22 de julio de 2026

Volver a creer

Experto en medios de comunicación, telecomunicaciones y comunicación corporativa.
22 de julio de 2026
Por Eduardo Osorio Lozano
Por Eduardo Osorio Lozano
Experto en medios de comunicación, telecomunicaciones y comunicación corporativa.
22 de julio de 2026

 

Hay amores que se aprenden en la infancia y nos acompañan toda la vida. Esta es una invitación a volver a mirar a Colombia con los ojos de quien nunca dejó de creer en ella

Hay recuerdos que nos acompañan toda la vida. Uno de los míos comienza cada mes de julio.

Recuerdo a mi papá sacar con un cuidado casi reverencial la bandera de Colombia del lugar donde siempre la guardaba. Se la entregaba a mi mamá para que la planchara con esmero, porque decía que la bandera de la patria jamás debía ondear arrugada. Cuando estaba lista, toda la familia participaba en el ritual de izarla en la fachada de nuestra casa.

No era una obligación. Era una celebración, una lección de amor por Colombia.

Cada 20 de julio nos reunía frente al televisor para ver el desfile militar. Mientras avanzaban los soldados, los marinos, los aviadores y los cadetes, mi padre nos miraba con un orgullo que todavía me conmueve y nos decía:

«Ese es nuestro país. Por él trabajo todos los días. Ese país nos ha dado todo lo que tenemos. Y nunca debemos dejar de amarlo.»

Yo era apenas un niño. No entendía de política, ni de gobiernos, ni de instituciones. Pero aquel día aprendí una lección que me ha acompañado durante toda la vida: Colombia era mucho más que un territorio dibujado en el mapa que aparecía en el libro de geografía. Era nuestra casa.

Con el paso de los años comprendí que mi papá no nos estaba enseñando un protocolo para las fiestas patrias. Estaba sembrando en nosotros una forma de entender la vida. 

Durante más de tres décadas recorrió el país como ingeniero electrónico de Inravisión, llevando la red pública de televisión desde San Andrés hasta Leticia, convencido de que servir a Colombia era un privilegio. Mi hermano Nelson, abogado como yo, encontró, hasta el último de sus días en Roma, ese mismo llamado en la diplomacia y la cultura, representando a nuestro país en el exterior. Yo lo encontré en los medios públicos, en las telecomunicaciones y en el sector turismo. Caminos diferentes, unidos por una misma vocación: servir a Colombia con amor, con gratitud y con la profunda convicción de que el servicio público es una de las expresiones más nobles del patriotismo.

Hoy, cuando el país se prepara para iniciar una nueva etapa de su historia, vuelvo a aquellas imágenes de mi infancia. Quizás porque, después de tantos años, comprendo que la mayor herencia que recibimos en nuestra familia no fue una profesión. Fue una manera de amar a Colombia. Y siento que ese amor necesita volver a despertar en todos los corazones.

Durante los últimos años los colombianos hemos vivido momentos difíciles. La incertidumbre económica golpeó a miles de familias; la seguridad volvió a convertirse en una preocupación cotidiana; el sistema de salud atravesó profundas tensiones; la corrupción arrebató recursos que pertenecen a todos; el debate público se llenó de agresividad y la polarización fue sembrando desconfianza allí donde más necesitábamos unidad.

No podemos desconocer esa realidad. Sería irresponsable hacerlo. Pero tampoco podemos permitir que esas dificultades nos despojen de lo más valioso que tiene una nación: la esperanza.

Colombia nunca ha dejado de merecer nuestro amor. Basta recorrer sus caminos para entenderlo.

La vida también me regaló el privilegio de descubrir a Colombia desde otra perspectiva, cuando tuve el honor de gerenciar el Fondo Nacional de Turismo, FONTUR; en los cuatro años que laboré por el turismo de nuestro país, pude respirar el aroma del café que anuncia el amanecer en nuestras montañas, ver al pescador que sale al mar antes de que despunte el día, al campesino que siembra con la esperanza de alimentar a millones de familias. Conocí la inmensidad de nuestros páramos, la fuerza de los Llanos, la magia del Amazonas, el azul del Caribe y del Pacífico, el murmullo del Magdalena, la historia y arquitectura de nuestros pueblos patrimonio y la imponencia de tres cordilleras que abrazan nuestra historia. Aquel recorrido no solo me permitió conocer mejor a Colombia; hizo que el amor que ya sentía por ella creciera aún más.

Colombia es su gente. Es la maestra que transforma vidas desde un salón de clase. Es el médico y la enfermera que cuidan con entrega a sus pacientes. Es el empresario que genera oportunidades. Es el policía y el soldado que protegen a los colombianos. Es el investigador que innova, el artista que inspira, el deportista que nos llena de orgullo y el servidor público honesto que, lejos de los titulares, cumple todos los días con su deber.

Esa Colombia sigue ahí. Nunca se fue. Lo que se ha debilitado no es el país. Lo que muchas veces hemos perdido es la confianza en él.

Dentro de pocas semanas comenzará un nuevo capítulo para Colombia. Los ciudadanos hemos elegido democráticamente a quienes tendrán la enorme responsabilidad de conducir los destinos de la Nación. Sobre sus hombros recaerá el deber de gobernar con sabiduría, de fortalecer nuestras instituciones, de recuperar la seguridad, de impulsar la economía, de proteger la salud, de combatir la corrupción y, sobre todo, de unir a los colombianos alrededor de un propósito común.

Deseo, como millones de compatriotas, que estén a la altura de ese inmenso desafío. Que gobiernen pensando en las próximas generaciones más que en las próximas elecciones. Que entiendan que el poder solo tiene sentido cuando se pone al servicio del bien común. Que honren la confianza que los ciudadanos han depositado en ellos.

La reconstrucción de Colombia no depende únicamente de quienes gobiernan.

Depende de todos nosotros, del ciudadano que cumple su palabra, del empresario que vuelve a invertir, del maestro que educa con pasión, del periodista que informa con rigor, del juez que protege la justicia, del servidor público que entiende que administrar recursos del Estado es un honor y no un privilegio, del joven que decide construir aquí su futuro.

Los países no se reconstruyen únicamente desde sus sedes de gobierno. Los países renacen cuando cambia el corazón de sus ciudadanos.

Hoy quisiera hacer una invitación sencilla, pero profunda… Volvamos a creer en Colombia y en nuestras instituciones. Volvamos a creer que el trabajo honesto sigue siendo el camino más digno para construir una sociedad; volvamos a creer que el mérito, la educación y el conocimiento deben recuperar el lugar que nunca debieron perder; volvamos a creer que nuestros nuevos líderes pueden conducir al país con grandeza y sentido de Nación, pero, sobre todo, volvamos a creer en nosotros mismos.

El primer paso para reconstruir a Colombia es volver a enamorarnos de ella, porque aquí descansan los sueños de quienes nos precedieron y aquí crecerán los sueños de quienes vendrán después.

Los gobiernos pasan, las ideologías cambian, las coyunturas terminan, pero Colombia permanece.

Nuestra mayor fortaleza nunca ha sido un presidente, un partido político o una ideología. Ha sido la capacidad de millones de colombianos para levantarse una y otra vez, para trabajar con dignidad, para cuidar sus instituciones y para creer que el mañana puede ser mejor que el ayer.

Ese fue el país que mi papá me enseñó a amar cuando, siendo niño, izábamos juntos la bandera en la fachada de nuestra casa. Ese sigue siendo el país por el que vale la pena trabajar. Y ese es el país al que hoy, con el mismo orgullo que él me enseñó, quiero invitar a todos los colombianos a volver a mirar con esperanza.

Estoy convencido de que a Colombia no la salvará el miedo. La salvarán millones de colombianos que decidan volver a creer en ella.