Copiaos los unos de los otros
¿Será que todo lo del pobre es robado…?
El espinoso tema de la reivindicación, reconocimiento y respeto de los derechos de autor es asunto bastante resbaloso y delicado, usualmente confuso, por lo que su correcta interpretación y puesta en practica es asunto que es preferible dejar en manos de los especialistas y estudiosos de la materia.
Por ejemplo, tenemos el caso de la canción “Nadie es eterno en el mundo”, tonada de despecho, infaltable, como las ráfagas de metralleta con las cuales se acostumbra amenizar ceremonias fúnebres, entierros y duelos de cuanto emprendedor, explotador y exportador de sustancias raras ocurren en nuestro cambiante entorno de lamentos y festejos, lacrimosa canción, supuestamente compuesta y popularizada por el cantante Darío Gómez, (06FEB/1951, San Jerónimo – 26JUL/2022, Medellín), o quizá por el modesto aunque prolífico compositor afrocolombiano Tito Cortés, (03DIC/1924, Tumaco -18JUL/1998), Cali, quien figura como autor de un álbum LP grabado aparentemente en la década de los cincuenta que incluye la dichosa canción, palabra por palabra y tonada por tonada, igual a la versión del popular interprete antioqueño. Existen versiones, según las cuales, el “Rey del Despecho” habría adquirido los derechos de autoría, incluida la “discreción” de los humildes herederos de Tito Cortés. En este caso, como le ordenaba don Felipe II de España a Francisco de Vargas Mejía, cuando quería conocer la verdad de algún acontecimiento en sus dominios, “Averígüelo Vargas..!”. Casos se han visto.
Tal la situación de “El león duerme esta noche”, hermosa canción compuesta por el sudafricano Solomon Linda (Solomon Tsele), humilde músico y cantante aborigen de la etnia zulú, quien a pesar de no saber leer ni escribir, poseía un talento musical innato ya que la compuso e interpretó desde 1939, acompañado por el modesto grupo musical “The Evening Birds”, según se muestra en un antiguo video en blanco y negro existente, donde se perciben la melódica y pegajosa tonada y su coros. El autor cedió los derechos de su canción al sello sudafricano “Gallo” por 10 chelines, equivalentes a 87 centavos de dólar de hoy y como compensación adicional, le dieron trabajo barriendo pisos y sirviendo el té en una planta de empaque. Los compases de la bella tonada explotaron como bomba de artificio cuando alcanzaron y conquistaron la audiencia norteamericana, a la que llegó, gracias a malabares y movimientos cuestionables por parte de gestores musicales que se lucraron con el potencial de la canción y la ingenuidad, pobreza e ignorancia del autor y de las hijas y herederas del compositor, llamadas Adelaide, Fildah, Elizabeth y Delphi Ntsele.
Luego surgieron numerosos intérpretes especialmente en Estados Unidos, donde arbitrariamente cambiaron la palabra “Mbube”, que se repite en el coro y que en idioma zulú significa “león” y la adaptaron fonéticamente al término “wimowe”, de más sencilla pronunciación para un angloparlante, pero carente de significado lingüístico alguno. Entre los cantantes y grupos que se adueñaron y explotaron la bella melodía, que alcanzó las más elevadas calificaciones entre la audiencia norteamericana y europea, figuran los siguientes:
The Weabers en 1955, Karl Denver en 1961, The Springfields en 1961, Bert Kaempfert y su Orquesta en 1962, quien en los créditos atribuye la autoría a Paul Campbell y Roy Ilene, pero ignora a Solomon Linda o Solomon Tsele, su único y verdadero autor y finalmente The Tokens, en 1962, intérpretes de una de las versiones más conocidas y recordadas de la famosa melodía. Las inquietudes sobre el complejo caso se hicieron evidentes cuando la poderosa multinacional Disney utilizó la música de Tsele en la película “El Rey León”, sin pagar, que se sepa, ni un centavo por derechos de autor o de cualquier modalidad de regalías en favor de Linda, fallecido en Johanesburgo el 8 de junio de 1962, o de sus herederas. Solamente fue posible reparar parcialmente esa injusticia luego de la intervención legal de las autoridades surafricanas, que abogaron de oficio en favor de las herederas del autor y lograron llegar a acuerdos económicos por cuantías no reveladas, recursos que sin embargo, aparentemente nunca llegaron íntegramente a sus destinatarias, quienes aún hoy, luego de recibir algunas migajas de esos derechos, continúan viviendo en la más absoluta miseria.
Otro caso parecido es el de la verdadera autoría de la célebre fotografía “La niña del Napalm” atribuida a Nick Ut, fotógrafo oficial de la sede local de Saigón de la agencia de noticias Associated Press, quien a sabiendas de que no era el verdadero autor de la famosa imagen, guardó silencio y más tarde se hizo acreedor de un Premio Pulitzer como “autor” de la icónica escena de lo ocurrido el 8 de junio de 1972 en la localidad de Tràn Bàng en Vietnam del Sur, que muestra a la niña de nueve años Phan Kim Fhuc y a otros niños huyendo despavoridos, desnudos y con la piel hecha girones por las quemaduras producidas por las bombas de Napalm, arrojadas por bombarderos norteamericanos sobre la aldea, artefactos incendiarios a base de gasolina gelatinosa que ardía a mayor temperatura, era más difícil de extinguir y causaba efectos más agresivos y letales sobre objetivos humanos.
Evidencias basadas en investigaciones y estudios realizados con elementos de medición y análisis tecnológicos actuales, realizados 50 años después de sucedidos los hechos, confirmaron inequívocamente, que su verdadero autor fue el vietnamita Nguyen Thanhn Ngh, modesto reportero gráfico “freelancer” de la misma agencia de prensa, quien, temeroso de perder su trabajo ocasional, su única fuente de ingresos y base del sustento familiar, debió resignarse a tragarse ese sapo y a aceptar que su trabajo le fuera adjudicado arbitrariamente a otro autor, el fotógrafo oficial de planta de la Associated Press, llamado Nick Ut, por lo que se abstuvo de aclarar oportunamente esta situación y alegar ser el verdadero autor de la perturbadora imagen, obra maestra de la reportería grafica universal de todos los tiempos. Aun en la actualidad, a pesar de las aclaraciones y las realidades reveladas por los métodos tecnológicos más sofisticados disponibles, misma Phan Kim Fhuc, la niña del napalm, hoy con 63 años a cuestas, refugiada y residente en los Estados Unidos, reconoce al apócrifo y no al modesto y callado autor verdadero. Como decía el ilustre poeta chocoano Carrasquilla y Ortega, ¡Lo que puede la edición..!