lenta fila de damas con los mismos afanes, ante lo cual nuestra hija, que estaba en los primeros lugares de acceso, gustosa le cedió el turno, gesto que dio lugar a bromas y comentarios posteriores de la señora Fonda, que llevaron la charla a la ineludible conclusión sobre la inveterada insensibilidad y egoísmo masculino en el manejo de un tema tan prosaico y a la vez tan sensible y explicable desde la naturaleza y la lógica femenina.
Porque, los varones, que en condiciones normales podemos redimir en un dos por tres tales angustias, siempre hemos criticado, injusta e insolidariamente, la supuesta demora de las damas en sus excursiones al tocador a donde acuden siempre acompañadas, con la disculpa de corregirse el rímel, retocar la pintura de labios, reparar algún corrimiento o imperfección del maquillaje, confirmar algún rumor o simplemente “empolvarse la nariz”. Pero el asunto no se resuelva tan a la ligera y con tanta tibieza. El primer deber de un caballero comprometido, solidario y comprensivo es entender los complejos artilugios a los que debe someterse una dama cuando acude a atender algún “llamado de la naturaleza”, lo que explica y justifica cualquier exceso temporal durante tales visitas, a pesar de que la moda por fortuna ha eliminado del vestuario femenino los opresivos corseletes de barbas de ballena, las medias veladas de seda y encaje, las aparatosas polleras y crinolinas, los ligueros, los polisones y los miriñaques. Entendidas estas realidades indiscutibles, qué razones existen para que en los modernos centros comerciales, universidades, clubes sociales, colegios, cines, teatros, restaurantes y otros lugares de considerable afluencia de personas no se diseñe, proyecte, construya y disponga al menos de dos o tres baños exclusivos para damas por cada instalación similar reservada a los caballeros? Debería emprenderse una campaña universal en favor de un propósito semejante.
Sería lo más razonable, equitativo y justo y como por encanto disminuiría el tiempo frente al espejo del baño. Pero ahora, en este apartado rincón del comentario, corresponde el turno a un tímido reclamo de cualquier modesto peatón cuando, por ejemplo, intenta sobrevivir al cruzar una calle, carrera, diagonal, transversal, pasaje o avenida y se encuentra a bocajarro con alguna dama al volante, situación tan riesgosa, como la de enfrentar la personalidad antagónica y dual del doctor Heckyll y de Mr Hyde. Porque la transformación que sufren algunas damas detrás de un volante, es de tal naturaleza, que convierten a una amable y amorosa madre de familia en una estampida de elefantes, capaz de aplastar, derribar, arrastrar o apartar del paso a cuanto descuidado o imprudente ser humano que intente atravesarse en su trayectoria. ¡Apártate del camino, despreciable gusano..! parecen exclamar algunas conductoras, reclamando su derecho al paso prioritario, sin aflojar el pie del acelerador. Da la impresión de que se tratara de alguna especie de retaliación o desquite femenino por los casos de sojuzgamiento y maltrato sufridos a través de la historia de la humanidad. Tal vez esa sea la razón de actitud tan peligrosa.